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Publicado por admin o 7 junio 2011

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Artigos etiquetados ‘reportaxe’

Arquitectura y Verano 4: Sverre Fehn en bicicleta

Escrito por mpierres o 27 agosto 2010

sverre-fehnEl Pais - Anatxu Zabalbeascoa - 26.08.2010

El único arquitecto noruego reconocido con el premio Pritzker no aprendió del norte sino del sur. Para relacionar arquitectura y hielo, para hacer hablar al paisaje, Sverre Fehn (Konsberg, 1924-Oslo 2009) tuvo que viajar a Marruecos. Tenía 28 años cuando, en 1950, pasó una temporada larga en el norte de África. Le acompañaba su mujer, la pianista Ingrid Lobers Pettersen. Se acababan de casar. Ingrid se quedaría con él toda su vida. Marruecos también.

Entre las viviendas de adobe y el desierto, Fehn aprendió una lección que llenó de sombras el credo moderno que, por entonces, a mediados del siglo XX, se construía como la vanguardia. En esa relación con el lugar el arquitecto leyó algo más internacional que en cualquier estilo de vidrio y acero, por mucho que éste se empeñara en etiquetarse internacional. Casi parafraseando a Picasso, Fehn pronunció en Marruecos una frase que hizo suya “Descubro. Y soy lo que descubro”. Se descubrió. Se reconoció. Una sola frase puede parecer poco. Pero es mucho en boca de un hombre que ni habló ni escribió prácticamente nada. Fehn sólo construyó. Y construyó poco, apenas una veintena de edificios de tamaños medio y pequeño. Nunca dejó de trabajar. Pero jamás tuvo más de dos proyectos sobre la mesa. Nunca colaboraron en su estudio más de cinco personas. Con frecuencia trabajó solo. Esos son los números del Pritzker del 97.Escasamente teórico, pero muy reflexivo, Fehn fue un profesor escuchado, recordado y, ahora, añorado. En sus clases no hablaba de su trabajo. Y tuvo tiempo y motivos para hacerlo: dio clases durante treinta  años en la Escuela de Arquitectura de Oslo. Creía firmemente en la cercanía entre vida y trabajo. Consideraba necesario habitar cerca de los proyectos y confiaba en la presencia del arquitecto durante la construcción tanto como en dejar dibujado hasta el más mínimo detalle sobre el plano. Dicho esto, confiaba muy poco en las teorías. Así que en 1950, durante ese viaje a Marruecos vio la luz. El barro le habló.

Hasta entonces Fehn había viajado mucho por Europa para ver arquitectura. Lo hacía acompañado por amigos proyectistas. Y en bicicleta. Pedalear hasta un edificio era una manera de comprender la arquitectura que le interesaba. Le obligaba a dedicar tiempo  a las visitas. Debía aproximarse poco a poco hasta los edificios, observando el contexto, adivinando los inmuebles en la distancia hasta descubrirlos en un lugar que siempre era distinto al que retrataban las fotos. Le interesaba esa suma: los edificios en sus paisajes, la arquitectura utilizada por las personas.

Con todo, el viaje a Marruecos no fue en bicicleta. Por entonces Fehn tenía un Citroën Dos Caballos. Y no le daba miedo el desierto. Le fascinó que el color de las ciudades fuera el mismo que el de la tierra, que arquitectura y paisaje se fundieran en un mismo horizonte. No es exagerado decir que, en Marruecos, Fehn creyó comprender el mundo. Le parecía que esa mezcla de pobreza y limpieza arquitectónica era elocuente,  que en esa idea, de la tierra como la base de la que nace la arquitectura, era la clave: “es en el encuentro con el suelo donde la construcción encuentra su dimensión”.

Con ese bagaje, Fehn se presentó sólo a dos concursos. Y los ganó los dos.  En 1958, levantó el pabellón Noruego en la Exposición Universal de Bruselas. Literalmente. Sólo 48 tornillos lo mantenían unido y Fehn disfrutó su primer edificio: se gastó los honorarios en el alquiler de una habitación de hotel para supervisar la llegada de las piezas y su colocación. Esa idea, la de visitar varias veces al día  la obra, está presente en muchos de sus trabajos. Unos años después, y en otro pabellón extranjero, el de los países nórdicos que permanece en los jardines de la Bienal de Venecia, Fehn culminaría lo que para muchos es su obra maestra. Sin un umbral claro, el pabellón es moderno pero habla de un orden clásico. Austero, sin maquillaje y atravesado por varios árboles, el edificio ha sabido asumir el paso del tiempo como parte de su expresión. Fehn lo quiso así, cuando le pidieron que cortara los árboles se negó. “Entre la naturaleza y la tecnología gana la naturaleza”.

Las casas pequeñas, con programas enormes, fueron uno de los grandes retos de este arquitecto. En realidad, en los muchos años en los que recibió pocos encargos, fue esta tipología la que le permitió seguir construyendo, algo esencial para su manera de pensar. Partía de la base de que no creía en la casa como en un escenario vacío.  Tal vez por eso, ninguna de sus viviendas es neutral. Sus casas retratan tanto al lugar como al inquilino. Pero también a la arquitectura como algo cambiante

Fehn comentó en una ocasión que había estado media vida diseñando la casa-estudio de su amigo pintor Ingolf Holme. Cuando finalmente la concluyó, en 1996, la planta quedó formada por la intersección de dos cuadrados de muy distinto tamaño. El pequeño, en uno de los ángulos, formaba una especie de torre del homenaje. Las mejores vistas de la casa eran para el baño, en la segunda planta de esa torre. Fehn declaró entonces que no sabía si la casa, dibujada durante tantos años, había marcado la pintura de su amigo o si, al contrario, había sido la pintura de Holme la que había, al final, engendrado una planta así. Abrigada por lamas de madera y apostada al pie de una colina, es uno de sus trabajos más sobresalientes.

Tras cerca de veinte años de vida precaria y dificultades económicas, el Pritzker de 1997 llevó a su estudio reconocimiento, pero no más trabajo.  Prácticamente recogida en Noruega, la obra de Fehn es así: poca y muy cuidada. Y la voluntad de hacer más visible el paisaje es la marca de su hacer.

La oficina alternativa

Escrito por mpierres o 11 agosto 2010

El Pais - PABLO LEÓN - Madrid - 10/08/2010

josemaria_churtichaga_arquitecto_socia_cayetanaUn antiguo garaje de coches renace como lugar para trabajar y relacionarse

Jóvenes de traje, modernos despistados o emprendedores de la era Google recorren un antiguo garaje de los años sesenta que se encuentra detrás del paseo del Prado. El local ya no repara coches. Ahora es un centro de innovación social gracias a la transformación que el arquitecto madrileño Josemaría de Churtichaga (Madrid, 1967) ha realizado junto a su mujer y socia Cayetana de la Quadra-Salcedo. “Encontrar un edificio y transformarlo de arriba a abajo es algo fácil y de eso hay 1.000 ejemplos en la capital. Nosotros queríamos reinventarlo en sintonía con el espacio que va a albergar, pero sin que perdiera su esencia”, resume el arquitecto sobre el espíritu de sus intervenciones. En cada trabajo, Churtichaga intenta mantener la historia del lugar, el pasado arquitectónico. Ahora está trabajando en el área de cine de Matadero, espacio emblema en algunos de sus tramos, por ejemplo Intermediae, de la reconversión respetuosa.

Hace más de un año un grupo de jóvenes se puso en contacto con el arquitecto madrileño. Tenían un curioso proyecto: montar en Madrid un hub, una especie de workcenter actualizado, que combina espacios de trabajo, salas para reunirse y esparcimiento. Algo así como una oficina por horas impregnada del espíritu Pixar (no solo se busca el beneficio, sino la calidad del ambiente laboral) que sedujo al arquitecto. “Esto era un garaje y empresas como Google o Apple, las más innovadoras del siglo XX, comenzaron en un sitio parecido”, dice Churtichaga.

