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Publicado por admin o 7 Xuño 2011

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A modernidade aerodinámica de Fuller

Escrito por mpierres o 4 Setembro 2010

Buckminster Fuller posa junto a su Dymaxion Car y con su cúpula de ojo de mosca en Snow Mass (Colorado) en 1980, que desarrolló en los años treinta.- ROGER WHITE STOLLLER

Buckminster Fuller posa junto a su Dymaxion Car y con su cúpula de ojo de mosca en Snow Mass (Colorado) en 1980, que desarrolló en los años treinta.- ROGER WHITE STOLLLER

El Pais - JAVIER MADERUELO 04/09/2010

Una exposición y un libro auspiciados por Norman Foster muestran la energía utópica del creador

La independencia de Estados Unidos como colonia inglesa trajo como consecuencia la necesidad de inventar un mundo nuevo en un territorio literalmente baldío y desconocido. El último de los episodios de aquella conquista lo protagonizaron dos personajes que coincidieron en diferentes ocasiones a lo largo de su vida y que se estimaron mutuamente. Me refiero a John Cage (1912-1992) y Buckminster Fuller (1895-1983), últimos descendientes de una estirpe de aventureros que tuvo que servirse del ingenio para sobrevivir a las adversidades que surgían en la ocupación de nuevos territorios. Fuller representó lo mejor del espíritu norteamericano: capacidad de innovación, sentido promocional y pragmatismo técnico.

Sin lugar a dudas, Buckminster Fuller fue todo un pionero en un siglo XX prolífico en la creación de personajes que idearon y produjeron los hechos y los inventos más increíbles e insólitos, desde teorías científicas y artilugios mecánicos hasta obras de arte que sorprendieron al mundo por lo inusitado de sus propuestas. Después de que en el siglo XIX el conocimiento se fragmentara en ciencias específicas y estas en especialidades, los sabios como Goethe dejaron de existir para dar paso a la raza de científicos y técnicos expertos en las minucias, hábiles en lo concreto, profundos en los detalles pero, por lo general, tediosamente metódicos y sin ingenio. Por eso sorprenden personajes como Buckminster Fuller que, desde una geometría pragmática, sin apoyo algebraico, ejerció de ingeniero y cartógrafo. La lista de personajes que lucharon contra las convenciones puede ser extensa, pero pocos como Bucky Fuller hicieron tabla rasa de lo que se sabía hasta entonces, sin despreciarlo, y reinventaron el mundo a la medida de sus intuiciones.

Fuller ha pasado a la historia por sus cúpulas geodésicas cuando logró aparecer retratado en la portada de la revista Time, pero, en verdad, su importancia es muy grande en la cultura estadounidense, ya que él representa la modernidad en un país profundamente conservador. Mientras que la asunción de la modernidad en Europa fue un tema de carácter filosófico y cultural, en Estados Unidos se redujo a un asunto técnico que se resolvió cuando la mecanización tomó el mando. Es aquí donde el ingenio de Fuller acierta en la diana inventando un automóvil con pretensiones de llegar a ser el supercoche anfibio del futuro o una especie de avión terrestre sin alas. Fracasado el proyecto, no se rindió y propuso construir casas de aluminio livianas que pudieran ser fácilmente transportables. De ahí pasó a idear cúpulas basadas en la indeformabilidad del tetraedro, consiguiendo sus famosos cascarones geodésicos, como el construido para la Expo 67 de Monreal, con sus 76 metros de diámetro y una altura de 61 metros. Sin contar con sus ideas sobre una “ciencia del diseño” o un nuevo sistema de proyección cartográfica que permitió una representación insólita del planeta Tierra.

La utopía de Fuller, de la que surge un auténtico raudal de propuestas e inventos, consistía en el intento de cambiar el mundo por medio de contribuciones individuales y con ello beneficiar a toda la humanidad. La filosofía intuitiva de Fuller tiene su origen en el trascendentalismo de Ralph Waldo Emerson que impregnaba la Universidad de Harvard, en la que comenzó Fuller unos estudios universitarios que abandonó pronto. Emerson había predicado una vía intuitiva, basada en la capacidad de la conciencia individual, de la que participó Fuller en todas sus empresas.

Como “científico del diseño” acuñó la fórmula “hacer más con menos”, lo que le llevó a idear formas y estructuras que redujeran costes de producción o de energía, como coches aerodinámicos o cúpulas geodésicas livianas, esto le condujo a desarrollar una serie de conceptos que expuso en gran cantidad de libros que editó y para los que ideó neologismos como “efemeralización”, “sinergia” y “tensegridad”. Por poner un ejemplo, esta última palabra surge de la contracción de los términos tensional e integrity y la utilizó para designar las estructuras cuya estabilidad depende del equilibrio que se consigue entre fuerzas de tracción y compresión cuando son puestas en tensión.

Su pensamiento trascendentalista y sus experiencias mecánicas le condujeron a ser consciente de lo limitados que son los recursos que posee la Tierra, siendo uno de los primeros que se preocupó por conseguir diseños de bajo consumo y por el empleo racional de los recursos, denunciando la dependencia del petróleo y abogando por la energía solar y eólica, cuando aún no existían posibilidades para conseguirlas, acuñando en sus escritos la imagen de la “nave espacial Tierra”.

La editorial Ivorypress presenta ahora un libro donde se muestra uno de estos inventos de Bucky Fuller, su Dymaxion Car, un automóvil que desarrolló en los años treinta, que se movía a más de cien kilómetros por hora y que era capaz de evolucionar como una bailarina. Después de haber transcurrido más de setenta años de la producción de los únicos tres prototipos de aquel invento fallido, el célebre arquitecto inglés Norman Foster, que conoció y colaboró con Fuller durante los últimos años de su vida, ha llevado a cabo, a su costa, la realización de un cuarto prototipo de aquel mítico automóvil de tres ruedas que pretendía ser una mezcla de barco, avión y coche, aunque en realidad el vehículo sólo podía rodar por una carretera provisto con el motor V8 de un Ford, pero el talante visionario de su inventor previó que aquel automóvil estaba destinado a revolucionar los medios de transporte. Precisamente fue el carácter visionario, futurista y utópico de su creador lo que ha dotado de cierta profundidad ideológica al invento, siendo hoy admirado como una auténtica obra de arte.

El empeño de Norman Foster, al realizar una réplica lo más exacta posible del tercero de los prototipos del Dymaxion Car, es también encomiable. Para ello, ha tenido que operar como un historiador sobre los documentos, los datos y las imágenes que han sobrevivido al tiempo y como un arqueólogo sobre los pecios del naufragio de aquella empresa de Fuller. El resultado es la construcción pieza a pieza de un coche, trabajando durante tres años hasta conseguir resolver todos los enigmas sobre sus mecanismos y detalles. El automóvil conseguido merece la pena, se trata de un vehículo de aspecto futurista, con forma de gota de agua, para ofrecer la menor resistencia al viento y con tres ruedas, para conseguir la máxima estabilidad. El diseño se inspiró en los zepelines, y para conseguir la eficacia formal que Fuller deseaba invirtió la disposición hasta entonces tradicional de los elementos del automóvil, ubicando el motor atrás, con el radiador hacia el interior y una tronera para tomar aire, la tracción delantera y la dirección en la única rueda trasera, que funciona como el timón en un barco.

A la vez que diseñaba y construía el prototipo no paró de recurrir a las más ingeniosas formas de promoción, empezando por el propio título del automóvil, Dymaxion, palabra que surge de la contracción, inventada por el publicista Waldo Warren, al reunir las palabras más repetidas por Fuller en sus explicaciones: dinamismo, máximo y tensión. Él mismo fundó una revista, Shelter, en la que publicó en 1932 una descripción del coche fantástico con unas fotografías de un modelo en madera realizado por su amigo el escultor Isamu Noguchi. Visto en retrospectiva, la empresa de fabricar un coche como Dymaxion estaba abocada al fracaso, sobre todo teniendo en cuenta los avances que en esa década realizaron ingenieros como Hans Ledwinka, Ferdinand Porsche o Pierre Boulanger, pero la fe voluntariosa y utópica de Fuller y sus socios fue admirable, tanto como la de Norman Foster al reconstruir no sólo el vehículo sino toda la historia de ese momento del diseño técnico.

