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Publicado por admin o 7 junio 2011

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Artigos etiquetados ‘reportaxe’

Historias da arquitectura ‘mileurista’

Escrito por mpierres o 23 noviembre 2011

Vivienda sostenible en Teo (A Coruña), del estudio de arquitectos Iterare.- HÉCTOR SANTOS-DÍEZ / BIS IMAGES

Vivienda sostenible en Teo (A Coruña), del estudio de arquitectos Iterare.- HÉCTOR SANTOS-DÍEZ / BIS IMAGES

El Pais - ANATXU ZABALBEASCOA- Madrid -23.11.2011

La crisis económica ha puesto en peligro el final de mes de muchos profesionales pero, a la vez, ha dado origen a una nueva estética hecha de escasos medios y gran ambición

“Hacer de paletas nos va a enriquecer”. Habla David Lorente, del estudio de Sabadell H Arquitectes. Y su trayectoria permite creerle. Tienen trabajo. También reconocimiento. Acaban de ganar el Premio Joven Enor por un gimnasio levantado con prefabricados en Barberá del Vallés (Barcelona). Sin embargo, les cuesta llegar a fin de mes. Se han vuelto habituales las situaciones que les exigen más horas de trabajo y mayor imaginación. Cuando firmaron el proyecto ejecutivo de la Casa 712 en Gualba (Barcelona), el banco se desdijo. De la hipoteca apalabrada de 240.000 euros, concedió la mitad. Tuvieron que rehacer los planos y reducir la tarifa. Tantas dificultades desembocaron en una gran lección: quitar todo lo que se puede quitar encierra una arquitectura distinta. La crisis económica no se ha traducido en la arquitectura española en una crisis de ideas, al contrario, una nueva ética está produciendo una nueva estética. De escasos medios y gran ambición.

La situación no es nueva. “Hace 10 años que cobramos por debajo del convenio (21.000 euros al año). Y eso, para un empleado, es ilegal”, continúa Lorente. El asunto es peliagudo: “Si nos legalizamos, cerramos”. También candente: la arquitectura es de las profesiones que más se ha transformado con el acceso masivo a una educación superior. Con tantos proyectistas en la calle, la tarta que repartir da para poco. La opción de hacer dinero queda en manos de las inmobiliarias interesadas en construir -no en hacer arquitectura-, y la antigua usanza -que trataba la profesión como un club en lugar de como una empresa- solo resulta viable para los profesionales de familia rica. Así, la única posibilidad es cambiar las cosas. Y eso pasa por, sin resignarse, tomar la precariedad laboral como una oportunidad para redefinir los valores de una nueva arquitectura.

Lo que sucede en Sabadell tiene un eco en Sevilla. Allí, María González y Juanjo López de la Cruz, también al borde de los 40 años, forman el estudio Sol89 desde hace 10 años. Han tenido suerte ganando un par de concursos. Aun así, en su estudio son los únicos fijos: ellos hacen las maquetas, las mediciones, las facturas, las memorias y la limpieza. Nadie coge el teléfono si están en la obra o dando clases. Les gusta la enseñanza y desde hace un lustro son profesores en la Escuela de Sevilla. “Por entonces todos estaban construyendo, y en aquella época conseguir un puesto compitiendo con 12 personas era una misión razonable”, explica López de la Cruz. Las cosas han cambiado. La crisis ha disparado la vocación docente y 70 aspirantes a profesor disputan hoy cada plaza.

“Haber ido a la contra nos ha beneficiado”, explican los responsables de Sol89. En su despacho los costes son mínimos. Esa austeridad es una actitud. Y se traslada a la obra. Sus proyectos barajan presupuestos de entre 600 y 800 euros el metro cuadrado. En el Puerto de Huelva, donde debían levantar un Centro de Formación, encontraron un edificio prefabricado abandonado. Frente a la inercia de demoler, se plantearon reciclar. Su pabellón reciclado demostró que reutilizar puede ser una opción que pasa por apoyar, en lugar de cimentar, y valora la ligereza por encima de la perpetuidad. Ese proyecto les sirvió para ensayar la investigación sobre estrategias de reutilización en barriadas que realizan en la universidad. Hacer piruetas para sobrevivir se refleja en un nuevo ingenio. Pero los arquitectos de Sol89 aseguran que parten con ventaja. Están acostumbrados a trabajar desde la escasez: “De Despeñaperros para arriba mueven otras cifras”, comentan. Al tiempo que insisten en quitarse el halo de heroicidad: “Hay compañeros que lo están pasando mucho peor. Somos de los que tenemos suerte”.

Sin cinismos, se podría decir que también el madrileño Enrique Krahe tiene suerte. Y ese es el drama. Levantó el Teatro Municipal de Zafra, en Badajoz, un edificio trufado de ideas y respeto que abre una vía de futuro en la tradición constructiva local y que le valió premios como el Lamp de iluminación. Luego ganó el primer premio para construir una residencia de estudiantes en Noruega en la que trabaja. Aun así, Krahe pertenece al grupo de los ni-siquiera-mileuristas que han decidido tomarse la precariedad como una oportunidad para la investigación. Vive del despacho y de algunos talleres. “Aunque ya puestos a perder el pudor para hablar de estos temas, he de decir que también he vivido de mi mujer”, cuenta desde Delft. Pasa medio mes en esa ciudad holandesa porque en esa universidad trabaja su mujer, ingeniera aeronáutica. No es el único que le levanta un monumento a su pareja. Quienes lo hacen consideran un avance el hecho de que ahora se pueda hablar del tema, un reflejo más de los cambios sociales que a los arquitectos les ha tocado vivir multiplicados. ¿Por qué? Porque al aumento de profesionales, debido al acceso masivo a la educación, ellos suman un recién creado sindicato.

Todos los roles están cambiando. El del cliente, también. Krahe cuenta cómo el dueño de una casa que construye cerca de Madrid ha dejado de trabajar en Telefónica para hacer de constructor de su vivienda. “Es ingeniero, y no sabe de esto. Pero como es muy empollón, ha asumido el papel. ¿Quién vigilaría mejor la construcción de su casa?”. Krahe habla de la urgencia de replantear la fórmula tradicional, en la que el arquitecto verificaba en la obra el acuerdo entre esta y los planos. “Hoy la obra es parte activa, allí se realiza la mitad del proyecto”, explica. Eso recorta la gente empleada, reduce drásticamente los gastos pero también limita la cantidad de trabajo que un arquitecto puede hacer.

Está claro que los arquitectos tienen que cambiar. Y ese cambio está alterando la arquitectura. Los socios de Iterare, en Santiago de Compostela, han cuajado cinco edificios sobresalientes recuperando, sin nostalgia, métodos constructivos del pasado que combinan con soluciones actuales y con ideas procedentes de otras culturas. Esos proyectos desinhibidos resultan contenidos, escuetos, pero no rígidos. Detallistas, pero no relamidos, transmiten naturalidad. Resultan creíbles. Y es que lo que sucede en Sabadell, Sevilla o Madrid también se vive en Galicia.

Allí, Jacobo Malde, Santiago Rey, Blanca Carballal, Daniel Dapena e Ismael Ameneiros formaron Iterare hace tres años. Habían trabajado en una gran ingeniería nacional, donde aprendieron a construir con precisión y profesionalidad. Sin embargo, se juntaron porque querían aportar algo más: una arquitectura de resistencia, capaz de aguantar agresiones con bajo mantenimiento pero sin bunquerizarse. De acuerdo con ese objetivo, firmaron su primera vivienda de aire nórdico para la matrona de los hijos de Ismael. Tras ella, la prima de esta realizó el segundo encargo, un nuevo experimento que combinaba madera local y prefabricación con un presupuesto inferior a 900 euros por metro cuadrado. Más tarde, fue el arquitecto municipal de Teo, donde se encuentran esas dos casas, quien les encargó su primera piedra de batalla: el centro social de Teo, un edificio partido en tres volúmenes para ahorrar en mantenimiento y abrirse a nuevos usos en el extrarradio de la ciudad.