Balones para descargar energía, zona de reflexión, incluso una barra de bomberos por la que deslizarse y sacudirse el estrés. Un lugar no solo para trabajar, sino también para favorecer las sinergias entre los que se dejan caer por el local. Inspirar, conectar, impulsar a las personas es el lema con el que se identifican los 300 afiliados del Hub Madrid (http://madrid.the-hub.net/public), que se abrió hace unos meses. “Queríamos trabajar más como arqueólogos que como arquitectos. Hemos intentado no tocar nada porque lo verdaderamente sostenible es no hacer. Si no haces, no consumes, no gastas”, continúa.

Churtichaga, vicedecano de la Escuela de Arquitectura IE, se queja de la actitud de nuevo rico que ha imperado en muchas intervenciones en Madrid, y que ha hecho desaparecer parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad. “La capital tiene un plan de ordenación urbana rígido y perverso porque no permite usos mixtos en los edificios y regula en exceso los usos múltiples en el centro. Es un plan anticuado que necesita una revisión”, asegura. El arquitecto defiende que uno de los grandes valores de la ciudad está en aquello que no tiene importancia estilística, pero sí de carácter. “La arquitectura industrial de los años cuarenta no se protege porque, como no hay todavía suficiente perspectiva, no le damos la relevancia que merece. Un edificio de los años cincuenta situado en plena Gran Vía se ha demolido porque nadie se percató de lo interesante que era”.

En este sentido, defiende la actuación en Matadero (”es un ejemplo a seguir”, subraya) donde el espíritu del espacio permanece, tal y como ha hecho en el espacio Hub.

Autor del consulado general y cancillería de la Embajada española en Cuba, su concepción de la arquitectura pasa por ese equilibrio entre lo nuevo y lo viejo. “La ciudad ha tenido actitudes demasiado transformadoras, pero puede ser plenamente contemporánea sin copiar a otros ni cambiar radicalmente. Seguir siendo Madrid y ser cosmopolitas al mismo tiempo”. Desde que se graduara en 1992 en la Universidad Politécnica de Madrid, apuesta por esa filosofía en cada proyecto que interviene. Otro ejemplo: la reconversión de una antigua nave industrial de Villaverde en el futuro Centro de Expresión de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, trabajo que comparte con el arquitecto Joaquín Lizasoáin.

Su pasión por lo auténtico también se puede ver en los muebles del hub, en las sillas de perfil industrial rescatadas de mercadillos y a través de búsquedas por Internet. Los arquitectos se han implicado tanto en el proyecto que han buscado obsesivamente un mobiliario que encajara con un espacio tan particular como es un garaje de reparación de coches. Además, no han permitido que se borraran los rastros del pasado que ahora sorprenden al visitante: carteles de aseguradoras de los años sesenta, matrículas pintarrajeadas en las paredes e incluso un foso de engrase donde trabajaban los mecánicos que ahora es un pequeño jardín interior. Sobre este sustrato original aparecen sutiles innovaciones como suelo radiante (calienta o enfría la estancia por radiación de calor o frío) de madera o una enorme cristalera en el techo que permite que el espacio diáfano se llene de luz.

Arquitectos: Contra la crisis, hacer las maletas

Escrito por mpierres o 9 agosto 2010

El Mundo - Mónica Tragacete - 06.08.2010

Se acabó el mito de que la arquitectura es una profesión extraordinariamente bien pagada. Al menos en España. Precariedad, ilegalidad o sueldos bajos no son hoy situaciones ajenas al sector en nuestro país. SU VIVIENDA ha contactado con un grupo de jóvenes arquitectos españoles que trabajan en el extranjero porque consideran que en España su trabajo no está lo suficientemente valorado.

Actualmente, en España hay 51.158 arquitectos colegiados, según el CSCAE

A día de hoy, en España hay 51.158 arquitectos colegiados, según los datos del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España (CSCAE). La cifra real es mucho mayor, pues no todos han de estar colegiados para ejercer -sólo necesita estarlo aquel que firma proyectos- y muchos ’se han borrado’. Además, el número de licenciados crece cada año: sólo el curso pasado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid (ETSA) salieron unos 500, según la dirección del centro. En España hay 29 escuelas. Las cuentas no salen por ningún lado.

“En otro momento, salir al extranjero era una opción. Ahora es pura necesidad”, apunta el vicesecretario del Sindicato de Arquitectos de España (SAE), Ramón Durántez.

Fernando Otero, 33 años: ‘Cada uno va por libre’

Fernando Otero, en Nueva York.

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Fernando Otero, en Nueva York.

Se marchó de España rumbo Nueva York en 2007 a la aventura, sin trabajo y sin ningún consejo en la mochila. Y precisamente fue eso lo que más echó de menos: que algún tipo de organismo oficial del sector le asesorara. Señala culpable a la desunión: “Aunque lo parezca, no somos un colectivo. Cada uno va por libre y hay que aprender desde cero”.

En el estudio de arquitectura en el que trabaja tiene un sueldo entre un 10 y un 15% más elevado -aunque reconoce que el nivel de vida es mayor en la ‘capital del mundo’- y ha encontrado un mayor reconocimiento profesional. Ramón Durántez lo verifica: “El arquitecto español que se marcha siempre encuentra un sector más regulado y más profesional”.

Alfredo Biosca, 36 años: ‘Se ha hecho el trabajo de 30 años en 15′

Alfredo Biosca, en su trabajo en Rumanía.

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Alfredo Biosca, en su trabajo en Rumanía.

Corrían los primeros meses de 2007 cuando este arquitecto aceptó una oferta de trabajo en el extranjero. Estaba terminando de construir el Hospital de Vallecas e intuía que los tiempos por venir no eran precisamente buenos. Actualmente trabaja en una ingeniería en Bucarest (Rumanía) y aunque reconoce que la situación está muy parada, afirma que “la gran diferencia es que en España se ha hecho el trabajo de 30 años en 15 y ahora toca una época de parón, mientras que en Rumanía aún hay muchas cosas por hacer”.

El elevado número de licenciados es para Biosca otra de las quimeras a vencer. “En España tenemos un arquitecto por cada 1.000 habitantes, el doble que en Francia”, apuntan desde el Sindicato. “En 1970 había en España unos 3.500 arquitectos, ahora esa cifra podría estar multiplicada por 11″, matizan.

Daniel Gumpert, 42 años: ‘Somos un mal necesario para el promotor’

Daniel Gumpert, en RMJM Hong Kong.

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Daniel Gumpert, en RMJM Hong Kong.

Daniel trabaja desde hace 11 meses en Hong Kong, en una oficina del estudio escocés RMJM, considerado uno de los más grandes del mundo. Para él, la profesión tiene un gran problema: el reconocimiento socialdel arquitecto. Sobre todo, por parte del promotor. “Para los que no tienen que trabajar con nosotros somos ideales, para el resto, un dolor”, ironiza.

“En España los promotores se han hecho muy poderosos socialmente y desde el principio te intentan dejar claro que has de hacer lo que ellos digan”, se lamenta. “En los últimos años a la construcción se ha apuntado mucha gente sólo porque era el motor de la economía“, sentencia.

Katarin Larrauri, 32 años: ‘Un estudio medio sólo hace VPO’

Katarin Larrauri, desde Nueva York.

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Katarin Larrauri, desde Nueva York.