Bucky Fuller & Spaceship Earth. Ivorypress Art + Books. Comisarios: Norman Foster y Luis Fernández-Galiano. Hasta el 30 de octubre. Comandante Zorita, 48. Madrid. Buckminster Fuller. Dymaxion Car. Foster + Partners. Ivorypress, 2010. 223 páginas. 59,90 euros.

Arquitectura e veran 4: Arquitectos-mirlo e arquitectos-ruiseñor

Escrito por mpierres o 2 Setembro 2010

the-hepworth-en-wakefieldEl Pais- Anatxu Zabalbeascoa - 31-08-2010

 

Con su pico amarillo y su larga cola, el mirlo canta con voz pastosa “de una manera levemente ácida y en otros momentos dulcísima”. Explica Josep Pla que es uno de los pájaros que llevan el exhibicionismo hasta la desaparición. Su presencia fugitiva es su coquetería. Juega a esconderse y a exhibirse. Sus plumas son oscuras, pero es un pájaro burlón. Su canto es sorprendente. Cuando inicia un trino, las primeras frases causan una impresión de seriedad auténtica: parecen un reflejo de sentimientos musicales graves, elevados incluso ligeramente severos. Pero, de repente, el canto adquiere otro aspecto. Aparece una frase musical aberrante, descoyuntada. Sus primeras frases se habían producido en un sentido ascendente. Pero en lugar de rematar la elevación, todo queda destruido. Y aparece el pájaro burlón, cínico. Lo hacen siempre. No pueden evitarlo.

Contaba Josep Pla que el canto del mirlo no es susceptible de ningún progreso. Que los mirlos son como la vida: “En el momento de dar el do de pecho sublime resulta que se deshinchan y hacen el ridículo. Los mirlos nos enseñan a tener de la providencia una idea modesta.

El ruiseñor es el antimirlo. “Su destino es tomarse las cosas en serio. No es exhibicionista. Es casi invisible. No tiene vistosidad ni coquetería. Sus dimensiones son pequeñas, sus colores apenas se recuerdan. Pero el ruiseñor no falla nunca en los crescendos. Remata siempre sus frases con una elevación y una temperatura perfectas. Es un pájaro tan severo, de una educación tan rígida, que estoy seguro de que preferiría romper su garganta y morirse antes que le fallase la figura musical que elabora”, escribe Pla observando en Oxford a los mirlos un amanecer y añorando a los ruiseñores de su pueblo. Para entonces una ya se ha puesto a pensar en una ornitología de la arquitectura que, más allá de distinguir entre dandies y hacendosos, podría diferenciar entre cartesianos y artistas.

Lo vemos todo el tiempo. El cartesiano es un arquitecto que halla seguridad en los números exactos, redondos. Precisa que las cuentas le cuadren. Se mueve cómodo entre las referencias de su biblioteca, pero es la simetría la que le proporciona paz de espíritu. Para él los ángulos rectos son la medida de un trabajo bien hecho. El arquitecto cartesiano ha entendido que la modernidad es desnudar y simplificar y a esa ascesis dedica todos sus esfuerzos. No es que no le interesen las curvas, los colores, las emociones, los espacios inesperados u otros materiales más allá de los nobles, es que decidió excluirlos de su campo de actuación por miedo a perderse sin asideros. Lo último que haría sería saltarse sus propias normas. Como en todos los fundamentalismos, sabe que en el límite está su fuerza. Y hace lo mismo con su vida. Viste siempre de negro para no meter nunca la pata. Pero en realidad, se encierra en ese uniforme para tener un problema menos. El asunto es más evitar las dudas que afrontarlas. Y lo mismo hace con sus edificios. Evita estridencias. También tentaciones.  Naturalmente, cuando uno de estos arquitectos se lanza a inclinar un pilar el peligro de resultar tímido, inocente o cómico crece. De la misma manera que sobre un mantel blanco brilla más una mancha de vino que sobre un mantel estampado. Así, el arquitecto cartesiano se lo piensa mucho antes de lanzarse a caminar sin muletas. No basta abrocharse el cinturón de seguridad para conducir bien. Pero ellos viven dedicados al cumplimiento estricto de todas las normas. Con todo, hay cartesianos, como David Chipperfield, que de repente se sienten con ánimos de saltarse sus propias normas. El británico lo ha hecho en el museo Hepworth que ha concluido en Wakefield (Reino Unido). Y el resultado proporciona la triple alegría de haber intentado hacer algo, de haber sabido cuándo intentarlo y, finalmente, de haberlo logrado. Aunque el logro es subjetivo y ante esa duda, un cartesiano amante de certezas se pierda.

El arquitecto artista es otra cosa. No le interesan las certezas. Y no es que las ensaye, las fuerce o las planifique, simplemente es que no puede evitar la atracción de las dudas y la afinidad de las mezclas. Tal vez más guiado por las emociones o las impresiones que por los cálculos, el artista ve donde otros no perciben nada. Pero no es un mero observador.  Sabe digerir las impresiones. Es la digestión lo que lo hace artista. Visitando edificios, como Pla observaba a los mirlos, uno llega a pensar que, incluso en arquitectura, la genialidad es algo genético. Sólo se refina la puntería. Pero no se puede obtener por muchas normas que uno se autoimponga. Alvar Aalto fue un artista. Arne Jacobsen, un sobresaliente cartesiano. Un tipo tan responsable que ensayó ser otro con el diseño, no con los edificios.

El arquitecto artista sabe rectificar. No es esclavo de un estilo, pero sí de su propia necesidad de dar rodeos, de no conformarse. Ese imperativo que le mueve a idear  no forma parte de su voluntad. Está dentro de él. Tampoco lo puede evitar. No se apoya en muletas ni en estilos ni en lecciones aprendidas. Tiene la mente abierta. O completamente cerrada a lo que no sea hacer lo que considera que debe hacer. Pero no da explicaciones. No es una lección la que le ha llevado a ser como es. Son sus vísceras tanto como su cerebro, y la reacción de éstas ante todo lo que es capaz de asimilar. Así, el artista no busca teorías que expliquen sus ideas. Si acaso, las explica en simple, como si se las contara a su madre. Es en su madre en quien piensa cuando trabaja. En realidad, cuando idea un edificio lo que busca es averiguar algo. Ponerse a prueba. No se trata de demostrarse nada a sí mismo. Ni a nadie. Se trata de comprobar una intuición. En realidad, el artista tiene alma de científico. El cartesiano está más cerca de un notario. El primero adora partir de cero. El segundo vive cómodo entre los límites de una disciplina autoimpuesta. Llama orden a lo que podría ser rutina. Responsabilidad a lo que podría ser conservadurismo. Pero es un tipo realista y sabe que artistas hay muy pocos. Y ambiciosos (cegados por esa ambición) muchos más. Qué destino complicado tener que atreverse sin poder ser osado.

No hace falta ser ornitólogo para reparar en el comportamiento de los pájaros. También puede uno dedicarse a observar en un campo de futbol. En el pasado mundial Carles Puyol, tras cabecear el gol que haría pasar a España a la final ante la portería alemana explicó que, en la final, ante Holanda, él seguiría dándolo todo.
-“Siempre lo hago. No tengo el talento de alguno de mis compañeros. Lo mío es salir al campo y entregarme”.