Las oportunidades para quien está dispuesto a dejarse los días se multiplican. Pero no dan para sobrevivir. Hoy, a punto de concluir otro centro sociocultural, que sustituye dos barracas y una uralita en un barrio de viviendas de realojo en Ferrol y con una emocionante tribuna en el campo de fútbol de Vilalba (Lugo) terminada, los arquitectos de Iterare se van a separar. Ismael tiene dos hijos y dice, más en serio que en broma, que ha sopesado meterse a carnicero. A la escasez de proyectos cabe sumar la bajada en el porcentaje de los presupuestos y el aumento en la implicación de los arquitectos. Todo eso está paradójicamente alumbrando una generación de edificios modélicos, imaginativos y realistas que representan, para los arquitectos, más responsabilidades y más dedicación por menos dinero. Con todo, y con cinco logros personales que son cinco logros sociales, los integrantes de este estudio de Santiago se tienen que separar. Tampoco son mileuristas. No llegan a poder sobrevivir. Asumen no enriquecerse, aceptan esforzarse para hacer algo en lo que creen, pero no pueden dejar de pagar la factura de la luz.

La democratización de la arquitectura está produciendo cambios que retan a los proyectistas tanto como a la propia disciplina. “La arquitectura va detrás de los cambios sociales, recogiendo sus efectos y dejando testimonio de esos cambios y de las transformaciones que se producen en la sociedad, ya sea por razones económicas o catastrofistas”, sostiene Ángela García de Paredes, tercera generación en una saga de arquitectos que vive con holgura tras décadas de probar suerte, y tenerla, en todo tipo de concursos públicos. La situación económica, pero también un terremoto o la revolución industrial, cambian la arquitectura. García de Paredes lo ha visto pasar. Y está convencida de que, al margen de las adversidades, la arquitectura debe responder. “Hay muchos ejemplos de arquitectura de alta calidad producida en momentos de gran escasez”.

Los aires modernos de la arquitectura española

Escrito por mpierres o 22 marzo 2011

facultad_geologicas_biologicas_1965-1969_oviedo1El Pais -Mª José Díaz de Tuesta- Madrid- 22.03.2011

Frente a la arquitectura especulativa de las últimas décadas, tan ansiosa por encontrar efectos especiales, está sin ir muy lejos una arquitectura basada en la racionalidad, en el uso preciso de los materiales y con una cualidad ética: cumplir una función social. Estos valores llegaron de la mano del Movimiento Moderno que en España se sitúa entre 1925 a 1965. Luego se abandonaron en los años ochenta con el culto a la posmodernidad y ahora se percibe un cierto regreso, quizá a fuerza de la crisis. Ejemplos magníficos hay unos cuantos repartidos por toda la geografía española. La Fundación Docomomo , que se dedica a documentar, cuidar y difundir ese impagable patrimonio, acaba de publicar el primer volumen de Equipamientos Lugares públicos y nuevos programas, 1925-1965. Recoge con apreciable minuciosidad, con su ficha, planos, fotografías y una breve descripción, 300 obras ordenadas por comunidades autónomas de edificios educativos, sanitarios, religiosos y administrativos. El segundo tomo se encargará de los comerciales, turísticos, de ocio, deportes y de transportes.

“Es necesaria una mirada al pasado para descifrar lo que somos, porque cada estilo es el reflejo de las inquietudes y los gustos de una determinada época”, dice Celestino García Braña, presidente de la Fundación. “Por ejemplo, la Alhambra fue cantera y cueva de ladrones hasta que los románticos se fijaron en ella porque conectaba con ese interés que tenían por los cultos exóticos”.

Los edificios de la modernidad dicen adiós a los estilos anteriores basados en lenguajes históricos: neorromanticismo, barroco, neoclásico…e irrumpen con un lenguaje funcional, técnico y con la expresividad de los nuevos materiales, el hormigón, el hierro y el vidrio. Uno de los ejemplos es el Centro de Investigaciones Geológicas, en Madrid, de Miguel Fisac. “Toda la expresividad del edificio se concentra en el uso del hormigón”, aprecia García Braña. Del mismo arquitecto se derribó no hace tantos años, en 1999, La Pagoda, algo que los arquitectos compararon como “la quema de un “miró”. ¿Hoy hubiera sido derribada? “Quiero creer que no”, afirma el presidente de esa Fundación que ejerce de “vigilante” de esos edificios. “El patrimonio hay que crearlo día a día y las administraciones públicas y la sociedad tienen que ser conscientes de ello”.

Espacios religiosos

En cuanto a los espacios religiosos, los aires renovadores que llegaron con el Concilio Vaticano II encajaron bien con esa nueva visión de la arquitectura. En pleno debate sobre la arquitectura de culto, en los años cincuenta, prolifera la construcción de iglesias. Una de las más originales por su imagen y por el uso del hormigón y superficies de vidrieras es la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe (1965), en Madrid, de Félix Candela, que empieza a construir en España tras un largo exilio en México. También se integran en este movimiento, Nuestra Señora de Aránzazu (1955), en Oñate, Guipúzcoa, de Sáenz de Oíza y Luis Laorga o la iglesia de Fuencisla (1965), en Madrid, de José María García de Paredes. Esa nueva arquitectura también entró de lleno en los colegios cuya organización cambió radicalmente. La luz es vital, el aula debe ser un espacio iluminado uniformemente, pero los rayos de sol no pueden molestar, tienen que ser indirectos, así que la orientación norte es esencial.

El colegio de Las Teresianas (1969), en Córdoba, de Rafael de la Hoz, el Colegio Mayor Casa de Brasil (1962), de Alfonso D`Escragnolle y Fernando Moreno, en Madrid, o el de Nuestra Señora de Santa María (1962), de Fernández Alba, también en Madrid, con las aulas que se repiten dispuestas para buscar el sol son dos buenos ejemplos de que la función no solo es una cuestión de estilo, sino la que organiza todo el edificio. Junto con la funcionalidad, la austeridad de medios era otro de los valores supremos del Movimiento Moderno y que según García Braña vuelve a tener razón de ser: “O sea, más humildad”.

¿Qué le preocupa a un arquitecto de hoy?

Escrito por mpierres o 2 febrero 2011

El Pais- Anatxu Zabalbeascoa - 31.01.2011

Seis arquitectos en activo de diversa obra, ideología, situación profesional y económica responden a esta pregunta. Abrimos el debate a arquitectos y no arquitectos.

Emiliano López y Mónica Rivera:

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Hotel Aire de Bárdenas. FOTO: J.HEVIA


“Lo que más nos preocupa a nosotros es el papel que juega nuestra profesión en el conjunto de la sociedad. Como colectivo, ¿qué es lo que le podemos aportar y hasta qué punto la sociedad realmente nos tiene en cuenta como pensadores y profesionales? ¿Por qué el incesante incremento de normativas, códigos técnicos y marcos legales que pautan y conducen las propuestas arquitectónicas? ¿Será que la sociedad ya no confía en nosotros y nos tienen que encorsetar para que no malgastemos sus recursos? ¿Qué porcentaje de arquitectos participa en la configuración de estas normas?

Antes el arquitecto era quien velaba por la correcta ejecución de una obra como mediador entre la empresa constructora y el cliente. Ahora muchos de los concursos públicos en Cataluña se adjudican a la constructora y no al arquitecto, y es la constructora la que vela por los intereses del cliente, controlando de cerca al arquitecto.

En breve, con las nuevas carreras amparadas en el plan de Bolonia, nuevos profesionales de formación puramente técnica podrán quizás dirigir las obras en base a planos realizados por arquitectos, truncando así una de las fases más trascendentales en la materialización de una obra. Por este camino, un edificio será válido simplemente con que cumpla el marco legal. ¿Qué nos está pasando? ¿En qué nos estamos equivocando los arquitectos? ¿Qué estamos descuidando?”

Ángela García de Paredes e Ignacio García-Pedrosa:

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Museo visigodo de Mérida proyectado sobre muros romanos y árabes para albergar la colección visigoda en la trama urbana del siglo XXI


Condicionado por la realidad de hoy, a un arquitecto le debería preocupar cómo establecer un ritmo de construcción que haga sostenible un crecimiento cualitativo de la ciudad, no basado en la ocupación de nuevo suelo. La crisis ha establecido una moratoria que debe permitir repensar la ciudad y su equilibrio con el territorio, con el paisaje y con el perfil de las costas.