Katarin, que era jefa de equipo en un estudio de Madrid, se marchó a Nueva York en abril de 2007. Se mudó buscando mejoras y nuevas oportunidades. Además de horarios fijos -”en España mi horario era de 9,00 a 19,00h, pero siempre salía más tarde y algún fin de semana también trabajaba”, dice Katarin-, en Nueva York ha encontradoproyectos más interesantes. “Un estudio medio-pequeño en Madrid se dedicaba casi por completo a hacer viviendas, muchas de ellas VPO. Muy pocos se hacen museos, tiendas… Aquí te surgen proyectos más interesantes a nivel de diseño y de uso”, comenta.

“En EEUU la arquitectura española está considerada una de las mejores en Europa”, dice Katarin partiendo una lanza a favor del colectivo patrio. “Y sin embargo, aquí no hay convenios y podemos cobrar hasta el sueldo mínimo. Por no hablar de la situación de falsos autónomos, ilegal y precaria, en la que están el 60% de los arquitectos”, contrarresta el SAE.

A esta situación de ilegalidad hay que sumar que, desde 2007, el paro. “Es paralelo al que vive el sector de la construcción, y no del 4% como dice el CSCAE”, asevera el Sindicato. El reciclaje parece una solución factible en un país en el que ocho de cada 10 arquitectos se dedican a la construcción y ésta se halla por los suelos -en 2006 se visaron 865.561 viviendas, mientras que en 2009 fueron 110.849-.

Estos jóvenes no son los únicos que advierten la errática situación de la profesión: el 82,7% de sus colegas colegiados considera que la situación está peor o mucho peor que hace unos años, según el un informe del CSCAE. ¿Quién tiene el remedio para curar la salud de este enfermo llamado arquitectura?

Una casa en una semana

Escrito por mpierres o 26 julio 2010

kip_houseEl Pais - ANATXU ZABALBEASCOA - 25/07/2010

La humanidad siempre ha soñado con viviendas económicas y acogedoras que se levantan en solo una semana. Hoy día, los arquitectos han sabido unir el atractivo estético al concepto industrial. Repasamos a través del libro ‘prefab house’ la historia de las casas prefabricadas, desde las cabañas del lejano oeste hasta las actuales, pasando por alguna ‘nave espacial’.

Los esfuerzos del arquitecto de hoy se dirigen hacia la satisfacción de un cliente individual. Los del arquitecto de mañana se dirigirán hacia un montón de clientes invisibles”. El arquitecto e ingeniero autodidacto Richard Buckminster Fuller defendió las viviendas prefabricadas hace más de 80 años. Aunque por entonces en Estados Unidos y en las colonias del imperio británico se había extendido la idea de la prefabricación, Fuller era consciente de que en Europa y entre cierto tipo de usuarios esta tardaría en triunfar. El tiempo de clientes anónimos, construcción en seco, plazos cortos y diseño lógico anunciado por el norteamericano está ahora más cerca. Tras varios intentos fallidos por irrealizables, el encuentro entre los proyectistas, la industria y las necesidades de los usuarios se acerca. Y ha sido la industria la que ha dado los mayores pasos. En las últimas décadas, grandes empresas de mobiliario, Muji en Japón e Ikea en Suecia, han puesto en marcha compañías que, más allá de ofrecer a los usuarios mesas desmontables en embalajes planos, fabrican viviendas prefabricadas. Así, con la industria preparada, el público cada vez más familiarizado con sus ventajas, los precios competitivos y muchos arquitectos dispuestos a abordar realmente el asunto, la prefabricación podría vivir su momento.

Como la manera más rápida y económica de acceder a un hogar o como el contrapunto a la tradicional noción de estabilidad, solidez y permanencia asociable a la casa burguesa, la casa prefabricada tiene una historia más que centenaria. La idea de llevar los componentes de la casa a la cadena de producción industrial es tan vieja como la propia industria. Las primeras viviendas levantadas con componentes modulares se pusieron a la venta en 1833. El carpintero londinense Herbert Manning ofrecía sus cabañas (Manning Cottages) en un folleto que llegó a ser muy popular entre quienes emigraban a Australia. Lo que unía a los usuarios de las viviendas prefabricadas era a la vez la necesidad de un hogar económico y fácil de construir y su condición de gente predispuesta al cambio para acceder a una vida mejor. Así, entre los nuevos pobladores del Oeste americano, los buscadores de oro que llegaron a California persiguiendo fortuna entre 1849 y 1854, y entre quienes emigraban a Australia y a Sudáfrica, la vivienda habitual era, al margen del estilo elegido, prefabricada. Además, pronto surgió competencia entre los industriales. La compañía galesa Thomas Eddington & Sons desarrolló la manera de producir chapa metálica corrugada que, desde 1844, le hizo la competencia a la madera como material básico. Para la segunda mitad del siglo XIX, entre el 60% y el 80% de las viviendas norteamericanas eran prefabricadas. Pero cuando las colonias desarrollaron sus propios métodos y estilos constructivos, a partir de 1860, decayó la industria de la prefabricación.

En el siglo XX, la venta por catálogo recuperó el sueño de sacar una casa de un montón de paquetes. Para entonces ya no eran los carpinteros quienes daban nombre a los modelos. Las marcas eran las de los grandes catálogos de venta por correo: Sears, Montgomery Ward o The Hodgson Company estaban detrás de los nuevos hogares que llegaban hasta los solares vacíos por servicio postal: en el vagón de un tren o a bordo de un camión. La mayoría de las viviendas prefabricadas ofrecían la posibilidad de elegir fachada y chimenea. Los clavos y la pintura estaban incluidos, pero el sistema de calefacción y la fontanería eran asuntos opcionales. La empresa Aladin vendió la primera casa prefabricada en 1906. Su catálogo ofrecía 450 modelos distintos. Despacharon 65.000 unidades.

En EE UU se construyeron pueblos enteros de viviendas prefabricadas. Uno de ellos fue Carlinville, en Illinois. Los usuarios eran los nuevos trabajadores de la empresa Standard Oil. Sears recibió un encargo por valor de un millón de dólares. Y para llevar las 156 casas solicitadas hasta allí se construyó una extensión de la línea de ferrocarril.

Son muchos y variados los motivos que llevan a precisar viviendas de forma rápida y económica. Pero ¿cómo añadir calidad a esa suma? Tras la devastación de la Primera Guerra Mundial, Europa se convirtió en uno de esos escenarios, campo abonado para la experimentación y la innovación. Fue entonces cuando una nueva generación de arquitectos se apuntó, por primera vez, al reto de la industria, justo cuando esta parecía más capaz que la propia arquitectura de ofrecer soluciones para conseguir una vivienda digna. En un mundo en el que aparecían sillas apoyadas en tubo de acero y en el que triunfaba el modelo T de Ford, el primer coche ensamblado en una cadena de montaje, la rapidez se convirtió en objetivo prioritario. Era fundamental reducir el número de elementos que se necesitaban para cualquier montaje. Como resultado, el proceso de producción y su simplificación eclipsaron a la durabilidad como objetivo.

Uno de esos jóvenes arquitectos amigo de los muebles tubulares fue el director de la Bauhaus, la escuela que desde Weimar trataba de revolucionar la arquitectura. Walter Gropius quiso romper la imagen que asociaba prefabricación a descuido estético y entre 1920 y 1923 desarrolló un sistema constructivo que empleaba bloques de hormigón. El objetivo era levantar viviendas estandarizadas con cubierta plana y los proyectistas Adolf Meyer y Fred Forbat lo acompañaron. Hubo otros arquitectos, como Georg Muche y Richard Paulick, que lo intentaron con un esqueleto de metal y paneles metálicos de tres milímetros, pero el asunto no cuajó. No existía un público preparado para asociar hogar a una colección de paneles desmontables.