Los cartesianos, cuando cumplen con sus propios objetivos de una manera severa e iluminada, pueden llegar a ser artistas. Mies van der Rohe es el cartesiano artista. El problema, como con los pájaros (imagino), se da cuando uno no sabe bien lo que es. Ni siquiera lo que quiere llegar a ser. Y sin saber ya quiere ser.  El mirlo y el ruiseñor quizás sean pájaros que se complementan –continúa Pla-. En el mundo tiene que haber de todo, al parecer.

Os arquitectos vigueses rebélanse contra o primeiro plan xeral de ordenación urbana

Escrito por mpierres o 1 Setembro 2010

La Voz de Galicia - 1/9/2010 - Vigo

La delegación en Vigo del Colegio Oficial de Arquitectos publicaba, el 17 de septiembre de 1967, un manifiesto en el que expresaba su oposición al proyecto de Plan General de Ordenación Urbana, que entonces estaba en período de exposición pública. Los arquitectos Francisco Castro, Emilio Salgado, Fernando Gallego, Desiderio Pernas, Jaime Riera, Alberto Baltar, Jaime Garrido, Arturo Fraga, Fernando Araújo, Antonio Román, Pedro ALonso, José Bar Boo, Fernando Molíns, Antonio Cominges, Tomás Pérez-Lorente, Francisco Yáñez, Severino González y Agustín Pérez Bellas resumían en varios puntos las razones de su rechazo.

Señalaban el incumplimiento de la Ley del Suelo de 1956, tanto en desarrollo del planeamiento como en el índice de edificabilidad, pero también la irreconciliable situación creada dentro de la zona ordenada entre los planes parciales legalmente aprobados y el criterio de la nueva ordenación. Criticaban que el plan presentaba una zonificación inadecuada para el desarrollo armónico de la ciudad, «que va a crear graves problemas de carácter social». En este mismo sentido, criticaban la red de viales, «que convertirán en más angustioso el problema del tráfico, en lugar de resolverlo».

Control del ministerio

La redacción del plan fue una imposición del Ministerio de Vivienda, y da comienzo en 1961, bajo la dirección de un arquitecto vinculado al ministerio. La corporación municipal defendió los intereses de los promotores, lo que provocó la dilación de los trámites, e incluso una vuelta a empezar en 1969.

Solo el cambio de criterios del ministerio, y el propio crecimiento de la ciudad permitió la aprobación del primer plan general vigués en 1972. Los arquitectos vigueses de entonces tuvieron una visión más próxima al urbanismo que a la especulación.

 

Video RTVE.es: “Arquitecta, mileurista y en paro”

Escrito por mpierres o 31 Agosto 2010

alexiaRTVE.es - MIRIAM HERNANZ / R.J. SIMÓN MADRID 03.03.2009

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Cuando siendo una adolescente Alexia Maniega decidió estudiar Arquitectura, nunca imaginó que después de toda una década de estudios quedaría en paro nada más ingresar en el mercado laboral. Una profesión tan cualificada significaba, en aquella época, trabajo seguro.

Pero las turbulencias económicas han impactado de lleno en los profesionales de gran formación académica y de sectores que rara vez registran paro, que han visto cómo sus esfuerzos en la universidad no están siendo recompensandos ni con un sueldo digno ni con un trabajo “en lo suyo”.

Alexia llevaba seis meses trabajando en una ingeniería cuando su jefe la convocó a una reunión. Junto a ella, el resto de compañeros que habían entrado a la empresa a la vez. “Nos explicaron que en el departamento de arquitectura nunca habían tenido que echar a gente, siempre había trabajo. Pero que en ese momento todo estaba parado y tenían que despedirnos”, recuerda.

“En la carrera jamás pensé que me pasaría algo así. Era una etapa muy floreciente, en la que se construía mucho… Muchos de mis profesores me ofrecían trabajos y llegó un momento en que tuve que decir no a muchas ofertas porque mi prioridad era terminar la carrera”, sostiene.

Su despido y el del resto de sus compañeros arquitectos fue una decisión insólita, pero que sí podía llegar a esperarse, ya que la mayoría de proyectos que encargaban a la empresa terminaban en agua de borrajas. “Había empezado a ahorrar, pero por mucho que ahorres, en seis meses no te da para mucho”, asegura resignada.


“Tengo edad para vivir fuera de casa”

El despido le llegó un mes después de que se independizara junto a su novio José Miguel, también arquitecto. En medio de la ilusión de montar su nueva casa -”la mayoría son muebles prestados o regalados”- recibieron el jarro de agua fría. Un inmueble de 60m2, por el que pagan 800 euros de alquiler y situado en el madrileño barrio de Lavapiés, pasó de ser su ilusión a su preocupación, al no contar con ingresos fijos. “Mis prioridades ahora son pagar el alquiler, las facturas y llenar la nevera”, dice Alexia.

“Antes sí que pensaba: si ahorro un poco me puedo ir de vacaciones a un lugar más lejano. Ahora sólo pienso en cubrir gastos”, reconoce esta joven de 30 años que sostiene que “ya tengo edad para vivir fuera de casa de papá y mamá. ¡Es lo único que pido!”.

“¿Mis ingresos? A día de hoy, ninguno. No tengo ningún ingreso. Cuento con el respaldo de mi pareja y mis padres“. Ésa es la agónica situación económica que atraviesa y a la que intenta hacer frente desde el optimismo y el trabajo.

Alexia busca empleo cada mañana. Manda currículos por internet y dedica muchas horas a preparar proyectos que presentar a los concursos públicos que van saliendo. Una vía de salida a su situación en la que cada vez se encuentra más “competidores”. “Antes se presentaban 25 ó 30 proyectos a un mismo concurso público… ahora puede haber hasta 300 solicitudes. Con la crisis ha llegado a multiplicarse por 10 la participación”, asevera.

El sueño de arquitecto estrella se rompió hace mucho tiempo para Alexia. Durante sus años de estudio, trabajó para algunos de sus profesores y, poco a poco, fue dándose cuenta de que sólo unos pocos privilegiados llegan a ser conocidos.

“Yo he renunciado a hacerme rica con mi trabajo. En la carrera nos venden una imagen que no es cierta. En ningún momento te hablan de las dificultades para encontrar un contrato o que tu sueldo va a ser de mileurista”, asegura indignada. “Ahora mismo, con tantísimo licenciado, es super difícil aspirar a arquitecto estrella”, dice con sorna.

“Es que se ven ofertas de 1.000 eutos al mes como autónomo. ¡Puestas en el colegio de arquitectura! Es que es para decir… ¿te estás quedando conmigo? ¡No se puede permitir!”, afirma.

“No tengo miedo a trabajar de cualquier cosa”

Muchos estudios de arquitectura optan por contratar como autónomos a gente que, en realidad, desarrollan trabajo por cuenta ajena. Unas condiciones laborales más propias de profesionales con mano de obra no cualificada. De este modo, muchos arquitectos se ven sin derecho a una paga de paro, sin derecho a una baja maternal o sin opción a vacaciones no pagadas.

“Mis padres no se podían creer que después de terminar esta carrera tan dura, en la que tanto sufrieron conmigo, su hija, toda una arquitecta, cobrara 1.300 euros como autónoma”, recuerda Alexia.

“Uff… ¿Que cómo me veo dentro de seis meses?”, dice esta joven madrileña con cara de circunstancias. “Trabajando. Me veo trabajando, sea de lo que sea. La palabra parado no me da miedo, porque, a fin de cuentas, no se puede estar sin trabajar toda la vida”, concluye.

Galicia descubre o urbanismo participativo

Escrito por mpierres o 31 Agosto 2010

instalacion-mobiliarioLa Voz de Galicia - 30/8/2010

Jóvenes arquitectos colocan mobiliario para disfrutar en espacios infrautilizados

«Si tú no participas en la construcción de tu ciudad o de tu barrio, tampoco te implicarás en su conservación y mantenimiento». Así de rotundo se muestra el arquitecto José Manuel Sánchez para definir su concepto de urbanismo participativo. Esta idea está muy arraigada en la cultura anglosajona, pero es ahora que se está dando a conocer en Galicia.