Nos preocupa cómo articular una intensificación de lo construido, construir la ciudad mejorando lo que ya existe y sustituyendo, con acierto, lo que está aceptado por el mero hecho de estar presente. Reutilizar con nuevos usos infraestructuras y edificios obsoletos o infrautilizados. Reanimar, mediante la calidad, la actividad constructora necesaria para vitalizar la economía y para permitir la supervivencia de nuestras ciudades”.

Juan Herreros:

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PROTOTIPO CASA MODULAR GAROZA. FOTO: J. CALLEJAS

“No sé si a todos nos preocupa lo mismo, pero en mi caso, me inquieta comprobar que los arquitectos no habitamos un lugar desde el que explicar con claridad el interés y la necesidad de nuestro trabajo. La ciudad cambia a ritmos vertiginosos impulsada por la energía, las ambiciones y la fuerza del capital, pero no tengo muy claro que estemos realmente participando de esos cambios con nuestro conocimiento e imaginación sino más bien dando forma final a un escenario cuyas reglas las escriben otros. Los arquitectos queremos participar en el establecimiento de los modelos de prestigio y de calidad; ayudar a las personas a mirar más allá de lo que conocen y animarles a desear lo que nunca se les habría ocurrido; hacer patente el enorme valor añadido desperdiciado por una sistemática interpretación consumista de nuestros productos; explicar sin fascinaciones infantiles cuál es el potencial poético de novedades como la sostenibilidad o las nuevas tecnologías y cómo pueden ayudar a construir un soporte físico que sea el mayor orgullo de una sociedad civil avanzada. En un contexto de crisis, a los arquitectos nos preocupa que la lección no sea aprendida con toda su transparencia y que el momento no sea aprovechado para dar ciertos giros saludables y eliminar de una vez por todas algunos clichés que lastran el enorme potencial de ese conglomerado fascinante que es la cultura urbana”.

BOPBAA. Josep Bohigas, Francesc Pla, Iñaki Baquero:

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AMPLIACIÓN DE EL MOLINO, BARCELONA. FOTO: EVA SERRATS.

“En el sentido amplio del término, nuestro trabajo es continuar. Da un poco igual si lo haces sobre unos muros góticos, unos endebles tabiques de un polígono de los años setenta, sobre una parcela llena de pinos o sobre un emblemático café – concierto. El tema es entender que algo ya ha empezado antes de tu llegada. De pequeños contábamos en voz alta los pasos de la comba antes de entrar a saltar dentro. En arquitectura pasa algo parecido. Uno debe tratar de entrar con el pie que toca para poder seguir un ritmo. Una vez dentro haces lo que sabes o lo que puedes y siempre sabes que acabarás por salir, y que viene otro detrás de ti.

Entendemos la ciudad como suma. Tenemos una consciencia absoluta de pertenecer a una narración que siempre ha empezado antes y que, sobre todo, alguien continuará. Nos atrae esta condición tan contemporánea y necesaria. Empezar dando por bueno lo que nos encontramos, por extravagante que parezca, y que sea más adelante, cuando se descubran las posibilidades de mejora o influencia. La imagen de alguien que sale de entre el público para sumarse como músico a una sesión de jazz explica muy bien qué tipo de ciudad y arquitectura nos interesa.

Apostamos por una arquitectura “prepositiva”, entendemos que nuestro trabajo se produce a, ante, bajo, con, desde, hacia, tras… algo que ya estaba ahí, y nuestra intención es sumarnos (y algún día diluirnos) en ese esfuerzo”.

Andrés Jaque:

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CASA EN NEVER NEVER LAND, IBIZA. FOTO: MIGUEL DE GUZMÁN.

“En el estudio que dirijo nos interesa trabajar empoderando las partes frágiles, pero valiosas, de lo que ya existe. Dos ejemplos:

Uno social: Hemos analizado en detalle cómo son los entornos domésticos de los mayores que viven en soledad en el centro, de la periferia automovilística o de las casas de trabajadores trasnacionales de origen senegalés. La observación de lo real desafía la manera en que hasta ahora se han pensado la vivienda y la ciudad, como esferas casi independientes. Ahora trabajamos para mejorar, con intervenciones específicas, cada una de estas situaciones.

Otro constructivo: Una parte de lo industrial depende de sistemas que nada tienen que ver con la retórica de los prefabricados; sino con la combinación de elementos ligeros y pequeños, cuya manipulación es fácil y flexible. Me refiero a: membranas impermeabilizantes, aislamientos térmicos, cintas adhesivas, sellantes. Siempre están ahí y son los que de verdad están trabajando, pero en la tradición de los proyectos singulares, quedan detrás de paneles de piedra, aluminio u hormigón. Nosotros intentamos ahora utilizarlos atendiendo a sus prestaciones, según sus lógicas y sin ocultarnos”.

Enric Ruiz Geli:

Media-TIC

EDIFICIO MEDIA-TIC EN BARCELONA

“LAS 10 PREOCUPACIONES:

1. El cambio climático

2. Trabajar con físicos y mis hijos en “excelencia” (pensando futuro).

3. La energía y su eficiencia, hacia la empatía.

4. Aumentar en las escuelas de arquitectura la consciencia “green”.

5. La transparencia espacial, político, medios,…

6. Innovación y patentes en centros tecnológicos.

7. El conocimiento y su transmisión intergeneracional.

8. Ser socialista.

9. La inteligencia distribuida en la construcción de espacios, objetos, materiales.

10. Convertir conocimiento, en PIB y salir de la crisis con valor añadido.

(Esta lista no está ordenada por importancia)”.

La joya del arquitecto tiene goteras

Escrito por mpierres o 25 enero 2011

El País - Santiago- 24 Enero 2011

Los propietarios de viviendas en edificios emblemáticos están obligados a seguir normas de conservación que encarecen y dificultan las reformas

La vida dentro de esa casa mil veces fotografiada también tiene goteras. Residir en un edificio con valor arquitectónico en el que Patrimonio pone mil ojos acarrea también muchos requisitos y cuidados. Los propietarios son conscientes de que deben mimar el acervo que tienen bajo sus pies pero reclaman más facilidades de la Administración.

Galerías al Atlántico A Coruña

Vivir asomado a las galerías de La Marina coruñesa, la fachada atlántica de la ciudad, es un lujo para la vista y “un castigo para el bolsillo”. Hace 21 años que Juan Chas y su familia viven en un señorial edificio de 1887 en la calle Riego del Agua. La ley obliga a los propietarios de los edificios protegidos por su valor patrimonial a respetar las estructuras originales y emplear idénticos materiales en cualquier pequeña reforma, que casi siempre se atasca en un laberinto de permisos burocráticos “que se eternizan en el Ayuntamiento”.

El suelo del piso es de madera de pino tea y las escaleras de las seis plantas, de castaño. Reemplazarlo por los mismos materiales les sale por un pico. “Ya casi no hay pino tea y los escalones los tienen que hacer peldaño a peldaño”, asegura este propietario. Cuenta que su comunidad de vecinos, que habitan seis familias, tiene que pintar la fachada cada tres años (6.000 euros) para frenar las humedades y llevan otros dos ahorrando para sustituir la maquinaria del ascensor. “Cada vez que pedimos un presupuesto, es totalmente desorbitado”, se queja, cansado de las derramas extraordinarias y de unas ayudas “escasas” que tardan en cobrar. “Parece que en vez de una obra, tenemos por delante una restauración”, lamenta.

En septiembre de 2010, el fuego prendió en la cocina del restaurante que ocupa los bajos del edificio contiguo, gemelo al suyo, y trepó rápidamente por las vigas de madera. Los bomberos tuvieron que evacuar a dos familias por la ventana y los daños fueron considerables. Cuenta Chas que los vecinos llevan meses detrás de los materiales adecuados para reponer el suelo, hecho a base de tablones de madera de siete metros, que buscaron, incluso, en otras casas viejas.