Tras la gran depresión de 1929, varias empresas, como Pullman o General Electric, unieron fuerzas para producir viviendas por 3.000 dólares siguiendo el proceso de la cadena de montaje de los automóviles. General Houses Corporation tuvo su público. Pero ese mismo año, un visionario de la arquitectura como Richard Buckminster Fuller no encontró quien lo escuchara. Presentó su primera vivienda prefabricada, la hoy famosa Dymaxion House, en unos grandes almacenes de Chicago. El prototipo era de planta hexagonal, y no era el peso lo que lo mantenía en pie, sino la tensión: toda la vivienda dependía de un mástil central que la sujetaba. Tenía dos baños, dos dormitorios, sala, comedor y cocina, e incluso una terraza en la parte alta. Pero no encontró comprador.

Casi un siglo después de las primeras viviendas prefabricadas, el asunto continuaba pareciendo un espectáculo circense. No en vano, Alfred Frey presentó su Aluminaire, una vivienda de tres pisos levantada con aluminio, acero y vidrio, en la feria de Chicago. También Frank Lloyd Wright se interesó por la prefabricación y, tras varios intentos, solo al final de sus días logró que la empresa Marshall Erdman de Madison le produjera una vivienda prefabricada. Vendió 20 unidades.

No es que la gente no necesitara un hogar de forma rápida; es que, puestos a sacrificarse por uno, lo querían sólido y estable. Y les parecía que lo que demostraba con su nuevo aspecto que se había levantado en pocos días carecía de esos atributos. La falta de apertura mental de los consumidores, sumada al poco tino de los arquitectos a la hora de sopesar sus necesidades reales (más guardar sus enseres que sentirse habitantes de un platillo volante), llevó a la bancarrota a muchas de las empresas que se habían lanzado a producir viviendas prefabricadas. Las que triunfaban, en los catálogos de Sears o Aladín, por ejemplo, no sentían ninguna necesidad de acercar sus productos a los diseños de los arquitectos. La arquitectura y la vivienda básica parecían condenadas a un desinterés mutuo. Hasta que llegaron las excepciones.

En París, en el suburbio de Meudon, el arquitecto-herrero Jean Prouvé levantó 14 viviendas prefabricadas, de factura impecable, pero escasamente industriales: él mismo las producía. Fue la Segunda Guerra Mundial la que cambió las cosas. Tras la contienda, 70 compañías norteamericanas vendieron más de 200.000 viviendas prefabricadas. Para entonces, arquitectos y diseñadores habían decidido tomarse la experimentación en serio. El matrimonio formado por Charles y Ray Eames levantó en 1949 su famosa casa, en Pacific Palisades (California). Tardaron menos de una semana. Dos décadas después se convirtió en una referencia para los arquitectos del high tech británico.

Así, también Norman Foster y Richard Rogers se interesaron por la flexibilidad, la sofisticación técnica y la estética industrial. Sin embargo, una vez más, descuidaron la producción en serie. En una constante de la prefabricación, los arquitectos han liderado el diseño de las viviendas, pero no su producción, su razón de ser. De este modo, la casa Zip que Rogers ideó en 1968 era amarilla, se apoyaba en cimientos de color fucsia y a los autores del libro Prefab houses (Taschen), Oliver Jahn y Arnt Cobbers, les recuerda al submarino amarillo que popularizaron los Beatles. Pero no tuvo secuelas más allá del currículo de Rogers. En esa línea hippy, el grupo Archigram propuso viviendas en cápsulas que podían unirse para levantar ciudades. Fue el israelí Moshe Safdie quien levantó 158 viviendas modulares, Habitat 67, para la Expo de Montreal de 1967 y abrió nuevas vías.

Con todo, hasta los años noventa Europa no aceptó la prefabricación. Y la razón de esa aceptación partió entonces de los fabricantes de muebles desmontables. La japonesa Muji (de la mano de Kengo Kuma) y la sueca Ikea (liderando el fenómeno Boklok) recuperaron la idea de la vivienda prefabricada; hoy ha iniciado su expansión por el Reino Unido tras levantar 14.000 hogares en Suecia.

Más allá de los dos bastiones que soportan la prefabricación -la rapidez y el bajo precio-, hoy otros factores se añaden a la mejora de esa opción: ahorro energético, reciclaje, flexibilidad o la posibilidad de cambiar y crecer sin obras que ensucien. En esa línea, el francés Eric Bigot es el alma de la empresa sudafricana ZenKaya Ecohome, que reparte sofisticadas viviendas a domicilio. Todas las casas miden 3,40 metros de ancho (como un camión) y entre 6 y 18 metros de largo. Cuidadas hasta el último detalle, llegan completas y listas para que el dueño se siente en el porche a jugar.

Pero está claro que no todo es juego. Después de levantar habitáculos temporales con tubos de cartón, el japonés Shigeru Ban fue capaz de vender como residencia fija la ingeniosa Furniture Home. Y la arquitecta Marianne Cusato echó mano de la tradición constructiva de Nueva Orleans para diseñar los Katrina Cottages. La proyectista entendió que quienes habían perdido su casa en la zona devastada por el huracán de 2005 lo que necesitaban era recuperar, prefabricada o no, su idea de casa.

Del autor del Museo Judío de Berlín, Daniel Libeskind, al estudio sueco Claesson, Koivisto y Rune, cada vez son más los proyectistas dispuestos a apostar por la construcción en seco. Las viviendas prefabricadas no solo ahorran tiempo y dinero. Su rápida construcción resulta mucho más sostenible. También su destrucción: permiten el reciclaje de todos sus componentes. De la mano de los arquitectos de hoy, el problema ya no es dibujar la casa del futuro, el reto es que esta resulte felizmente habitable.

El libro ‘Prefab houses’, editado por Taschen, acaba de salir a la venta. Todas las imágenes de este reportaje pertenecen a esta publicación.

Reportaje: El Gran París está en marcha

Escrito por mpierres o 19 julio 2010

propuesta-de-jean-nouvelEl Pais - 17.07.2010

Sarkozy ha encargado a diez importantes equipos de arquitectos la planificación del futuro urbanístico de la capital francesa

A principios de los sesenta, hace casi cincuenta años, Paul Delouvrier tomó una decisión comprometida para un funcionario de su nivel. Compró un Studebaker descapotable pintado de un arrogante color marfil con la única intención de observar París y sus barrios a cielo abierto. En 1961, el general Charles de Gaulle le había encargado la misión de reorganizar la aglomeración parisiense. Lo imagino en alguna de sus escapadas, recostado sobre el asiento trasero con la cabeza apoyada en el respaldo y moviéndola de un lado a otro, en un bamboleo mareante con el que captar la dinámica realidad por venir. Con su coche color colmillo intentó varias veces llegar de Vincennes, situado al este, a La Défense, al oeste, sin atravesar el corazón de París, tarea imposible que acrecentó el empeño de Delouvrier y su equipo por conectar entre sí los barrios periféricos.

El 27 de julio de 1964 Delouvrier mostró a De Gaulle el primer esquema director del París del futuro con una estrategia muy simple: sacudir el modelo radioconcéntrico y afianzar unos puntos fuertes de actividad, villes nouvelles, en el exterior de la aglomeración existente. Delouvrier aclaró que habría que enfrentarse a presiones e intereses poderosos y que la tarea no iba a ser sencilla. De Gaulle, con un gesto de su brazo sentenció: ¡todo esto se decidirá aquí!, insinuando que no se iba a dar voz a la opinión pública.