Nació en la década de 1950 en ciudades como Chicago o Detroit, que vieron surgir a grupos de estudiantes de diversas disciplinas que se preocupaban por la creciente degradación del espacio y la vida públicos en las grandes ciudades, provocada por un crecimiento especulativo. El fenómeno se extendió a todo Estados Unidos y posteriormente a Europa. En España, ciudades como Barcelona han estado siempre a la vanguardia en este tipo de intervenciones, enfocadas a que la construcción del espacio se haga desde un punto de vista sostenible, participativo y responsable.

La Escuela de Arquitectura de A Coruña ha sido el punto de partida de algunos de estos grupos, que aparecieron con el milenio. Gente joven y con inquietudes que opina que su profesión consiste en algo más que diseñar casas de ladrillo y hormigón.

Xiao Varela, José Manuel Sánchez y Jesús Carrazoni son tres de los ocho miembros con los que cuenta el estudio de arquitectura Desescribir, una iniciativa empresarial que nació en el 2003 y que siete años después funciona a pleno rendimiento. «No somos un estudio de arquitectos al uso», comenta Jesús. «También diseñamos casas como otros, pero nuestra actividad engloba desde el diseño gráfico hasta la intervención en espacios urbanos», prosigue. Xiao explica cuáles son sus inquietudes: «Normalmente as intervencións no espazo público fanse de forma vertical, de arriba abaixo, as Administracións constrúen as cidades sen atender ás necesidades reais dos seus habitantes, sen ter en conta as peculiaridades de cada espazo nin a súa historia. Isto provoca que zonas nas que se invisten centos de millóns despois estean infrautilizadas, sinxelamente porque o cidadán non participa de dita construción», concluye.

Para los miembros de Desescribir, este problema de desarraigo con respecto al entorno público es algo generalizado en Galicia. «Non sei se é algo cultural, pero o certo é que en Galicia a xente participa menos do espazo público que en outras partes de España, pode ser o clima, o peso do rural ou simplemente unha falta de cultura urbana», apunta Xiao.

Intervenciones

Entre las intervenciones de este grupo se encuentra una contrapropuesta al Plan Foster para la zona de Salgueirón, en Cangas, donde la especulación estuvo a punto de llevarse por delante zonas de alto valor etnográfico y ecológico. «El Concello nos pidió que hiciéramos un estudio de usos para esta zona, con el fin de ver qué valor patrimonial entrañaba la zona; finalmente, algunos de nuestros puntos fueron incluidos en el plan general del municipio», afirma Jesús.

En el 2009, el Colexio Oficial de Arquitectos de Galicia (COAG) se propuso hacer un estudio de las necesidades de los barrios de A Coruña. La iniciativa partía de la base de que el plan general coruñés dejaba de lado los pequeños espacios para centrarse en asuntos más globales. El estudio, denominado A cidade dos barrio s, contó con la participación de Desescribir, así como con la de otros grupos entre los que se encontraba Ergosfera, una asociación de estudiantes de arquitectura cuyo objetivo es experimentar con el espacio urbano para aprender de él. Borja Díaz, miembro de la entidad, comenta cómo surgió el grupo: «Nos juntamos en el 2003, tras un experimento organizado por estudiantes de arquitectura en A Coruña que se llamó Ingertables ». Aquella intervención, coordinada con la universidad, contó con la participación de estudiantes y profesores de diversas disciplinas como arquitectura, aparejadores o sociología: «No tenía más cometido que el de aprovechar espacios del campus en desuso para darles alguna utilidad. Para ello usamos todo tipo de materiales que la gente y la propia universidad nos cedió desinteresadamente», explica Borja.

«Después de eso decidimos que nos apetecía continuar realizando intervenciones en otros espacios degradados o infrautilizados, y por ello nos asociamos en Ergosfera», comenta, para añadir: «Entre nuestras colaboraciones están A cidade dos barrios en A Coruña o Ferrol vello, o mapa dos desexos , donde hicimos una documentación e intervención en el marco de una tesis de una investigadora de la Universidad de Turín».

Fruto de su trabajo surgieron actuaciones como la instalación de sillas en una gran glorieta del interior de un barrio que en pocos días la gente convirtió en área de recreo. En otras zonas habilitaron paneles para ver si los vecinos los usaban y la respuesta fue inmediata: enseguida los tablones se llenaron de avisos y anuncios. Lo mismo ocurrió al colocar bancos en solares olvidados, ruedas de camión en rincones infrautilizados o juegos infantiles en espacios comunes donde no había nada para los niños.

Atocha alóngase cara o Sul

Escrito por mpierres o 30 Agosto 2010

obras-atochaEl Pais- PILAR ÁLVAREZ - Madrid - 28/08/2010

La antigua estación de Mediodía se estira hacia el Sur. Atocha, la estación de trenes más transitada de España, estrenará año con una nueva terminal solo para llegadas. La imponente estructura de acero blanco, cubierta con grandes ventanales de vidrio y enormes pasarelas rodantes llevarán en volandas al viajero desde el andén hasta la calle. Atocha, en obras desde hace un año, ha seguido prestando servicio. Más de 800 obreros amplían la construcción a un lado, mientras al otro el viaje sigue.
 

 La inauguración está prevista en diciembre, con la llegada del primer tren de Alta Velocidad que conecte Madrid con Valencia. La gran Atocha vuelve a estar bajo la supervisión del arquitecto Rafael Moneo, el único premio Pritzker español, que ya se encargó de la remodelación para que en 1992 entrara al andén el primer AVE procedente de Sevilla. Aquel tren era casi un intruso. Ahora la alta velocidad copa en exclusiva la ampliación, que dividirá Atocha en dos.

Los futuros pasillos rodantes y los andenes de granito que ya están acabados forman parte de la terminal de llegadas. Igual que ocurre con los aviones, el viajero del tren dispondrá de dos espacios diferentes. La estación actual se reservará a las salidas. Los que entren a Madrid lo harán más al sur.

La terminal forma parte de la primera fase de ampliación prevista por el Ministerio de Fomento, con un presupuesto de 171,4 millones de euros que también ha servido para adaptar las vías. La primera intervención de Adif (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias, dependiente de Fomento) supuso un nuevo trazado de vías (con trenzados llamado bretelles) que permite que los trenes se desvíen de un rail a otro. Es una operación simple que amplía enormemente la capacidad de tránsito. “Las nuevas vías permitirán duplicar el número de viajeros”, explica a pie de obra el gerente de Infraestructuras de la línea centro de Adif, Manuel Puga, que acompaña a EL PAÍS en un recorrido por la obra adjudicada a la UTE Dragados Tecsa. El objetivo es doblar la capacidad diaria de 42.000 a 80.000 viajeros. O, lo que es lo mismo, pasar de 16 a 36 millones de usuarios en los próximos 15 años.

La estructura de la nueva estación cubre 15 vías repartidas en ocho andenes. El techo alcanza en algunos tramos los 20 metros de altura. Y desde lo alto, entra la luz. Los ventanales miran hacia el norte. Es una elección pensada, que permite que entre la claridad pero no el sol. Durante la visita, cuando la temperatura prevista es de 35 grados centígrados en los últimos coletazos de la ola de calor, se puede pasear (o construir) bajo la nueva marquesina sin sudar una gota, casi al fresco, un detalle que agradece el visitante y, por supuesto, el obrero. Más de 800 trabajadores participan en la segunda ampliación de Atocha. Se agrupan a un lado, en la parte nueva, mientras los pasajeros entran y salen a lo lejos, al fondo de una estación que no ha dejado de funcionar ni un solo día durante los meses de obra.