Con este panorama, reconoce que hay quien trampea la casa “con arreglos de PVC”, que contravienen las directrices de Patrimonio. “Para el político es muy fácil hiperproteger, pero sin ayudas ágiles y sustanciosas no le podemos hacer frente”. Asegura que su comunidad son conscientes del patrimonio arquitectónico que tienen bajo los pies, que se esfuerzan en preservar, pero reclama a la Administración más apoyo económico. “Si es patrimonio de todos, tendremos que contribuir todos. La protección, si no se acompaña de ayudas públicas, es una trampa”, concluye Chas.

La forma sigue a la función Vigo

El edificio donde vive José Bar Blanco en Marqués de Valladares número 27 (Vigo) es uno de los mejores ejemplos de arquitectura moderna de Galicia -junto con la fábrica de Coca-Cola en A Coruña de Andrés Fernández-Albalat y Antonio Tenreiro-. Lo proyectó su padre, José Bar Boó, en 1960. Superada la etapa más represora del franquismo, Bar Boó formó parte de una nueva generación de arquitectos titulados en la Escuela de Madrid que aspiraba a cambiar la estética regionalista de país ensimismado y provinciano que tanto le gustaba al dictador. “La importancia histórica del edificio Plastibar -así se llama- radica precisamente en que representa en Galicia el retorno a la modernidad en arquitectura. Es un ejemplo claro del racionalismo europeo más puro”, explica Bar Blanco, también arquitecto.

“El edificio, en origen una promoción familiar que le dio a Bar Boó una oportunidad para poder ensayar nuevas ideas, se estratifica en tres niveles siguiendo el principio de form follows function [la forma sigue a la función], que pueden leerse perfectamente en el plano de fachada”, describe José Bar, que ocupa un estudio en la sexta planta. Su padre personalizó para cada familiar los pisos, incluido el diseño del mobiliario, que se organizan alrededor de un espectacular patio-jardín interior.

Para conservarlo hace falta, además de dinero, respeto por el proyecto original. “Un desastroso acuerdo de la comunidad que permitía a cada propietario sustituir, por su cuenta y a su libre albedrío, las carpinterías en muros cortina de fachadas, las ha convertido en un desorganizado muestrario de diferentes materiales”. Por la comunidad de vecinos han pasado presupuestos astronómicos que no cumplieron las expectativas. “Más grave aún fue la supresión de la calefacción central, con caldera de gasoil, que se eliminó al interpretar voluntariosamente el comprador de los bajos comerciales que el cuarto de la caldera le pertenecía”. Es el peaje que ha pagado la obra con el paso del tiempo, que aún así conserva en buena medida su complejidad original.

Ciudad barroca Santiago

Desde hace 63 años, Jaime Romero vive en el mismo piso en el que nació. Solo le ha sido infiel durante una breve etapa de estudiante en A Coruña y por las escapadas veraniegas a las que casi le obliga la situación de su casa: en la compostelana plaza del Toural, número 1, escenario de conciertos, espectáculos y concentraciones. El edificio fue construido por el arquitecto municipal Manuel Prado y Vallo en 1856 y su sólida edificación apenas da problemas.

Aunque la distribución de la vivienda ya no es la misma que Romero recuerda de su infancia, los grandes cambios se realizaron hace más de 30 años, antes de que existiesen normas como las actuales, que vigilan cada cambio en los edificios de la ciudad histórica. La última reforma importante que llevó a cabo fue el arreglo de la galería exterior, que ocupa todo el frontal del edificios y los dos laterales. Él decidió seguir las pautas del Consorcio de la ciudad y mantuvo el material original en madera “aunque medio Santiago está con aluminio y PVC”. A cambio, recibió una subvención. Eso sí, que tuvo que declarar a Hacienda “que viene a recoger parte de lo que te dan, como si fuese un ingreso más”.

La zona, en pleno casco viejo de Santiago, añade también otros inconvenientes, como no poder acceder al servicio de ciertas compañías de teléfono o al gas ciudad. Las casas no tienen tampoco garaje y hay limitaciones estrictas de circulación. Sin embargo, Romero recuerda cuando la plaza se convertía cada noche en un aparcamiento y prefiere una zona monumental peatonalizada.

Colegio modernista Ferrol

Desde lejos, su mirador hexagonal y colgante, recuerda a la torre de un castillo alemán. Es uno de los edificios más singulares de la ciudad y su estructura modernista está ligada a un nombre propio: Rodolfo Ucha. El chalé Antón fue construido en 1918 por el arquitecto ferrolano como vivienda familiar y se transformó en un colegio de la mano de una congregación religiosa.

Bajo sus tejas rojas, se cobijan, de lunes a viernes, unos 250 alumnos y los 24 profesores del Jesús Maestro, un centro concertado para escolares de tres a 16 años, que es, además, uno de los edificios más fotografiados y protegidos por su valía arquitectónica. Nueve religiosas lo habitan todo el año. Goteras, filtraciones de aire y problemas con el enrejado están a la orden del día, explica Pilar, la monja que dirige y habita el colegio.

“Intentamos mantener la estructura de la casa, porque es una joya, pero dificultades para el mantenimiento las tenemos todas”, se queja. Cuenta que, por las desgastadas ventanas de madera, se cuelan ráfagas de aire que enfrían la casa y disparan el gasto de calefacción, aunque parte del alumnado ya está alojado en un ala nueva del edificio.

Asegura que les han denegado “todas las ayudas” que han solicitado para obras y rehabilitaciones y están a expensas de que la dirección de Patrimonio de la Xunta les autorice el pintado de la fachada y la reparación de las rejas y balcones con un coste astronómico. “Sólo revisar y arreglar el enrejado ya es un gasto muy grande”, explica la directora. “Prácticamente ya hemos desistido de pedir las subvenciones, porque no tenemos ayudas de nadie”, añade. Hay alguna gotera, admite, pero defiende que la construcción es sólida y recia. La revisan con mucha frecuencia para asegurarse de que las vigas de madera y la cubierta están en buen estado.

Como arquitecto municipal, Ucha estampó su huella modernista en una veintena de edificios protegidos y enclavados en el céntrico barrio de A Magdalena durante el primer cuarto del siglo XX. El remodelado teatro Jofre, el edificio del Casino, el hotel Suizo o la Casa Romero -antigua sede del banco Simeón- son algunas de sus refinadas creaciones de art noveau reconocibles por su profusión de galerías, balaustradas y balcones circulares.

Capilla medieval Ourense

En el corazón del Ourense histórico, la plaza de San Cosme es una reliquia medieval perfectamente conservada. En ella convivió la capilla y un hospital anexo, hoy en día reconvertido en vivienda. La antigua ermita, de estilo plateresco, fue mandada construir en 1521 por el cirujano Juan Lérez. La inscripción fundacional se mantiene en la clave del arco, en los ángulos figuran los escudos del fundador y en uno de los extremos, un campanil. Desde 1982, alberga el belén esculpido por el artista ourensano Arturo Baltar. Una escena navideña de grandes dimensiones compuesta a base de pequeñas figuras de barro cocido que representa escenas tradicionales del rural gallego.

El edificio anexo lo ocupan cuatro viviendas -dos por planta- y un restaurante en el bajo, con almacén en una puerta contigua, que antiguamente ocupaban las caballerizas de la Guardia Civil. Paradójicamente, las originarias caballerizas de la Benemérita se convirtieron en sellado refugio de perseguidos por el franquismo.

Información elaborada por Lorena Bustabad, María Fernández, Cristina Huete y María Pampín.

