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Publicado por admin o 7 Xuño 2011

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In Memorian Carlos Berride

Escrito por mpierres o 18 Febreiro 2011

¡Venga Carlos! ¡Vámonos! “Hay tiempo. Pídeme un café”. Y se iba a llamar por teléfono y mientras llamaba hacía una primitiva. Venía a la mesa y, sin sentarse, volvía a la barra a por La Voz. Revolvía el periódico buscando no se sabe cuál arcano y encendía un cigarro. Luego se levantaba, compraba un paquete de Winston y ya parecía que nos íbamos, pero aún necesitaba unos chicles. En el Golf ponía el casete y empezaba a cantar: … capitán pirata de pata de palo… La música así así, pero las letras de Sabina se las sabía. Por el camino paraba un momento y, sin bajar del coche hacía una foto de un edificio y seguíamos a velocidad media, sin pasarse. Carlos no sabía estarse quieto, siempre tenía que hacer dos cosas por lo menos.

“Hay que llevar a las chicas a cenar al Paspayás, pero otro finde porque este toca baloncesto y hay que madrugar. Me llevo a los hijos y a dos chavales más”. Cuando hablaba de su familia, de sus cosas, siempre rezumaba amor y respeto y admiración por Luz, aunque se tratara de unas vacaciones, de un piso al que pensaban cambiarse, de hacienda o del IVA. Si se refería a sus dos hijos, el orgullo se le asomaba a la mirada. Le salieron cuspidiños.

Teníamos la reunión, visitábamos la obra y nos íbamos a comer carne al caldeiro o cualquier otra cosa que se terciase. En el comedor siempre encontraba alguien a quien saludar y, con suerte sólo una mesa. Charlábamos de Menchu Lamas, Antón Patiño… La pintura gallega era su pasión. Y la política, y el… Era un buen punto para compartir manteles porque sabía comer de todo y entendía de vinos y lo mismo daba tirar de rey o ir por lo modesto. “Doce sabores distintos en una cachola”. Si íbamos de copas por Villagarcía llegabas a dudar que estuviera contigo porque era un constante pararse con unos y otros repartiendo afectos, sonrisas y palmadas. No sabía saludar a distancia y vale, necesitaba el contacto personal por breve que fuera con todos y cada uno.

En el partido era importante, buen negociador y conciliador; en el concello un gran apoyo para el alcalde; en la directiva del colegio socarrón… cuando se enfadaba, esbozaba una sonrisa y se iba el enfado y oías su risa, tan característica.

Anduvo en muchas salsas aportando sustancia y sabor. Vg. ofició algún que otro matrimonio civil al que iba con una botella de Vegasicilia para brindar con los novios.

Recuerdo una tarde que le dio un ataque de ansiedad y se empeñó en que le llevase a urgencias y me pasó sus cigarrillos jurándose que lo dejaba. Cuando tras el cambio de turno salimos, lo primero que hizo fue llamar por teléfono a Luz para que supiera que no había sido nada… y me pidió su tabaco.

Disfrutamos de ocasiones memorables, de eso que llaman buen rollo, alegría y fiesta y no es sino vivir la amistad. En Portugal, si la ocasión era de comer en sitio de importancia, remataba la comida pidiendo sendas copas de Berride Ferreira (el Berride lo pronunciaba embarullado). La magia le funcionaba y nos traían un oporto vintage.

Le recordamos en las fiestas de La Patrona, en las juntas, en los viajes… Muchos conocimos su generosidad y disposición para echar manos.

¿Y qué más? Carlos se dedicó a amasar un gran capital de gentes que lo querían, de gentes que, una a una, tiene su propio dolor por su muerte que, mientras le recordemos, “de alguna manera” seguirá con nosotros.

De niño oí comentar que cuando no había nada que decir de alguien, se recurría a que era una buena persona. Los años me han enseñado que eso es lo mejor y lo único importante.

Carlos fue un hombre bueno.

Antonio Labrador

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