El trasiego de trenes (tanto los AVE como los de Cercanías, que operan a pocos metros) ha condicionado el proyecto. Entre otros aspectos, en la selección de materiales, como explica el arquitecto director del equipo de Atocha, Pedro Elcuaz, responsable junto a Moneo y otros cinco profesionales del avance de los trabajos. “Para las estructuras hemos usado sobre todo acero, lo que nos permite trasladar a la estación grandes elementos que rápidamente puedes juntar y soldar”, explica por teléfono.

Grúas, cables y redes ocupan ahora terminal en la que opera la tropa de profesionales: carpinteros, soldadores, instaladores… Trabajan todo el día, en turnos de mañana, tarde y noche porque hay operaciones que solo se pueden hacer sin actividad, cuando no hay tránsito y se puede cortar el suministro para manipular catenarias o vías, cuando se puede entrar para descargar las nuevas piezas que descansan embaladas bajo las bóvedas del corredor, pasado y futuro del proyecto. El arquitecto Rafael Moneo las incluyó en la primera ampliación para cubrir el aparcamiento. Parte de esas bóvedas se mantendrá como está, dando sombra a los coches. Y otras cubrirán al viajero.

“Hemos utilizado y aislado 16 cúpulas antiguas en la ampliación”, señala Elcuaz.

Es uno de los nexos entre el primer proyecto de Moneo y la evolución, en la que el cambio que más salta a la vista es el del color. Ya no habrá hormigón desnudo ni vigas rojizas. Ahora el blanco cubre de arriba abajo los enormes pilares de 12 metros y también los techos, tanto por dentro como por fuera. El nuevo tono lo eligió sobre el terreno el propio Moneo, que visita la obra al menos cada 15 días para ver cómo marchan los trabajos. “Rafael está en todos los detalles”, asegura el gerente de Adif. El pasado marzo pintaron con media docena de tonos distintos de blanco una de las columnas y Moneo seleccionó el que mejor se adaptaba a la obra.

Casi toda la estación está ya cubierta de ese nuevo blanco, el color que mejor recoge la luz. Solo faltan por cubrir algunas vigas pendientes de la soldadura. Encajar las gigantescas piezas de acero traídas a Atocha desde talleres de Vitoria o Coslada es una de las tareas “más difíciles de todo el proyecto”, asegura Manuel Puga. Mientras habla, saltan chispas en lo alto de una grúa instalada sobre un andén vacío. Un soldador ensambla ese “puzle perfecto” del que habla el gerente. Otro obrero coloca filas de ladrillos junto al futuro pasillo rodante que transportará en unos minutos al viajero desde el tren al vestíbulo que queda cubierto por una viga enorme que descansa sobre dos sujeciones.

Atocha sigue creciendo. A finales del siglo XIX el arquitecto Martín Alberto de Palacio terminó el primer edificio, un empeño de la Casa Real para conectar la ciudad con el Real Sitio de Aranjuez. En 1992, se amplió para el primer AVE, el que unía Madrid con la Exposición Universal de Sevilla. Ya en el siglo XXI se hace aún más grande. Faltan otras dos fases de plazos aún difusos para los que se han previsto 350 millones de euros más. Queda obra pendiente dentro del mismo proyecto de Rafael Moneo.

La Atocha futura, la del tercer estirón, tendrá un aparcamiento subterráneo cubierto por un jardín, más espacio para los trenes de Cercanías, cuya terminal también se ampliará, y una nueva estación subterránea bajo la calle de Méndez Álvaro, por la que circularán tanto trenes de Alta Velocidad con parada en Atocha como los que prosigan su viaje hacia el norte por el tercer túnel que le conectará con la estación de Chamartín a finales de 2011.

¡Voilá!

Escrito por mpierres o 27 Agosto 2010

Entrada sur a la vivienda de los Domínguez

Entrada sur a la vivienda de los Domínguez

El Correo Gallego - Pablo Costa Fraiz - 22.08.2010

Voilá! Aquí está. El más grande de los arquitectos gallegos. De todo el XX y de lo que va del XXI. Perdóneme Bar Boo. Novelesco comunicador, profesor incansable; “lo que se puede aprender, no merece ser enseñado”. Amante de lo abstracto al natural, visionario de sus formas. Es Alejandro de la Sota, y gracias a él, los de esta esquina ibérica nos enorgullecemos al pasar por su gimnasio cercano al Bernabéu, al darle la espalda a los vidrios coloridos de la catedral de León, o al conocer el interés internacional que sobre él recae. Hasta le hicieron una exposición monográfica en Harvard al gallego.

Dice García-Alix que desde que se aprieta el disparador todo es pasado. Porque es que todo es historia, hasta tú don Alejandro. Pero no como pico de viudas, sino como escenario adolescente al que los sabios recurren. Experto tú, como el fotógrafo, en quitar lo que sobra de tus obras, de vuestros modelos.

Porque su arquitectura es la comodidad del cuerpo. Y más del espíritu. La de los hijos buenos, la de las sonrisas afeminadas. También en cierto modo es parte de la Ford y del viejo Brooklyn industrial. The seventies. De la Pasionaria y de barbas socráticas urbanas. Acepta tanto la cadena oxidada como la fina seda. Porque las dos son bellas; en imperfección aparente o de elegancia imposible. Puro deshabillé. ¿Disfrutaría también con las imágenes de Walker Evans?

Creyó en una vida distinta. Y la vivió. Dicen los que lo conocieron que siempre acompañada de una humildad cercana. Aunque bueno, yo lamento que no haya pasado más tiempo Galicia. La hubiera modernizado más de lo que otros casi ni intentaron. En Madrid, donde pasó la mayor parte de sus años, tiene sus mejores obras . Aún así, como gallegos, y algo de conformistas, sabemos apreciar la maestría de las joyas que ha dejado por aquí, en su otra casa, en Pontevedra. 

Por eso se escriben solas estas líneas. Por la casa que su prima le encargó en el área de Poio hace más de treinta años. Sin casualidad, andaba el maestro de la Sota desde hacía tiempo con un croquis guardado en la recámara, ya se sabe, por si algún día hiciese falta, y fue en ese momento cuando le pudo dar luz.

Y es que influenciado por un croquis de Eero Saarinen (este nombre suena a blanco y ligero), en el que exponía que un hombre vive al sol en el exterior, en contacto con la naturaleza, y duerme enterrado, cuando se recupera, germinó este hogar que todavía hoy conserva las virtudes de sus tiempos inaugurales.  

La Casa Domínguez de la Caeyra, se desarrolla así como un cacahuete; o lo que es lo mismo, como un volumen con un estrangulamiento intermedio que separa la zona superior o activa, de las actividades de reposo. Apretar por el centro nos lleva a separar más los dos polos. Porque “el hombre activo no tiene nada que ver con el pasivo”, que decía el arquitecto.

La casa roba inteligentemente lo que la naturaleza nos ofrece. Los mamíferos se entierran para vivir, y cuando requieren de acción, saltan a la superficie; cualquiera de sus especies. ¿Por qué no lo habría de hacer también el hombre? ¿Acaso somos distintos?

En la planta inferior aparecen los dormitorios en diferentes alturas, que dan a patios por donde se invita a pasar el sol; donde las flores crecen. Aquí uno no “se sube a dormir”. Más abajo está la bodega y el cuarto de juegos de los más pequeños. Matéricamente es el mundo de lo soterrado, de lo amorfo de las raíces. Por ello se asocian materiales pesados como el granito. Igualmente que otros arcillosos, como la cerámica.

La altura de acceso, la intermedia, ocupa apenas lo referente a un vestíbulo, un ascensor y unas escaleras que articulan los tres forjados. Su posición centrada vertebra un poderoso eje vertical es la razón de ser de esta
residencia.