Vecino nuevo en el Rastro

Escrito por mpierres o 28 octubre 2010

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El Pais - PATRICIA GOSÁLVEZ - Madrid - 26/10/2010

Un edificio de viviendas protegidas reinterpreta la castiza corrala

El ático es diminuto, pero la terraza es espectacular: unos 25 metros cuadrados en pleno Rastro. Se ve hasta el Cerro de los Ángeles. Cuando ropavejeros, mataderos y curtidurías se establecieron en esta zona de Madrid por el siglo XV, se la bautizó el Rastro por el reguero de sangre que dejaban las reses y porque el término significaba “las afueras”. Cinco siglos después no hay nada más céntrico y más castizo. Lo mejor de este piso de 29 metros en la plaza del General Vara del Rey, donde los domingos se colocan los anticuarios, es el precio: entre 200 y 300 euros al mes (garaje y trastero incluido). Entre la mitad y un tercio de lo que cuesta nada parecido por los alrededores. ¿La razón? El bloque es una de las viviendas protegidas del Ayuntamiento en régimen de alquiler con opción a compra para menores de 35 años.

Se ha hablado mucho de la vanguardia arquitectónica de algunas VPO de las afueras actuales, pero en el centro la experimentación es más complicada. “En los PAU, donde corren los conejos, todo es más sencillo”, opina Juan José de Gracia, coordinador general de Vivienda del Ayuntamiento. “Aun así, también en el casco antiguo intentamos seleccionar proyectos que tengan cierto carácter innovador respetando la idiosincrasia”. Cita como ejemplos las promociones de Margaritas, 12 (con varios premios por su eficiencia energética); Lope de Vega, 10 (con el primer aparcamiento robotizado municipal), o Provisiones, 14 (que reformó una corrala, grafitiincluido).

Arquitectónicamente, la plaza de Vara del Rey parece uno de los puestos que la ocupan los domingos: un batiburrillo de edificios de diferentes siglos y estilos. “Todos los nuevos se han cargado la tipología tradicional de la zona”, explican Luis Díaz-Mauriño, Mónica Alberola y Consuelo Martorell, los arquitectos que ganaron el concurso de la EMV para el número 12 de la plaza, donde había un feo aparcamiento de los setenta. “Nuestro objetivo era recuperar los elementos de la memoria y reinterpretarlos; no es algo científico sino emocional”, dicen. Tras la fachada “que parece contemporánea” hay en realidad una suma de ingredientes castizos: la corrala, los florones, los fraileros (contraventanas que en este caso no son de lamas de madera, sino de abstractas tiras metálicas). Los minipisos tienen incluso fresqueras que dan a los balcones corridos interiores.

Es un casticismo nuevo, de hormigón y acero, de grandes globos de luz y líneas limpias, sin fruslerías (el ajustado presupuesto obliga) y con usos flexibles. El edificio también pretende recuperar el espíritu vecinal del barrio. “Nos interesan los espacios intermedios, entre lo público y lo privado”, explican los arquitectos. “Son casas muy pequeñas, por eso intentamos darles algo más”. En los patios y galerías comunes hay sitio de sobra para que los niños jueguen, para poner macetas, aparcar las bicis, tender la ropa… “¿Una mesa de pimpón, una pantalla de cine?”, sueñan los arquitectos. Queda ver si el Ayuntamiento y los jóvenes que vivirán aquí fomentarán y aprovecharán respectivamente tanto espacio intermedio. “Esto no es Berlín, pero confiamos en que la homogeneidad de los inquilinos ayude a que tengan una vida en común”, dicen los arquitectos. “En Berlín el alquiler es del 57%, en Madrid solo del 19%”, apunta el coordinador de la EMV, “no tenemos esa cultura, pero poco a poco intentamos instaurar modelos de convivencia con muchos espacios comunes aunque a veces sean difíciles de gestionar”. Por ejemplo, colocando lavanderías en los pisos de alquiler rotacional (donde solo se puede estar cinco años).

Mientras el edificio vacío del Rastro promete llenarse de vibrante vida a la berlinesa, en los foros de nuevos vecinos los futuros inquilinos se quejan del tamaño de los pisos (entre 30 y 50 metros cuadrados). En un pósit titulado “¿dónde está el dormitorio?”, una de las personas a las que se ha adjudicado un piso en la plaza se pregunta si encontrará la habitación en el amplio patio. “Los espacios comunes no han restado metros a las casas, al contrario, son una forma de ampliarlas”, argumentan los arquitectos, que se plegaron a los estándares de la vivienda protegida. Aunque hubiesen querido o se hubiesen gastado más no habrían podido hacer casas más grandes. Si el solar hubiese sido privado, el promotor habría hecho, con los mismos metros, menos pisos de más tamaño.

“Hay que repensar la casa”

Escrito por mpierres o 15 septiembre 2010

El Pais - CATALINA SERRA - Barcelona - 14/09/2010

Riken Yamamoto abre el máster Biarch de arquitectura

Hace unos meses ganó el concurso para realizar un enorme edificio en el aeropuerto de Zúrich que tendrá 200.000 metros cuadrados construidos, pero no es por este tipo de megaproyectos por lo que es valorado Riken Yamamoto (Yokohama, Japón, 1945), el arquitecto que ayer inauguró la primera edición del selectivo máster internacional que organiza el Barcelona Instituto de Arquitectura (www.biarch.eu), centro dedicado a la formación y al debate que quiere convertir la ciudad en un referente mundial de la disciplina.

Lo que ha dado prestigio a Yamamoto - que ha construido sobre todo en Japón, China y Corea (www..riken-yamamoto.co.jp)- ha sido su investigación sobre la vivienda, generalmente de pequeño tamaño, en la que experimenta con nuevas tipologías y se sirve de materiales industriales o prefabricados para crear espacios luminosos y de gran transparencia. Lo hace incluso cuando el proyecto es de grandes dimensiones. Prefiere construir varios edificios que se relacionan mediante plazas y callejuelas antes que macizos bloques y, de hecho, define su proyecto de Zúrich como “una ciudadela medieval” formada por pequeños edificios interconectados.

Le preocupa especialmente el aislamiento de las personas en la ciudad contemporánea, la que ha surgido, dice, “del fundamentalismo económico, de una globalización que hace que, vayas a donde vayas, te encuentres el mismo diseño. Parece que estos rascacielos que tanto abundan sean de diseño muy libre, pero en realidad responden al mismo programa y dependen del mismo sistema rígido de las infraestructuras. Tenemos que desinstitucionalizar los servicios y cambiar la idea de que a cada edificio le corresponde una sola función”.

A esto pone su empeño en su trabajo. En el parque de bomberos de Hiroshima ideó un edificio que está adaptado a las visitas escolares y en el Ayuntamiento de Fussa dividió en dos el edificio para ganar espacio en un parque central que funciona como lugar de reunión. “El problema ahora es cómo crear comunidad, qué puede hacer la arquitectura para evitar el aislamiento de la gente”, dice. En sus viviendas colectivas, por ejemplo, busca crear espacios comunes y la transparencia en la zona de acceso para visualizar la vida de sus habitantes. También son flexibles, adaptables a los cambios de una familia que no es estándar. “Siguen pensándose las viviendas para una familia con dos o tres hijos, pero ahora, por ejemplo, lo más habitual es que la gente tenga uno solo. Y hay mucha gente mayor que vive sola. Necesitan espacios pensados para ellos. Hay que repensar la casa. El problema es que la vivienda se ha convertido en una mercancía y es más fácil vender lo estándar. Eso es lo difícil de controlar”.

Los arquitectos, afirma, están en el centro de una doble crisis. Por una parte, la económica, que es global. Pero, por la otra, hay una crisis en la manera de pensar la disciplina. “Tenemos que cambiar la filosofía de cómo tiene que ser el espacio en el futuro”, afirma. Esto vale para la vivienda, pero también para las ciudades y la manera de organizar las redes de distribución de energía. “Ya no es viable tener la central de energía a kilómetros de distancia porque en el transporte hay muchas pérdidas. Con mis estudiantes en la facultad de Yokohama estamos trabajando ahora en este tipo de problemas”.

Lo que no vale, insiste, es clonar el mismo sistema en todas partes. “El lugar es muy importante. No es lo mismo un edificio en Barcelona que en Japón. El sistema social es muy diferente, la estructura familiar también. No estoy de acuerdo con estas estrellas de la arquitectura que hacen lo mismo en todas partes. Creo que hay que conocer la cultura en la que trabajas, colaborar con la comunidad para la que vas a construir. Es de esa relación de donde surge la nueva arquitectura”.