En este momento la política de comunicación es diferente, aunque el París contemporáneo sí se parece al que Delouvrier estableció. Los diez equipos de arquitectos seleccionados para el Taller Internacional del Gran París, después de haber trabajado durante casi un año, han activado inconscientemente un mecanismo político que ha calado hondo entre los residentes de la aglomeración parisina. La exposición sobre sus trabajos movilizó el año pasado a más de 200.000 personas. Desde mayo de este año, los diez equipos van a fabricar ideas en sesión permanente en el Palacio de Tokio, de París, y sus propuestas serán debatidas en público. ¡Focos e Internet!, esta es ahora la consigna. De los diez equipos, cuatro son extranjeros: Rogers Stirk Harbour & Partners, Studio 09, LIN y MVRDV. Seis son franceses: Atelier Lion Groupe Descartes, l’AUC, Atelier Portzamparc, Agence Grumbach & Associés, Nouvel Duthilleul Cantal-Dupart y Atelier Castro Denissof Casi. Todos son multidisciplinares y tienen al mando un arquitecto-jefe.

propuesta-yves-lionPero, ¿por qué ha entregado Sarkozy a los arquitectos la varita de los directores de orquesta? ¿Los considera preparados intelectualmente para gestionar debates de resultado incierto? ¿Son buenos bufones para animar el espectáculo, o cree que su capacidad propositiva puede tener en algún momento la clarividencia del visionario? Paul Delouvrier no era arquitecto. Fue delegado del Gobierno francés en Argelia y presidente de Electricidad de Francia, esto es, un alto funcionario con ambiciones políticas. Ante esta tradición, ¿por qué ahora cobran protagonismo los arquitectos?

Entrevisto en el Palacio de Tokio a Bertrand Lemoine (1951), arquitecto e ingeniero, nombrado recientemente director del Taller del Gran París, por Sarkozy. Según Lemoine, los arquitectos mueven la batuta. Está claro que, en los equipos, hay historiadores, economistas, sociólogos, ingenieros…, pero el liderazgo está confiado a los arquitectos, que se hacen cargo de la dirección moral. Los arquitectos pueden aportar una dinámica y reafirmar la confianza en que las cosas avanzan a partir de imágenes concretas con gran poder de seducción y no a partir de esquemas, zonificaciones o reglas de urbanismo abstractas.

Lemoine es consciente de que la identidad de París está muy bien definida. París es conocida como la segunda marca del mundo después de Coca-Cola, pero la identidad del territorio está mucho más difuminada. Opina que con la creación del Taller, el debate se ha lanzado de golpe y se han derribado muchos tabúes. Según Lemoine, el primer tabú, el de las palabras, ha caído y hoy se puede comunicar París con los vocablos que uno quiera. Hace unos años, si se hablaba con el municipio de París, había que decir la “metrópoli parisina”. En la región Île-de-France, el concepto era el de francilien. Si se trataba con el Estado, el término era “Gran París”. En Francia es muy importante ganar la batalla dialéctica y las armas del discurso se fabrican montando palabras y estructurando conceptos. La misión de Lemoine es pilotar la operación, servir de catalizador y promover debates públicos en el propio Palacio y también en los medios.

Descubro una jugada a varias manos, porque mientras se fabrica el Taller del Gran París, con los diez equipos de arquitectura, se crea también la Sociedad del Gran París con Christian Blanc al frente. Blanc ha sido funcionario de alto nivel del Estado francés. Hasta hace unos días era secretario de Estado encargado del Desarrollo de la Región Capital y hombre de confianza de Nicolás Sarkozy. Dimitió hace poco más de una semana porque se le acusa de haber gastado 12.000 euros en puros a cuenta de la Repúbica. La estrategia era doble. Se proclamaba por un lado el taller de los artistas, esto es el taller de dibujo continuado, y se fundaba la Sociedad de las infraestructuras con capital público por otro. Esta Sociedad pretendía el desarrollo de diez polos de competitividad especializados, situados en zonas periurbanas, y unidos por un gran bucle ferroviario subterráneo. Era la misma obsesión que desarrolló Delouvrier después de sus paseos en el Studebaker. De este modo Blanc intentaba alejar las intervenciones del corazón de París, porque no quería enfangarse con expropiaciones ni con el planeamiento existente y de paso evitaba roces con el Ayuntamiento y con el Gobierno de la región, ambos de izquierdas. La incertidumbre envuelve ahora la Sociedad del Gran París, puesta en cuestión por un supuesto asunto de despilfarro.

La región ha perdido la iniciativa en la guerra de las palabras. Su plan territorial se conoce por el acrónimo SDRIF (esquema director de la región Île-de-France). El concepto Gran París bate a estas cinco letras por desfallecimiento en la pronunciación, por mucho que el esquema se replique a sí mismo cada dos años. Mientras que en el taller se crea, se debate y se imagina, en la región no se hace otra cosa que desarrollar un sdrif tras otro, publicando documentos, delimitando competencias y estableciendo marcos jurídicos.

Con toda esta información, inicio otro camino alternativo de investigación mediante el intercambio de ideas con un hombre de largo recorrido y cuya perspectiva abarca un espectro ampliado de situaciones urbanas y políticas. La entrevista a Paul Chemetov (1928), arquitecto y copresidente del Comité Científico del Gran París, tiene lugar en su oficina. Todavía sigue en activo y con las manos sobre el tablero.

Para Chemetov, como para las viejas generaciones que vivieron la Segunda Guerra Mundial, el término del Gran París tiene la desagradable connotación de que así era conocido el Sistema de Mando Alemán. Afirma que en esta batalla política existe también una batalla semántica y que el presidente de la República, al iniciar el debate sobre el Gran París, ha ganado la batalla semántica. Grande es mejor que pequeño y además, lanzar el Gran París significa adular el sentimiento chovinista de cada francés. Significa tener una gran idea y tomar la iniciativa en un terreno, el de la metrópoli contemporánea, que considera el más importante del siglo XXI.

A Chemetov lo que le molesta no es el término Gran París, sino la Sociedad del Gran París. Cree que es una sociedad con participación pública como cualquier otra, pero que, semánticamente, es como si la Sociedad de Baños de Mar y el Casino de Mónaco reunidos gestionaran todo el Principado. Respecto a la relación entre la política y el urbanismo, recalca que el discurso inicial que pronunció el presidente de la República sobre el Gran París estaba impecablemente escrito. El fastidio para él, es que el proyecto del secretario de Estado, Christian Blanc, no sigue ese discurso completo, sino que lo reduce a un único párrafo basado en su obsesión por la conexión de la periferia con un bucle de metro subterráneo automatizado.

Por eso, a Chemetov, tomar la iniciativa política sobre la ciudad contemporánea, sobre la metrópoli, le parece extremadamente ingenioso y además imbatible. No sabe si existe una teoría política del golpe -se refiere al golpe semántico-, pero reconoce que Sarkozy ha llevado el debate político al Gran París. A partir de ahora la batalla se desarrollará en ese terreno. En este punto de la entrevista, Paul Chemetov da unos golpes repetitivos con su puño sobre la mesa y me recuerda la frase de De Gaulle: ¡Todo esto se decidirá aquí! Las nuevas elecciones generales se decidirán en el territorio del Gran París.

Después de hablar con Lemoine y con Chemetov confirmo que en París, la batalla es semántica. Lo corrobora también el discurso de Sarkozy, en el que señaló que el Gran París debe encarnar -según la frase de Víctor Hugo-, “lo verdadero, lo bello y lo grande”, palabras a las que el presidente también añadió “lo justo”. Luego ahí está todo. A Sarkozy le enamoran las palabras. En su discurso se adhirió a la frase retórica de uno de los equipos, que decía: “Lo extraordinario sería mejorar lo ordinario”. Sarkozy baraja cartas marcadas con dos máximas de la teoría de la comunicación: “El que da primero, da dos veces” y “con un buen lema, el producto se vende solo”. Esto es, tomar la iniciativa y destilar el significado. El gesto ha consistido en pasar por encima de las estructuras administrativas: los barrios, los municipios, los departamentos y la región, para golpear el primero, apropiarse del mensaje, y captar así toda la atención de los medios.