Cuánta salud supuso al entorno degradado, de unifamiliares inmundos,   que la familia Domínguez aceptase la sugerente propuesta del catedrático de la Sota. La parte leve y aérea de la casa, aporta luz a ella y a sus vecinos. La definida geometría artificial, de superficies lisas y líneas metálicas, de vidrios limpios y terrazas suspendidas, se alza sobre el suelo reinando un medio hasta el momento incomprendido. Fue recubierta con la chapa Aceroid, anteriormente colocada en la Caja Postal de Madrid por el mismo autor.
Recoge además la vieja idea de –una casa en el árbol-. La cueva y el palafito. Cuanto más alto se sube, mejor vista se tiene, más tranquilo se está. Y todo ello por estar acompañado de una copa verde, que a mayores da sombra en los días de calor, sobre la fachada del salón principal.
Finalmente se obtiene un aspecto cúbico, claro, bastante puro.

La casa no difiere con la naturaleza, porque esta no se estropea con arquitecturas bien hechas. Es añadida a esta, y bien asimilada por ambas partes. El cubo, el hexágono, la esquina, es entendido por de la Sota como pura geología.

Au revoir, don Alejandro, au revoir, maestro!

Arquitectura e Verán 4: Sverre Fehn en bicicleta

Escrito por mpierres o 27 Agosto 2010

sverre-fehnEl Pais - Anatxu Zabalbeascoa - 26.08.2010

El único arquitecto noruego reconocido con el premio Pritzker no aprendió del norte sino del sur. Para relacionar arquitectura y hielo, para hacer hablar al paisaje, Sverre Fehn (Konsberg, 1924-Oslo 2009) tuvo que viajar a Marruecos. Tenía 28 años cuando, en 1950, pasó una temporada larga en el norte de África. Le acompañaba su mujer, la pianista Ingrid Lobers Pettersen. Se acababan de casar. Ingrid se quedaría con él toda su vida. Marruecos también.

Entre las viviendas de adobe y el desierto, Fehn aprendió una lección que llenó de sombras el credo moderno que, por entonces, a mediados del siglo XX, se construía como la vanguardia. En esa relación con el lugar el arquitecto leyó algo más internacional que en cualquier estilo de vidrio y acero, por mucho que éste se empeñara en etiquetarse internacional. Casi parafraseando a Picasso, Fehn pronunció en Marruecos una frase que hizo suya “Descubro. Y soy lo que descubro”. Se descubrió. Se reconoció. Una sola frase puede parecer poco. Pero es mucho en boca de un hombre que ni habló ni escribió prácticamente nada. Fehn sólo construyó. Y construyó poco, apenas una veintena de edificios de tamaños medio y pequeño. Nunca dejó de trabajar. Pero jamás tuvo más de dos proyectos sobre la mesa. Nunca colaboraron en su estudio más de cinco personas. Con frecuencia trabajó solo. Esos son los números del Pritzker del 97.Escasamente teórico, pero muy reflexivo, Fehn fue un profesor escuchado, recordado y, ahora, añorado. En sus clases no hablaba de su trabajo. Y tuvo tiempo y motivos para hacerlo: dio clases durante treinta  años en la Escuela de Arquitectura de Oslo. Creía firmemente en la cercanía entre vida y trabajo. Consideraba necesario habitar cerca de los proyectos y confiaba en la presencia del arquitecto durante la construcción tanto como en dejar dibujado hasta el más mínimo detalle sobre el plano. Dicho esto, confiaba muy poco en las teorías. Así que en 1950, durante ese viaje a Marruecos vio la luz. El barro le habló.

Hasta entonces Fehn había viajado mucho por Europa para ver arquitectura. Lo hacía acompañado por amigos proyectistas. Y en bicicleta. Pedalear hasta un edificio era una manera de comprender la arquitectura que le interesaba. Le obligaba a dedicar tiempo  a las visitas. Debía aproximarse poco a poco hasta los edificios, observando el contexto, adivinando los inmuebles en la distancia hasta descubrirlos en un lugar que siempre era distinto al que retrataban las fotos. Le interesaba esa suma: los edificios en sus paisajes, la arquitectura utilizada por las personas.

Con todo, el viaje a Marruecos no fue en bicicleta. Por entonces Fehn tenía un Citroën Dos Caballos. Y no le daba miedo el desierto. Le fascinó que el color de las ciudades fuera el mismo que el de la tierra, que arquitectura y paisaje se fundieran en un mismo horizonte. No es exagerado decir que, en Marruecos, Fehn creyó comprender el mundo. Le parecía que esa mezcla de pobreza y limpieza arquitectónica era elocuente,  que en esa idea, de la tierra como la base de la que nace la arquitectura, era la clave: “es en el encuentro con el suelo donde la construcción encuentra su dimensión”.

Con ese bagaje, Fehn se presentó sólo a dos concursos. Y los ganó los dos.  En 1958, levantó el pabellón Noruego en la Exposición Universal de Bruselas. Literalmente. Sólo 48 tornillos lo mantenían unido y Fehn disfrutó su primer edificio: se gastó los honorarios en el alquiler de una habitación de hotel para supervisar la llegada de las piezas y su colocación. Esa idea, la de visitar varias veces al día  la obra, está presente en muchos de sus trabajos. Unos años después, y en otro pabellón extranjero, el de los países nórdicos que permanece en los jardines de la Bienal de Venecia, Fehn culminaría lo que para muchos es su obra maestra. Sin un umbral claro, el pabellón es moderno pero habla de un orden clásico. Austero, sin maquillaje y atravesado por varios árboles, el edificio ha sabido asumir el paso del tiempo como parte de su expresión. Fehn lo quiso así, cuando le pidieron que cortara los árboles se negó. “Entre la naturaleza y la tecnología gana la naturaleza”.

Las casas pequeñas, con programas enormes, fueron uno de los grandes retos de este arquitecto. En realidad, en los muchos años en los que recibió pocos encargos, fue esta tipología la que le permitió seguir construyendo, algo esencial para su manera de pensar. Partía de la base de que no creía en la casa como en un escenario vacío.  Tal vez por eso, ninguna de sus viviendas es neutral. Sus casas retratan tanto al lugar como al inquilino. Pero también a la arquitectura como algo cambiante

Fehn comentó en una ocasión que había estado media vida diseñando la casa-estudio de su amigo pintor Ingolf Holme. Cuando finalmente la concluyó, en 1996, la planta quedó formada por la intersección de dos cuadrados de muy distinto tamaño. El pequeño, en uno de los ángulos, formaba una especie de torre del homenaje. Las mejores vistas de la casa eran para el baño, en la segunda planta de esa torre. Fehn declaró entonces que no sabía si la casa, dibujada durante tantos años, había marcado la pintura de su amigo o si, al contrario, había sido la pintura de Holme la que había, al final, engendrado una planta así. Abrigada por lamas de madera y apostada al pie de una colina, es uno de sus trabajos más sobresalientes.

Tras cerca de veinte años de vida precaria y dificultades económicas, el Pritzker de 1997 llevó a su estudio reconocimiento, pero no más trabajo.  Prácticamente recogida en Noruega, la obra de Fehn es así: poca y muy cuidada. Y la voluntad de hacer más visible el paisaje es la marca de su hacer.