Magia en las paredes blandas

Escrito por mpierres o 8 septiembre 2010

muro_autoportante_papelEl Pais- Diseño - ANATXU ZABALBEASCOA - Madrid -07/09/2010

¿Qué genera un espacio? Los arquitectos debaten si la luz los determina tanto como la tectónica, pero los canadienses Stephanie Forsythe (Vancouver, 1970) y Todd MacAllen (Vancouver, 1966) sostienen que es lo pequeño y lo invisible (el tacto) lo que conserva todavía un potencial por explotar en la experiencia física de los espacios. Para demostrarlo, llevan cinco años investigando, y comercializando, soluciones arquitectónicas realizadas con papel.

Forsythe estudió arquitectura en la Cooper Union de Nueva York. Tras trabajar con Steven Hall en Manhattan, en 1996 eligió especializarse en diseño medioambiental y al hacerlo coincidió con su socio Todd MacAllen, que había estudiado carpintería antes de convertirse en arquitecto. Con ese pasado, y tras vivir varios años en Finlandia, decidieron que su estudio se dedicaría a investigar soluciones económicas que tuvieran en cuenta las culturas locales. De nuevo el interés por lo pequeño y lo invisible. Son muchos los diseños que han firmado en una década de trabajos conjuntos: un par de casas, varios pabellones, lámparas de agua o copas en las que los líquidos aparecen como una materia flotante, pero fue un amigo empresario, Robert Pasut, el que les animó a rentabilizar su imaginación.

Así nació el estudio Molo -www.molodesign.com-, con Pasut como tercer pie del grupo. Y fue precisamente esa pata empresarial la que los animó a realizar sus muebles en papel prensado. El proceso fue escalonado. Tras un taburete llegaría una escalera; tras los peldaños, una pared de papel, después un muro autoportante y un sinfín de nuevos elementos constructivos.

Su último invento ha sido añadir luz al papel. Las construcciones modulares pueden hoy esconder un dispositivo de leds que permite retroiluminarlas. El efecto es irreal. Si las mejores pantallas de lámpara son de papel, imaginen una habitación en la que son las paredes las que emiten la luz. Hoy Forsythe y MacAllen se ven capaces de diseñar cada uno de los componentes de una vivienda utilizando solo papel. Y a su afición por explotar el tacto le han añadido el nuevo divertimento de las ilusiones ópticas que transforman muebles en lámparas.

En 2002, cuando empezaban a trabajar juntos, un jurado compuesto por el japonés Tadao Ando y el francés Jean Nouvel eligió un proyecto suyo para la futura Casa Nebuta (un festival en el que se escenifican historias) de Aomori, al norte de Japón. Tras una larga espera, el año pasado comenzó a levantarse el edificio y esta temporada la revistaArchitectural Review lo ha elegido como el más prometedor para el año próximo. Ese museo de Nebuta, un prisma envuelto en cintas de acero que, asimétricas y replegadas, recuerdan a jirones de papel en movimiento, estará listo en 2011, pero habla ya el idioma de sus autores, capaces de levantar un muro blando, flexible y autoportante con la única ayuda de un imán. “Lo pequeño y lo no visible, pero susceptible de sorprender al tacto, encierra un potencial por explorar”, dicen. Sin embargo, recuerdan, con insistencia y con una incesante producción, que todo empezó rasgando tiras de papel.

La modernidad aerodinámica de Fuller

Escrito por mpierres o 4 septiembre 2010

Buckminster Fuller posa junto a su Dymaxion Car y con su cúpula de ojo de mosca en Snow Mass (Colorado) en 1980, que desarrolló en los años treinta.- ROGER WHITE STOLLLER

Buckminster Fuller posa junto a su Dymaxion Car y con su cúpula de ojo de mosca en Snow Mass (Colorado) en 1980, que desarrolló en los años treinta.- ROGER WHITE STOLLLER

El Pais - JAVIER MADERUELO 04/09/2010

Una exposición y un libro auspiciados por Norman Foster muestran la energía utópica del creador

La independencia de Estados Unidos como colonia inglesa trajo como consecuencia la necesidad de inventar un mundo nuevo en un territorio literalmente baldío y desconocido. El último de los episodios de aquella conquista lo protagonizaron dos personajes que coincidieron en diferentes ocasiones a lo largo de su vida y que se estimaron mutuamente. Me refiero a John Cage (1912-1992) y Buckminster Fuller (1895-1983), últimos descendientes de una estirpe de aventureros que tuvo que servirse del ingenio para sobrevivir a las adversidades que surgían en la ocupación de nuevos territorios. Fuller representó lo mejor del espíritu norteamericano: capacidad de innovación, sentido promocional y pragmatismo técnico.

Sin lugar a dudas, Buckminster Fuller fue todo un pionero en un siglo XX prolífico en la creación de personajes que idearon y produjeron los hechos y los inventos más increíbles e insólitos, desde teorías científicas y artilugios mecánicos hasta obras de arte que sorprendieron al mundo por lo inusitado de sus propuestas. Después de que en el siglo XIX el conocimiento se fragmentara en ciencias específicas y estas en especialidades, los sabios como Goethe dejaron de existir para dar paso a la raza de científicos y técnicos expertos en las minucias, hábiles en lo concreto, profundos en los detalles pero, por lo general, tediosamente metódicos y sin ingenio. Por eso sorprenden personajes como Buckminster Fuller que, desde una geometría pragmática, sin apoyo algebraico, ejerció de ingeniero y cartógrafo. La lista de personajes que lucharon contra las convenciones puede ser extensa, pero pocos como Bucky Fuller hicieron tabla rasa de lo que se sabía hasta entonces, sin despreciarlo, y reinventaron el mundo a la medida de sus intuiciones.

Fuller ha pasado a la historia por sus cúpulas geodésicas cuando logró aparecer retratado en la portada de la revista Time, pero, en verdad, su importancia es muy grande en la cultura estadounidense, ya que él representa la modernidad en un país profundamente conservador. Mientras que la asunción de la modernidad en Europa fue un tema de carácter filosófico y cultural, en Estados Unidos se redujo a un asunto técnico que se resolvió cuando la mecanización tomó el mando. Es aquí donde el ingenio de Fuller acierta en la diana inventando un automóvil con pretensiones de llegar a ser el supercoche anfibio del futuro o una especie de avión terrestre sin alas. Fracasado el proyecto, no se rindió y propuso construir casas de aluminio livianas que pudieran ser fácilmente transportables. De ahí pasó a idear cúpulas basadas en la indeformabilidad del tetraedro, consiguiendo sus famosos cascarones geodésicos, como el construido para la Expo 67 de Monreal, con sus 76 metros de diámetro y una altura de 61 metros. Sin contar con sus ideas sobre una “ciencia del diseño” o un nuevo sistema de proyección cartográfica que permitió una representación insólita del planeta Tierra.

La utopía de Fuller, de la que surge un auténtico raudal de propuestas e inventos, consistía en el intento de cambiar el mundo por medio de contribuciones individuales y con ello beneficiar a toda la humanidad. La filosofía intuitiva de Fuller tiene su origen en el trascendentalismo de Ralph Waldo Emerson que impregnaba la Universidad de Harvard, en la que comenzó Fuller unos estudios universitarios que abandonó pronto. Emerson había predicado una vía intuitiva, basada en la capacidad de la conciencia individual, de la que participó Fuller en todas sus empresas.

Como “científico del diseño” acuñó la fórmula “hacer más con menos”, lo que le llevó a idear formas y estructuras que redujeran costes de producción o de energía, como coches aerodinámicos o cúpulas geodésicas livianas, esto le condujo a desarrollar una serie de conceptos que expuso en gran cantidad de libros que editó y para los que ideó neologismos como “efemeralización”, “sinergia” y “tensegridad”. Por poner un ejemplo, esta última palabra surge de la contracción de los términos tensional e integrity y la utilizó para designar las estructuras cuya estabilidad depende del equilibrio que se consigue entre fuerzas de tracción y compresión cuando son puestas en tensión.