Al final del recorrido por el Gran París, constato que el hecho urbano es inseparable de la condición política y que la mutación de la ciencia urbana por la lenta transmisión de conocimientos y experiencias está sometida a los embates y a la pulsión política, a su iniciativa y a sus palabras, por mucho que los arquitectos tengan en sus manos, algunos instantes, la varita mágica. La condición política es a su vez débil como la carne. Si Delouvrier levantara la cabeza del respaldo de su descapotable, comprobaría que las maneras de hacer ciudad no han cambiado tanto. Sólo las imágenes son otras.

Exposición: Lugares públicos y nuevos programas

Escrito por mpierres o 7 julio 2010

El Pais - M. JOSÉ DÍAZ DE TUESTA - Madrid - 05/07/2010

Una exposición muestra cómo es el equipamiento de los edificios públicos

La Fundación Docomomo ejerce un trabajo impagable: documentar, difundir, conservar (y en la medida en que puede denunciar cuando es agredida) la arquitectura del Movimiento Moderno comprendido en el periodo desde 1925 a 1965. Hasta ahora ha realizado dos exposiciones con ese valioso patrimonio español. La primera la dedicó a los edificios industriales, grandes volúmenes donde el arquitecto puede actuar con mayor libertad y ensayar los nuevos materiales. La segunda protagonista fue la vivienda, el elemento por donde entró la modernidad y llegó a casi todos los individuos. Ahora le toca el turno a los edificios públicos, con la exposición Lugares públicos y nuevos programas (Arquerías de Nuevos Ministerios hasta el 5 de septiembre).

Comprende 84 equipamientos que permiten saber cómo son los colegios, facultades, ambulatorios, hospitales, iglesias y edificios administrativos construidos en España y Portugal. “Al igual que pasó con las viviendas, los edificios destinados a infraestructuras cívicas sufrieron en España una profunda transformación a partir de la década de los veinte, porque encontraron en ellos un aliado perfecto para responder a las nuevas exigencias que debían cubrir”, explica Susana Landrove, comisaria de la exposición y directora de la Fundación Docomomo.

Esas nuevas exigencias eran obvias en el terreno de la enseñanza cuyas obras ocupan el 60% de la exposición. La población aumenta de forma espectacular, crecen los barrios y necesitan escuelas. A esto se añade que la docencia era un símbolo en los años de la República. Los avances técnicos también exigen ampliar las facultades, que se añaden a las Escuelas de Oficios y Universidades Laborales. Entre los edificios destacan el colegio Maravillas, en Madrid; la Ciudad Universitaria de Madrid; la Facultad de Geológicas y Biológicas de Oviedo y la Facultad de Derecho (ahora de Filosofía), de Valencia.

La ciencia de la salud también se desarrolla progresivamente en los siglos XIX y XX lo que exige nuevas políticas de sanidad (y nuevos edificios). Las preocupaciones sociales, como la alta mortalidad por tuberculosis en los años treinta, también marcan la arquitectura del momento. La exposición recoge ocho centros sanitarios, como los sanatorios antituberculosos de Barcelona y Leza, el centro de rehabilitación Ramón y Cajal de Los Cristianos (Santa Cruz de Tenerife) y el ambulatorio Hermanos Laulhé de San Fernando (Cádiz). “Los arquitectos encargados de levantar estos edificios cívicos encontraron en los principios funcionalistas y racionalistas del Movimiento Moderno la solución a estas nuevas necesidades, que exigían una ventilación y soleamientos adecuados así como la mayor economía material y formal”, explica Landrove.

Los espacios religiosos no escaparon al lenguaje moderno y utilizaron los materiales más novedosos como el vidrio, el hormigón y el acero. Aunque luego algunas provocaran polémica por tanta modernidad, como la basílica de Nuestra Señora de Aránzazu, en Oñate (Guipúzcoa). Estas nuevas iglesias, que se levantaron a partir de los cincuenta, van vinculadas al proceso de renovación de la iglesia que llegaría después con el Concilio Vaticano II. “Hay artistas que sin ser religiosos encuentran en estos edificios un nuevo cambio de expresión”, precisa la comisaria, “y se da en estas obras algo que reivindicaba la modernidad: la unión de todas las artes, arquitectura, pintura, escultura y vidrieras”.

Cada obra de la exposición se presenta con un amplio reportaje fotográfico, una ficha técnica y una memoria explicativa. Docomomo ha elaborado un inventario de cerca de 600 equipamientos públicos que marcaron el momento en el que la modernidad se instaló en la península.

Edificios combativos

Escrito por mpierres o 6 julio 2010

El Pais - INÉS P. CHÁVARRI - Bilbao - 06/07/2010

santiago_cirugedaEl arquitecto Santiago Cirugeda lucha por devolver las ciudades a sus habitantes - El creador participa en un curso de la UPV

Santiago Cirugeda (Sevilla, 1971) es un arquitecto de guerrillas. Su sueño nunca ha sido firmar un edificio como el Guggenheim, ni pasar a la posteridad por su obra, sinodevolver a los ciudadanos aquello que les pertenece: las ciudades. Acabó estudiando arquitectura de casualidad, empujado por su padre, que “tenía miedo a que acabase metido en Bellas Artes”, y desde su estudio, Recetas Urbanas, lleva 15 años removiendo conciencias arquitectónicas. Cirugeda, de visita en Bilbao, participa en un curso de verano de la UPV sobre usos y abusos del patrimonio histórico y advierte que la ciudad tiene una oportunidad única con Zorrozaurre para regenerar el área, contando con la voz de los vecinos y diversos colectivos sociales.

Las criaturas de Cirugeda, hechas a base de materiales reciclados, bordean la legalidad y cuentan siempre con un marcado carácter social y reivindicativo. “Más de una vez he terminado en comisaría” explica el arquitecto, entre otras cosas, por la ocupación de solares abandonados, la construcción en andamios, la toma de azoteas o la instalación de injertos en edificios que roban espacio a la calle. Todo deriva de la concepción que el arquitecto tiene sobre su oficio y el espacio en el que trabaja.

“La ciudad nace como un elemento que intenta solucionar un problema de convivencia. El problema es que se diseña en momentos de esplendor económico, que hacen que crezca, levantando grandes infraestructuras, pero se obvia, y es fundamental para el desarrollo de políticas urbanas, al otro, ése al que yo llamo hombre invisible; el ciudadano”, apunta Cirugeda.

El arquitecto, además, visitó ayer por la tarde Zorrozaurre. No hace mucho que ha estado por allí. La semana pasada participó en otro taller en la vieja zona industrial de Bilbao. No duda en qué hacer si le dejasen meter mano en el proyecto de remodelación urbanística.

El primer paso sería conservar ciertos enclaves de tejido industrial “algo que es patrimonio vasco, parte de la cultura vasca”. Para luego permitir, de forma temporal y hasta que el proyecto no termine de ver la luz, “que los vecinos puedan crear un centro cultural, huertos o la instalación de pequeñas empresas, facilitar el alquiler y sobre todo atraer gente nueva y crear un foco social y cultural importante”, añade.

Cirugeda volverá al País Vasco el 19 de julio para participar en un encuentro de arquitectura colectiva en Pasaia; antes, recorrerá otras ciudades de España porque como asegura el “bla, bla, bla” o los “bolos de verano” es lo que le da de comer. Su estudio trabaja sin dinero o por adelantado, pero con una premisa que le permite sobrevivi: nunca se presenta a un concurso de arquitectura y todo lo que consigue de la administración pública es porque él de antemano presenta un proyecto.