Búscanse arquitectos de urxencia

Escrito por mpierres o 27 Agosto 2010

 

Varios visitantes recorren ayer la nube de Matthias Schuler (Transsolar) y Tetsuo Kondo.- AFP

Varios visitantes recorren ayer la nube de Matthias Schuler (Transsolar) y Tetsuo Kondo.- AFP

 

El Pais - ANATXU ZABALBEASCOA- Venecia - 27/08/2010

La XII Bienal de Venecia se presenta como la más plural e inclinada a buscar soluciones de la historia - La ‘pritzker’ Kazuyo Sejima es la primera mujer que dirige la muestra

¿Qué decide la vida de las personas? ¿Las grandes decisiones o las pequeñas? La arquitecta Kazuyo Sejima (Ibaraki, Japón, 1956) piensa que son las pequeñas las que desencadenan la infelicidad o las que hacen posible una vida plácida. Explica que lo ha aprendido de los arquitectos que se fijaron en las personas -y en los comportamientos de esas personas- antes de dedicarse a analizar las formas. La lista es larga: desde Cedric Price, Rem Koolhaas o Lina Bo Bardi hasta no-arquitectos, como el artista Olafur Eliasson o el cineasta Wim Wenders. Por eso en esta XII edición de la Bienal de Venecia -la primera dirigida por una mujer- la arquitectura elegida por Sejima no quiere cambiar el mundo sino la vida de las personas en ese mundo. Esa es su propuesta.

Con las exposiciones que ha llevado a Venecia ha querido demostrar tres cosas: que no es la primera que lo intenta, que no está sola en ese empeño, y que, además, existen muchas maneras de hacerlo. Que un arquitecto reconozca hoy que hay sitio para muchos podría parecer una noticia en sí misma. En cualquier caso, deja claras las prioridades de ese arquitecto: se impone atender a las urgencias. En el caso de Sejima, urge comprobar lo que la arquitectura puede hacer por la gente. Y viceversa. El presidente de la Bienal, Paolo Baratta, instó ayer en la presentación de esta edición a “recuperar una fe serena en la arquitectura”. Y la frase presupone tantas cosas que merecería un análisis morfológico. Quedémonos con la serenidad. Si la propuesta de Aaron Betsky de hace dos años -sacar la arquitectura de los edificios- era de “gozoso pesimismo” -de nuevo según Baratta-, las urgencias de Sejima podrían parecer serenas. No lo son.

fuentes_iluminadas_olafur_eliasson

Para indagar en la relación entre la arquitectura y las personas (y en el espacio como origen de esas relaciones) Sejima expone las fotografías de Walter Niedermayr, que muestran cómo es el espacio público en Irán, el maravilloso estudio (literalmente reconstruido) de los arquitectos indios de Studio Mumbai, los esquemas con las costumbres cotidianas de la gente -que la desaparecida Lina Bo Bardi realizaba como trabajo previo a cualquier edificio-, las inquietantes fuentes iluminadas de Olafur Eliasson o la nube de Matthias Schuler (Transsolar) y Tetsuo Kondo -en la que se pueden experimentar los ejes efímeros de un espacio-. Todas esas instalaciones conforman un marco en el que, mental y físicamente, se puede experimentar el efecto de la arquitectura en nuestra comodidad, comportamiento, percepción y, tal vez, pensamiento.

Además, Sejima ha invitado a participar a países que nunca lo habían hecho: Albania, Irán, Malaisia o el Reino de Bahrein, en cuyo pabellón -de nuevo literalmente- puede instalarse por un rato en una vivienda tipo.

La presencia española este año queda más allá del pabellón nacional que, solo en el último momento, optó por trasladar a Venecia la muestra Solar Decathlon organizada por el Ministerio de Vivienda y ya expuesta en España. Esa exposición investiga la construcción de viviendas que funcionan con energía solar. Así, la apuesta estatal española ha sido esta vez por el ahorro y, desde estas líneas, se aplaude esa iniciativa, pero se afea el ocultismo de una decisión que, inevitablemente, termina por leerse como indecisión.

Otros también optaron por el ahorro. El pabellón de Venezuela está este año vacío. Pero nunca estuvo tan bonito. Hace ya mucho que la propaganda sobre las horas de escolarización de los niños venezolanos con la que forra el edificio el Gobierno de Chávez no dejaba ver la hermosa arquitectura de Carlo Scarpa.

Entre los proyectos españoles, el de Selgas Cano -un aspirador con los objetos que pueblan su estudio-, el resultado de uno de los trabajos de campo de Andrés Jaque o el escultórico auditorio que indaga en la esencia del Valle del Jerte de Cristina Díaz Aranda y Efrén García Grinda (Amid Cero 9) comparten el pabellón de exposiciones donde se dan cita dos de las mejores muestras de esta edición.

La más arquitectónica llega de la mano de los portugueses Aires Mateus, que recortan paisajes para levantar, con esa misma huella material, nuevas obras. La más irreverente la lanza Rem Koolhaas que, en el año en el que le conceden el León de Oro, recuerda que la preservación, como la modernidad, es una invención occidental, inventa el palabro cronocaos y termina preguntando si debe China salvar Venecia.

Entre los pabellones nacionales, los nórdicos eligieron hablar de “lugares comunes” frente a monumentos, es decir, de espacio público: una fuente, un paseo, un banco… Ellos pueden hacerlo. Los ingleses volvieron a tirar de Ruskin para levantar su irónica Villa Frankenstein y, de paso, cuestionar la idea que relaciona progreso con vida doméstica. Los chilenos tienen tanto que mostrar como que hacer para recuperarse del terremoto. Y lo explican sin florituras, con hechos. Pero también con las perturbadoras fotografías del arquitecto Mathias Klotz capaces de retratar la belleza de un seísmo.

Por la pluralidad de las propuestas, por la calidad de los invitados y por la posibilidad de que los visitantes experimenten espacios, esta es una bienal propositiva -lo que se espera en un momento así-, que concluye con una idea tan vaga como realista: no hay una solución única. De nuevo, se impone la idea de compartir espacio.

En ese espíritu, también la propia Bienal quiere hacer autocrítica invitando a todos los comisarios anteriores a reflexionar sobre la evolución de la muestra en una serie de conferencias que se celebrarán los sábados, hasta noviembre. Cuesta creer que hallen respuesta, pero la pregunta está en el aire. ¿Qué sentido tiene un festival arquitectónico de este tipo? Han sido varios los arquitectos invitados a participar que la han cuestionado.

Bélgica dejó el año pasado su pabellón intencionadamente vacío (con las huellas de la resaca que queda tras una fiesta) y Anne Lacatton propuso construir un puente en África con el presupuesto que le asignaron para un pabellón. Así, ¿hace falta teoría hoy? ¿Es necesario que alguien apunte nuevos caminos arquitectónicos cuando la realidad clama soluciones urgentes y la información nos lo recuerda a diario? Puede que no sea nueva la urgencia, pero sí lo es el conocimiento generalizado. El mundo pide cuidado y reparto. Y parece cada vez más claro que no todo el planeta puede vivir del turismo. Todo esto se dice desde Venecia, el destino turístico por excelencia que, a pesar de soportar miles de visitantes durante el día, y a pesar de perder alguna de sus vistas por la llegada masiva de los cruceros, ha logrado preservar sus noches y sus ferreterías. Las carnicerías, las fruterías y las peluquerías de barrio de Venecia la salvan a diario de morir de éxito. Tal vez tengan algo que decir a la hora de salvar la arquitectura.

Vallecas será pop

Escrito por mpierres o 23 Agosto 2010

haiku-arquitectosEl Pais - DAVID COHN 21/08/2010

El ensanche de Vallecas cuenta con más de 45 proyectos de vivienda pública en marcha. Un escaparate de trabajos de la última generación de arquitectos madrileños

Con sus bulevares sobredimensionados que se extienden hacia el horizonte, carentes de tráfico o paseantes, y sus aisladas agrupaciones de edificios, recogidas entre solares vacíos, parques semiabandonados, reservas de suelo, viejas vías pecuarias y espacios “verdes” sin definir, el ensanche de Vallecas en el sureste de Madrid revela la desmesura del boom inmobiliario de la última década y la desolación de la crisis actual. Fue promocionado en su día como una nueva ciudad de 100.000 habitantes. Hoy los campos y cielos de la meseta todavía dominan sus calles. Aquí el Ayuntamiento de Madrid está construyendo los últimos proyectos de vivienda pública puestos en marcha antes de la crisis, siguiendo sus programas en los ensanches de Sanchinarro y Carabanchel y en otras partes de la ciudad. Mientras en sus actuaciones anteriores la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (EMVS) había dado el protagonismo a proyectos firmados por arquitectos internacionales como David Chipperfield, Thom Mayne, los holandeses MVRDV o Alejandro Zaera, en Vallecas los trabajos de estudios locales, y de arquitectos jóvenes en particular, han tomado el relevo, convirtiendo el barrio en un escaparate de obras de la última generación de arquitectos madrileños. La EMVS ha entregado un total de 31 proyectos y 3.000 viviendas en el barrio, en regímenes de venta y de alquiler, y tiene 29 proyectos y casi 2.000 pisos en marcha.