Su pensamiento trascendentalista y sus experiencias mecánicas le condujeron a ser consciente de lo limitados que son los recursos que posee la Tierra, siendo uno de los primeros que se preocupó por conseguir diseños de bajo consumo y por el empleo racional de los recursos, denunciando la dependencia del petróleo y abogando por la energía solar y eólica, cuando aún no existían posibilidades para conseguirlas, acuñando en sus escritos la imagen de la “nave espacial Tierra”.

La editorial Ivorypress presenta ahora un libro donde se muestra uno de estos inventos de Bucky Fuller, su Dymaxion Car, un automóvil que desarrolló en los años treinta, que se movía a más de cien kilómetros por hora y que era capaz de evolucionar como una bailarina. Después de haber transcurrido más de setenta años de la producción de los únicos tres prototipos de aquel invento fallido, el célebre arquitecto inglés Norman Foster, que conoció y colaboró con Fuller durante los últimos años de su vida, ha llevado a cabo, a su costa, la realización de un cuarto prototipo de aquel mítico automóvil de tres ruedas que pretendía ser una mezcla de barco, avión y coche, aunque en realidad el vehículo sólo podía rodar por una carretera provisto con el motor V8 de un Ford, pero el talante visionario de su inventor previó que aquel automóvil estaba destinado a revolucionar los medios de transporte. Precisamente fue el carácter visionario, futurista y utópico de su creador lo que ha dotado de cierta profundidad ideológica al invento, siendo hoy admirado como una auténtica obra de arte.

El empeño de Norman Foster, al realizar una réplica lo más exacta posible del tercero de los prototipos del Dymaxion Car, es también encomiable. Para ello, ha tenido que operar como un historiador sobre los documentos, los datos y las imágenes que han sobrevivido al tiempo y como un arqueólogo sobre los pecios del naufragio de aquella empresa de Fuller. El resultado es la construcción pieza a pieza de un coche, trabajando durante tres años hasta conseguir resolver todos los enigmas sobre sus mecanismos y detalles. El automóvil conseguido merece la pena, se trata de un vehículo de aspecto futurista, con forma de gota de agua, para ofrecer la menor resistencia al viento y con tres ruedas, para conseguir la máxima estabilidad. El diseño se inspiró en los zepelines, y para conseguir la eficacia formal que Fuller deseaba invirtió la disposición hasta entonces tradicional de los elementos del automóvil, ubicando el motor atrás, con el radiador hacia el interior y una tronera para tomar aire, la tracción delantera y la dirección en la única rueda trasera, que funciona como el timón en un barco.

A la vez que diseñaba y construía el prototipo no paró de recurrir a las más ingeniosas formas de promoción, empezando por el propio título del automóvil, Dymaxion, palabra que surge de la contracción, inventada por el publicista Waldo Warren, al reunir las palabras más repetidas por Fuller en sus explicaciones: dinamismo, máximo y tensión. Él mismo fundó una revista, Shelter, en la que publicó en 1932 una descripción del coche fantástico con unas fotografías de un modelo en madera realizado por su amigo el escultor Isamu Noguchi. Visto en retrospectiva, la empresa de fabricar un coche como Dymaxion estaba abocada al fracaso, sobre todo teniendo en cuenta los avances que en esa década realizaron ingenieros como Hans Ledwinka, Ferdinand Porsche o Pierre Boulanger, pero la fe voluntariosa y utópica de Fuller y sus socios fue admirable, tanto como la de Norman Foster al reconstruir no sólo el vehículo sino toda la historia de ese momento del diseño técnico.

Bucky Fuller & Spaceship Earth. Ivorypress Art + Books. Comisarios: Norman Foster y Luis Fernández-Galiano. Hasta el 30 de octubre. Comandante Zorita, 48. Madrid. Buckminster Fuller. Dymaxion Car. Foster + Partners. Ivorypress, 2010. 223 páginas. 59,90 euros.

Arquitectura y verano 4: Arquitectos-mirlo y arquitectos-ruiseñor

Escrito por mpierres o 2 septiembre 2010

the-hepworth-en-wakefieldEl Pais- Anatxu Zabalbeascoa - 31-08-2010

 

Con su pico amarillo y su larga cola, el mirlo canta con voz pastosa “de una manera levemente ácida y en otros momentos dulcísima”. Explica Josep Pla que es uno de los pájaros que llevan el exhibicionismo hasta la desaparición. Su presencia fugitiva es su coquetería. Juega a esconderse y a exhibirse. Sus plumas son oscuras, pero es un pájaro burlón. Su canto es sorprendente. Cuando inicia un trino, las primeras frases causan una impresión de seriedad auténtica: parecen un reflejo de sentimientos musicales graves, elevados incluso ligeramente severos. Pero, de repente, el canto adquiere otro aspecto. Aparece una frase musical aberrante, descoyuntada. Sus primeras frases se habían producido en un sentido ascendente. Pero en lugar de rematar la elevación, todo queda destruido. Y aparece el pájaro burlón, cínico. Lo hacen siempre. No pueden evitarlo.

Contaba Josep Pla que el canto del mirlo no es susceptible de ningún progreso. Que los mirlos son como la vida: “En el momento de dar el do de pecho sublime resulta que se deshinchan y hacen el ridículo. Los mirlos nos enseñan a tener de la providencia una idea modesta.

El ruiseñor es el antimirlo. “Su destino es tomarse las cosas en serio. No es exhibicionista. Es casi invisible. No tiene vistosidad ni coquetería. Sus dimensiones son pequeñas, sus colores apenas se recuerdan. Pero el ruiseñor no falla nunca en los crescendos. Remata siempre sus frases con una elevación y una temperatura perfectas. Es un pájaro tan severo, de una educación tan rígida, que estoy seguro de que preferiría romper su garganta y morirse antes que le fallase la figura musical que elabora”, escribe Pla observando en Oxford a los mirlos un amanecer y añorando a los ruiseñores de su pueblo. Para entonces una ya se ha puesto a pensar en una ornitología de la arquitectura que, más allá de distinguir entre dandies y hacendosos, podría diferenciar entre cartesianos y artistas.

Lo vemos todo el tiempo. El cartesiano es un arquitecto que halla seguridad en los números exactos, redondos. Precisa que las cuentas le cuadren. Se mueve cómodo entre las referencias de su biblioteca, pero es la simetría la que le proporciona paz de espíritu. Para él los ángulos rectos son la medida de un trabajo bien hecho. El arquitecto cartesiano ha entendido que la modernidad es desnudar y simplificar y a esa ascesis dedica todos sus esfuerzos. No es que no le interesen las curvas, los colores, las emociones, los espacios inesperados u otros materiales más allá de los nobles, es que decidió excluirlos de su campo de actuación por miedo a perderse sin asideros. Lo último que haría sería saltarse sus propias normas. Como en todos los fundamentalismos, sabe que en el límite está su fuerza. Y hace lo mismo con su vida. Viste siempre de negro para no meter nunca la pata. Pero en realidad, se encierra en ese uniforme para tener un problema menos. El asunto es más evitar las dudas que afrontarlas. Y lo mismo hace con sus edificios. Evita estridencias. También tentaciones.  Naturalmente, cuando uno de estos arquitectos se lanza a inclinar un pilar el peligro de resultar tímido, inocente o cómico crece. De la misma manera que sobre un mantel blanco brilla más una mancha de vino que sobre un mantel estampado. Así, el arquitecto cartesiano se lo piensa mucho antes de lanzarse a caminar sin muletas. No basta abrocharse el cinturón de seguridad para conducir bien. Pero ellos viven dedicados al cumplimiento estricto de todas las normas. Con todo, hay cartesianos, como David Chipperfield, que de repente se sienten con ánimos de saltarse sus propias normas. El británico lo ha hecho en el museo Hepworth que ha concluido en Wakefield (Reino Unido). Y el resultado proporciona la triple alegría de haber intentado hacer algo, de haber sabido cuándo intentarlo y, finalmente, de haberlo logrado. Aunque el logro es subjetivo y ante esa duda, un cartesiano amante de certezas se pierda.