Instrumentos por fusiles

Escrito por mpierres o 5 julio 2010

biblioteca_espana_ciudad_medellinEl Pais- IKER SEISDEDOS - Medellín -05.07.2010

Si uno toma en estación Acevedo el teleférico para cubrir los dos kilómetros que hay hasta San Antonio, allá arriba en las montañas donde Medellín pierde el nombre, será obsequiado con un ejemplar del clásico Cartas a una princesa de Alemania, del matemático del siglo XVIII Leonhard Euler. En él, entre otras lecciones “sobre diversos temas de física y filosofía”, se explica porqué el cielo es azul.

Raramente luce completamente azul el cielo en el nuboso y turbulento valle de Aburrá. Y menos, si este se escruta desde las angostas callejuelas adonde conducen las modernas cabinas del metro-cable. Al final aguarda la Comuna 1, tristemente célebre como uno de los virreinatos donde imperó la ley del narco Pablo Escobar. Las casas alfombran las laderas con la uniformidad del ladrillo que domina el paisaje de la ciudad colombiana, que ayer clausuró la tercera edición del Congreso Iberoamericano de Cultura. Solo un edificio negro, una biblioteca del arquitecto Giancarlo Mazzanti, altera el paisaje de decadencia urbana.

Nada de todo esto (el teleférico, la arquitectura de vanguardia o Euler) solía estar reservado a los vecinos de los barrios pobres de Medellín (cuatro millones de habitantes). Es la historia de la transformación de una de las ciudades más peligrosas del mundo gracias, en gran parte, a la cultura. Y puede sonar a cuento no apto para cínicos, pero es que los vecinos de la Comuna 1 prefieren creer, como esos chavales que, bajo la atenta mirada policial, relatan la metamorfosis a cambio de unos pesos.

El Parque-Biblioteca España, de Mazzanti, fue inaugurado en 2007 y forma parte de una red de cinco centros diseminados por los barrios deprimidos de la ciudad (hay en proyecto la construcción de otros cinco). Además de ofrecer servicio de préstamo de libros o de acceso a Internet, actúan como punto de encuentro y espacio público de las comunidades a las que embellecen con sus formas vanguardistas, ideadas en estudios de arquitectos de prestigio e inspiradas en la idea de que la estética puede ser motor de cambio social.

El binomio Parque-Biblioteca y metro (hay toda una orgullosa cultura ciudadana alrededor de las dos líneas que atraviesan la urbe) se sitúa en el centro de la transformación al aplicar un concepto decimonónico: la comunicación es civilizatoria. Con la instalación del teleférico, muchos habitantes de Comuna 1 bajaron al centro por primera vez en décadas. “Una de las principales causas de violencia urbana es hallarse en un limbo, en un no-lugar”, explica el alcalde Alonso Salazar.

Los presupuestos municipales que maneja destinan 45 millones de dólares anuales (35,8 millones de euros) al fomento de la cultura. Un dinero que, combinado con aportaciones privadas a través de Cajas de Compensación Familiar, se destina a centros como el deMoravia, en la Comuna 4. Una de las últimas obras de Rogelio Salmona, el edificio está abierto (metafórica y literalmente) a los 38.000 vecinos de un barrio que solía albergar el vertedero de la ciudad.

Enfocado a la enseñanza de la música, el Moravia ofrece clases de dirección de orquesta o escenarios para bandas como los Peligrosos, cuadrilla de hip-hop dirigida por Henry, el Jeque. De 29 años, combina rap clásico con cumbia colombiana y un afán de liderazgo comunitario. Consigue dinero para montar festivales en Aranjuez, barrio pobre del que proviene, o media en peleas entre bandas. Su labor no difiere mucho de la de Son Batá, colectivo que por medio de la música, trata de que los chicos de la Comuna 13 trasciendan a los dilemas retratados por Víctor Gaviria en la película Rodrigo D. No Futuro, que narra la vida de un chico sin alternativas que acaba de sicario.

El presidente Álvaro Uribe recordó en su discurso inaugural del Congreso Iberoamericano de la Cultura un adagio recurrente en Medellín: “Cada chico que abraza un instrumento, no empuñará un fusil”. No en vano, otro de los orgullos de la ciudad es el sistema educativo de orquestas, que desde hace veinte años permite el acceso a pianos, violines u oboes a niños con talento.

“Pero conviene no engañarse”, aconseja el alcalde Salazar. “La violencia organizada no se combate con hip-hop”. Carlos Uribe, director del centro Moravia, también se apresura a diluir la impresión de que el trabajo ya está hecho. Esta semana, sin ir más lejos, ocho personas murieron a manos de unos sicarios en una discoteca, la tasa de asesinatos por cada 100.000 habitantes ronda los 70 (cierto que alcanzó los 380) y en la Comuna 1, cuando cae el sol y el cielo se vuelve negro cuentan que le pueden matar a uno por 5.000 pesos. Al cambio, apenas dos euros.

Recuerdo de arena para Enric Miralles

Escrito por mpierres o 5 julio 2010

aniversario-muerte-mirallesEl Pais - MERCÈ PÉREZ - Barcelona - 04/07/2010

Un pic-nic amenizado con música en directo y la realización en vivo de una obra por el artista Jorge Rodríguez-Gerada. Estas fueron las actividades principales que se llevaron a cabo ayer en el parque de Diagonal Mar para conmemorar el décimo aniversario de la muerte del arquitecto barcelonés Enric Miralles, artífice, entre otros, de este mismo parque, el Parlamento escocés, el mercado de Santa Caterina y el edificio de Gas Natural. El acto, que se prolongó durante toda la jornada, fue organizado por Benedetta Tagliabue, mujer y compañera de estudio de arquitectura durante los últimos años de vida de Miralles. “Una vez fuimos al entierro de un amigo”, explica Tagliabue, “y Enric me comentó que la ceremonia había sido muy triste. Me dijo que tendría haber sido como en los funerales palestinos, que llevan la cara de sus muertos en pancartas y fotos enormes. Por eso, al planificar este homenaje, quería que estuviese presente su rostro, y pensé en Jorge Rodríguez-Gerada, ya que su trabajo tiene mucho que ver con ello”. El artista realizó desde primera hora de la mañana una obra formada por un gran laberinto de setos, cuyo recorrido emulaba las formas de las principales obras del legado de Miralles. El trabajo pudo seguirse en directo a través de internet. En su centro se esparció arena de dos colores con la que se dibujó el rostro del arquitecto y, al finalizar, se destruyó y se repartieron entre los asistentes botes de cristal con la arena con la que se había dibujado su cara. “Es un trabajo al estilo de los mandalas tibetanos”, explica Rodríguez-Gerada, “dibujos que realizas con cuidado para después deshacerlos. Me pareció muy poético hacer una obra efímera así”.

A la fiesta acudieron familiares, amigos y simples seguidores de Enric Miralles. “Fui a una conferencia que dio Miralles cuando yo aún estaba estudiando”, comenta Isabel Zaragoza, “le pedí si podía trabajar con él y aceptó. Colaboré, por ejemplo, en la realización de las maquetas para este parque, obra que tristemente no pudo ver finalizada”. “Fue mi profesor en 1978 y recuerdo que decía que hay que trabajar incansablemente, hasta en sueños”, explica Jesús Esquinas, otro de los asistentes al homenaje.

Desde la muerte de Miralles, que falleció a la temprana edad de 45 años, Benedetta Tagliabue está al frente del estudio de arquitectura que ambos dirigían, concluyendo sus proyectos y realizando obras tan ambiciosas como el pabellón de España en la Exposición Universal de Shanghai.