El arquitecto artista es otra cosa. No le interesan las certezas. Y no es que las ensaye, las fuerce o las planifique, simplemente es que no puede evitar la atracción de las dudas y la afinidad de las mezclas. Tal vez más guiado por las emociones o las impresiones que por los cálculos, el artista ve donde otros no perciben nada. Pero no es un mero observador.  Sabe digerir las impresiones. Es la digestión lo que lo hace artista. Visitando edificios, como Pla observaba a los mirlos, uno llega a pensar que, incluso en arquitectura, la genialidad es algo genético. Sólo se refina la puntería. Pero no se puede obtener por muchas normas que uno se autoimponga. Alvar Aalto fue un artista. Arne Jacobsen, un sobresaliente cartesiano. Un tipo tan responsable que ensayó ser otro con el diseño, no con los edificios.

El arquitecto artista sabe rectificar. No es esclavo de un estilo, pero sí de su propia necesidad de dar rodeos, de no conformarse. Ese imperativo que le mueve a idear  no forma parte de su voluntad. Está dentro de él. Tampoco lo puede evitar. No se apoya en muletas ni en estilos ni en lecciones aprendidas. Tiene la mente abierta. O completamente cerrada a lo que no sea hacer lo que considera que debe hacer. Pero no da explicaciones. No es una lección la que le ha llevado a ser como es. Son sus vísceras tanto como su cerebro, y la reacción de éstas ante todo lo que es capaz de asimilar. Así, el artista no busca teorías que expliquen sus ideas. Si acaso, las explica en simple, como si se las contara a su madre. Es en su madre en quien piensa cuando trabaja. En realidad, cuando idea un edificio lo que busca es averiguar algo. Ponerse a prueba. No se trata de demostrarse nada a sí mismo. Ni a nadie. Se trata de comprobar una intuición. En realidad, el artista tiene alma de científico. El cartesiano está más cerca de un notario. El primero adora partir de cero. El segundo vive cómodo entre los límites de una disciplina autoimpuesta. Llama orden a lo que podría ser rutina. Responsabilidad a lo que podría ser conservadurismo. Pero es un tipo realista y sabe que artistas hay muy pocos. Y ambiciosos (cegados por esa ambición) muchos más. Qué destino complicado tener que atreverse sin poder ser osado.

No hace falta ser ornitólogo para reparar en el comportamiento de los pájaros. También puede uno dedicarse a observar en un campo de futbol. En el pasado mundial Carles Puyol, tras cabecear el gol que haría pasar a España a la final ante la portería alemana explicó que, en la final, ante Holanda, él seguiría dándolo todo.
-“Siempre lo hago. No tengo el talento de alguno de mis compañeros. Lo mío es salir al campo y entregarme”.

Los cartesianos, cuando cumplen con sus propios objetivos de una manera severa e iluminada, pueden llegar a ser artistas. Mies van der Rohe es el cartesiano artista. El problema, como con los pájaros (imagino), se da cuando uno no sabe bien lo que es. Ni siquiera lo que quiere llegar a ser. Y sin saber ya quiere ser.  El mirlo y el ruiseñor quizás sean pájaros que se complementan –continúa Pla-. En el mundo tiene que haber de todo, al parecer.

Vídeo RTVE.es: “Arquitecta, mileurista y en paro”

Escrito por mpierres o 31 agosto 2010

alexiaRTVE.es - MIRIAM HERNANZ / R.J. SIMÓN MADRID 03.03.2009

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Cuando siendo una adolescente Alexia Maniega decidió estudiar Arquitectura, nunca imaginó que después de toda una década de estudios quedaría en paro nada más ingresar en el mercado laboral. Una profesión tan cualificada significaba, en aquella época, trabajo seguro.

Pero las turbulencias económicas han impactado de lleno en los profesionales de gran formación académica y de sectores que rara vez registran paro, que han visto cómo sus esfuerzos en la universidad no están siendo recompensandos ni con un sueldo digno ni con un trabajo “en lo suyo”.

Alexia llevaba seis meses trabajando en una ingeniería cuando su jefe la convocó a una reunión. Junto a ella, el resto de compañeros que habían entrado a la empresa a la vez. “Nos explicaron que en el departamento de arquitectura nunca habían tenido que echar a gente, siempre había trabajo. Pero que en ese momento todo estaba parado y tenían que despedirnos”, recuerda.

“En la carrera jamás pensé que me pasaría algo así. Era una etapa muy floreciente, en la que se construía mucho… Muchos de mis profesores me ofrecían trabajos y llegó un momento en que tuve que decir no a muchas ofertas porque mi prioridad era terminar la carrera”, sostiene.

Su despido y el del resto de sus compañeros arquitectos fue una decisión insólita, pero que sí podía llegar a esperarse, ya que la mayoría de proyectos que encargaban a la empresa terminaban en agua de borrajas. “Había empezado a ahorrar, pero por mucho que ahorres, en seis meses no te da para mucho”, asegura resignada.


“Tengo edad para vivir fuera de casa”

El despido le llegó un mes después de que se independizara junto a su novio José Miguel, también arquitecto. En medio de la ilusión de montar su nueva casa -”la mayoría son muebles prestados o regalados”- recibieron el jarro de agua fría. Un inmueble de 60m2, por el que pagan 800 euros de alquiler y situado en el madrileño barrio de Lavapiés, pasó de ser su ilusión a su preocupación, al no contar con ingresos fijos. “Mis prioridades ahora son pagar el alquiler, las facturas y llenar la nevera”, dice Alexia.

“Antes sí que pensaba: si ahorro un poco me puedo ir de vacaciones a un lugar más lejano. Ahora sólo pienso en cubrir gastos”, reconoce esta joven de 30 años que sostiene que “ya tengo edad para vivir fuera de casa de papá y mamá. ¡Es lo único que pido!”.

“¿Mis ingresos? A día de hoy, ninguno. No tengo ningún ingreso. Cuento con el respaldo de mi pareja y mis padres“. Ésa es la agónica situación económica que atraviesa y a la que intenta hacer frente desde el optimismo y el trabajo.

Alexia busca empleo cada mañana. Manda currículos por internet y dedica muchas horas a preparar proyectos que presentar a los concursos públicos que van saliendo. Una vía de salida a su situación en la que cada vez se encuentra más “competidores”. “Antes se presentaban 25 ó 30 proyectos a un mismo concurso público… ahora puede haber hasta 300 solicitudes. Con la crisis ha llegado a multiplicarse por 10 la participación”, asevera.

El sueño de arquitecto estrella se rompió hace mucho tiempo para Alexia. Durante sus años de estudio, trabajó para algunos de sus profesores y, poco a poco, fue dándose cuenta de que sólo unos pocos privilegiados llegan a ser conocidos.

“Yo he renunciado a hacerme rica con mi trabajo. En la carrera nos venden una imagen que no es cierta. En ningún momento te hablan de las dificultades para encontrar un contrato o que tu sueldo va a ser de mileurista”, asegura indignada. “Ahora mismo, con tantísimo licenciado, es super difícil aspirar a arquitecto estrella”, dice con sorna.

“Es que se ven ofertas de 1.000 eutos al mes como autónomo. ¡Puestas en el colegio de arquitectura! Es que es para decir… ¿te estás quedando conmigo? ¡No se puede permitir!”, afirma.

“No tengo miedo a trabajar de cualquier cosa”

Muchos estudios de arquitectura optan por contratar como autónomos a gente que, en realidad, desarrollan trabajo por cuenta ajena. Unas condiciones laborales más propias de profesionales con mano de obra no cualificada. De este modo, muchos arquitectos se ven sin derecho a una paga de paro, sin derecho a una baja maternal o sin opción a vacaciones no pagadas.

“Mis padres no se podían creer que después de terminar esta carrera tan dura, en la que tanto sufrieron conmigo, su hija, toda una arquitecta, cobrara 1.300 euros como autónoma”, recuerda Alexia.

“Uff… ¿Que cómo me veo dentro de seis meses?”, dice esta joven madrileña con cara de circunstancias. “Trabajando. Me veo trabajando, sea de lo que sea. La palabra parado no me da miedo, porque, a fin de cuentas, no se puede estar sin trabajar toda la vida”, concluye.

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