Precisamente este espectacular proyecto protagoniza estos días una exposición en el Palau Robert de Barcelona. Xangai 2010. Benedetta Tagliabue. EMBT, abierta hasta 19 de septiembre, recorre el proceso de realización de la compleja estructura de formas sinuosas que ha sido construida mediante hierro y más de 8.000 paneles de mimbre de distintas texturas y colores, elaborados por trabajadores chinos en solo dos meses. “Un material”, explica Tagliabue, “de gran tradición en la cultura española y china, que hace que el edificio parezca un bosque que huele de manera diferente cada día y al que la naturaleza irá dotando de color conforme se desgaste el mimbre”. En la fachada del Palau Robert se ha instalado a modo de muestra una de estas piezas para que los visitantes puedan descubrir in situ cómo luce a tamaño real este pabellón que en Shanghai ya han visitado dos millones de personas. La arquitecta afirma que están en marcha las negociaciones para conseguir que el edificio no se destruya después del 30 de septiembre, fecha de clausura de la Expo.

Reportaje: Un lugar bajo el sol

Escrito por mpierres o 17 junio 2010

sunflower-china1El Pais - M. JOSÉ DÍAZ DE TUESTA - Madrid - 15/06/2010

En 30.000 metros cuadrados a la vera del río Manzanares se debate estos días el presente de la habitabilidad. El terreno privilegiado de Madrid Río, con vistas al Palacio Real y a la catedral de La Almudena, es un maremágnum de grúas, esqueletos de futuras viviendas, camiones y gente trabajando a destajo. Falta menos de una semana para que arranque la competición Solar Decathlon Europe (se celebra del jueves 17 hasta el 27 de este mes), que bajo ese nombre poco preciso esconde una iniciativa loable: 17 equipos de universidades de siete países -seleccionadas previamente entre casi 800 candidaturas por un jurado internacional que incluye algún premio Pritzker- compiten por construir prototipos de casas que solo funcionan con energía solar. De ahí que su ubicación no sea gratuita. Ese pedazo de Madrid Río tiene la mejor orientación, porque estas casas que se alimentan del sol necesitan orientación sur.

Hasta ahora, esta original carrera -en la que participan estudiantes de los últimos años de Arquitectura o en el doctorado- solo se celebraba en EE UU, promovida por el departamento de Energía, y ha cumplido cuatro ediciones. Su ubicación, en Washington, es un espacio tan atractivo como el de Madrid, rodeado del Capitolio, el obelisco y la Casa Blanca. Pero la Universidad Politécnica de Madrid se empeñó en que tuviera una edición europea y aquí está gracias a la ayuda del Ministerio de Vivienda, el Ayuntamiento de Madrid (que ha cedido el suelo), el Instituto para la Diversificación y Ahorro Energético (una curiosidad: el mismo organismo que patrocina la selección española de fútbol) y el empuje del departamento de Energía de EE UU. El presupuesto ronda los cinco millones de euros y a cada equipo le corresponden 100.000 euros, que, si no son suficientes, pueden completar con fondos de su bolsillo.

En medio de tablones, carretillas y contenedores sale pertrechado de casco y chaleco Torsten Masseck, un alemán recién licenciado y jefe del equipo de la casa Low3, de la Universidad Politécnica de Cataluña. Una vivienda con acabado de virutas, la madera más básica, que sigue las reglas de un vivero. “Tratamos de adaptar las normas del vivero agrícola a una vivienda, de tal forma que su envolvente de policarbonato permita crear un microclima interior. Esto nos permite también jugar con los espacios intermedios, con ventilación y sombreado, que no consumen energía”. Masseck se resiste a ponerle un precio de mercado a esta innovadora casa de 75-80 metros útiles. Al final calcula 70.000 euros.

Las viviendas solares participantes tienen que superar 10 pruebas que suman 1.000 puntos. Se valorará, entre otras cosas, que tengan alta eficacia energética, que no solo se autoalimente, sino que genere energía extra; que puedan construirse edificios en alturas que son más sostenibles que la vivienda unifamiliar; la rapidez del montaje; la confortabilidad y la estética.

La pregunta del millón. ¿Estos prototipos de casas se pueden hacer realidad? “Estoy convencido de que sí, no son ciencia ficción”, sostiene Sergio Vega, profesor de la Politécnica de Madrid y el director de todo este tinglado. “Estos prototipos se pueden hacer ya, todos los sistemas están disponibles en el mercado, no inventamos nada, simplemente mezclamos materiales de forma diferente para que sean más eficientes energéticamente”. El profesor hace un cálculo real de lo que se puede ahorrar en una casa si se realizan algunos cambios. “Por ejemplo, mejorar el aislamiento cambiando el cerramiento de la puerta y ajustando las ventanas se puede ahorrar hasta un 40% de la energía; si se utiliza una caldera para el agua bien reglada supone un 15%, y si además ponemos paneles solares que producen agua caliente y energía es otro 30%. Claro, que para esto es importante que desde el Gobierno haya incentivos para que se pueda recuperar la inversión en cinco o 10 años”.

De momento, este espectáculo en Madrid Río, abierto al público a partir del 18, entrada libre (www.sdeurope.org) y que ofrecerá visitas guiadas a las viviendas, talleres, foros y mesas redondas, ayudará a alcanzar tres objetivos necesarios para que la sostenibilidad sea algo más que un adjetivo de moda: difundir conocimiento y tecnología, convencer al mercado y sensibilizar al usuario.

El montaje, mientras, continúa. Cada equipo cuenta con 10 días para levantar su casa solar. Algunas, las dos americanas, llegaron ya montadas. La Lumenhaus, de la Universidad Politécnica de Virginia, un mastodonte de casi cinco metros de ancho por 12 de largo, llegó envuelta en plástico, primero en barco y luego, desde Santander, viajó por carretera durante cuatro días.

Manuel Medina es un cacereño de 25 años que estudia en la Universidad de Sevilla. Se enteró de esta competición por Internet; ya conocía la de Washington. “Cuando supe que venía a Madrid no dudé en apuntarme”. Ahí está, luchando con los materiales para levantar una casa, Solarkit, en la que cada pieza es un mueble.

¿Y el premio? “Llegar hasta aquí ya es una especie de premio”, dice entusiasta Medina. El director de la competición apela también a algo mucho menos prosaico que el trofeo de vidrio sin valor que se otorga: el premio es la gloria, el prestigio.

Las 17 universidades elegidas para competir

NAPEVOMO HOUSE, de la Escuela Superior Arts et Métiers Paris Tech (Francia).

LIVING EQUIA, de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Berlin (Alemania).

TEAM WUPPERTAL, Universidad de Wuppertal (Alemania).

SMLHOUSE, Universidad CEU Cardenal Herrera (España).

ARMADILLO BOX-6, de la Escuela Nacional Superior de Arquirectura de Grenoble (Francia).

STUTTGART TEAM, Universidad de Ciencias Aplicadas de Stuttgart (Alemania).

LUUKKU, de la Universidad Aalto (Finlandia).

FABLABHOUSE, del Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña (España).

IKAROS, de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Rosenheim (Alemania).

SUNFLOWER, de la Universidad de Tianjin (China).

SOLARKI, de la Universidad de Sevilla (España).

LA ENVOLVENTE DEL URCOMANTE, de la Universidad de Valladolid (España).

NOTTINGHAM HOUSE, de la Universidad de Nottingham (Inglaterra).

RE FOCUS, Universidad de Florida (EE UU).

LOW3, Universidad Politécnica de Cataluña (España).

LUMENHAUS, Universidad Politécnica de Virginia (EE UU).

BAMBOO HOUSE, Universidad de Tongji China)

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