Son proyectos ganados en concursos abiertos por sus autores, que proponen investigar nuevas maneras de ocupar el terreno, nuevas técnicas constructivas, nuevos materiales y nuevas configuraciones tipológicas. Están condicionados por los ajustados presupuestos y la exhaustiva normativa de la vivienda pública, aunque la EMVS ha actuado en muchos casos para hacer los cambios puntuales en el plan urbano necesarios para su realización.

En su espíritu inventivo, los proyectos mantienen vivo el viejo impulso de la arquitectura racionalista de crear los prototipos de una futura utopía social. Las reivindicaciones de los maestros del movimiento moderno del siglo pasado por una vivienda social sana, digna y funcional, bien iluminada y ventilada, y ubicada en un barrio dotado con servicios básicos, están ya más que satisfechas en una operación de la envergadura de Vallecas. Lo que queda por hacer para la arquitectura son las tareas de afrontar las deficiencias de los planes urbanos, por lo menos en la pequeña escala de la manzana, de avanzar en campos técnicos donde los promotores privados todavía se resisten a entrar -los acabados de ladrillo han desaparecido por completo en la vivienda pública, por ejemplo- y de crear hitos, irrupciones de color e individualidad en un paisaje que carece de hitos, donde todas las manzanas suelen repetir los mismos volúmenes y las mismas alturas.

La colección más densa de proyectos públicos se encuentra en el bulevar de la Naturaleza, alrededor de sus famosos “árboles de aire” del estudio Ecosistema Urbano, ahora reproducidos para el pabellón de Madrid en la Expo de Shanghai. Es la primera zona terminada del ensanche, aunque aquí también hay solares sin edificar. Ubicada en un rincón del plan urbano, lejos de las manzanas de promoción libre, conforma un pequeño núcleo de vivienda social, pero por su propia concentración alcanza una densidad urbana que todavía falta en el resto del barrio.

Los “árboles de aire”, plazas de sombra envueltas en mallas verdes de vegetación, ocupan los cruces del bulevar, cerrando vistas que en el resto del ensanche son demasiado abiertas. Son los únicos lugares en la zona donde se oye el canto de los pájaros. Alrededor se sitúan algunos de los proyectos más atrevidos de la EMVS, con acabados de planchas metálicas galvanizadas, texturas corrugadas y colores de una intensidad pop. Es una auténtica utopía de la joven arquitectura madrileña, apenas un cruce de calles, como las utopías suelen ser.

En una de las manzanas se encuentra la propuesta de Enrique Barrera y César de la Cueva, del estudio Haiku Arquitectura, que rompen con la típica manzana cerrada del barrio. En su lugar, hacen flotar sobre el solar varias barras extendidas de viviendas, apiladas unas sobre otras, y deslizándose sutilmente en sus orientaciones. Están sujetas exclusivamente por las columnas de las escaleras y ascensores, mientras cerchas de dos plantas de altura en cada barra permiten luces de hasta 18 metros. La orientación norte-sur es idónea para la iluminación natural y el ahorro energético, el suelo se convierte en un jardín, y los huecos entre las barras se prestan para terrazas comunes y viviendas de tipología especial.

En una manzana próxima, Javier Camacho y María Eugenia Macías han proyectado un bloque de viviendas como si fuera un gran armario de madera lacada, donde las ventanas se ocultan del sol detrás de puertas plegables. Para las fachadas han empleado un nuevo sistema ligero de tableros baquelizados de alta densidad, de color mostaza, y facetada para reflejar la luz de la tarde. El juego de colores y texturas continúa en el otro lado del bulevar, donde Hugo Araujo y Marién Brieva han creado una manzana-fortaleza rematada por torres recubiertas de planchas metálicas de un color verde ácido, en donde cada planta es un piso individual.

La zona también recoge obras de arquitectos más experimentados. En los bloques proyectados por Mariano Bayón se destacan las luminosas fachadas de vidrio. Eugenio Aguinaga ha salpicado las fachadas de otra manzana con rojos, naranjas y amarillos, una variación sobre el colorido proyecto en la zona de Campamento que realizó con el arquitecto mexicano Ricardo Legorreta. Y Salvador Pérez Arroyo, junto con Eva Hurtado, han proyectado una obra contundente y rigurosa, con bloques de hormigón blanco que parecen flotar sobre el suelo, animados con elementos de color y huecos a gran escala.

Dejando el bulevar de la Naturaleza por los terrenos menos poblados alrededor de la avenida de Gavia o al otro lado de la M-45, se encuentran muchos proyectos que se quedaron parados por la bancarrota de sus constructores, aunque ahora los trabajos han comenzado de nuevo después de su readjudicación, según fuentes de la EMVS. Entre ellos se destacan bloques de pisos de Guillermo Vázquez Consuegra y el inglés Peter Cook, antiguo miembro de Archigram (en colaboración con Salvador Pérez Arroyo), dos promociones de casas adosadas de los estudios Selgascano y Dosmasuno, y la última obra de Miguel Fisac, proyectada antes de su muerte en 2006 con 92 años, donde siguió experimentando con sus curiosos encofrados blandos para el hormigón y otras técnicas patentadas de su propia invención.

Entre los pocos proyectos de la EMVS terminados en estas zonas, Fernando Pino y Manuel G. de Paredes han empleado acabados metálicos -en este caso, de chapa de aluminio- y un abanico de colores llamativos para la fachada exterior de un bloque de pisos en alquiler. El perímetro dentellado otorga privacidad a los salones y dormitorios. Anchas galerías de acceso trepan por su cara interior, y la cubierta alberga un solárium común. En una zona más aislada del ensanche, Javier Parro ha terminado una manzana de 23 casas de dos alturas, colocadas en filas sobre el solar como contenedores de mercancías. Y en un bloque de pisos situado en la calle de Antonio Gades, Lucía Esteban y Francisco Ortiz han proyectado una fachada de balcones continuos y ondulados, como olas, una propuesta a la vez original y con referencias exóticas al pasado, desde Gaudí hasta los edificios Watergate en Washington, proyectados por Luigi Moretti en los años sesenta.

Desde la calle de Antonio Gades se puede ver la torre de 23 plantas del Estudio Entresitio (César Jiménez de Tejada y los hermanos María y José María Hurtado de Mendoza). Los arquitectos han renunciado a ocupar el 30% del solar para no tener que seguir la volumetría del plan urbano y sus esquinas recortadas en chaflán, que consideran poco prácticas o elegantes. Con la altura de la torre recuperan los metros cuadrados perdidos por este sacrificio de terreno. Y cambian los juegos de colores en los acabados de sus compañeros por la sobriedad del zinc negro, creando así un objeto extraño y refinado, un punto de ruptura en la textura urbana que funciona también como punto de orientación. Es quizá el mejor ejemplo del intento de todos los proyectos en Vallecas de ofrecer calidad y variedad dentro de los límites estrictos de la vivienda pública. Y después de años dedicados a una invención formal más libre, representa una nueva tendencia hacia la sobriedad y la contundencia formal que está surgiendo dentro de la última generación de arquitectos madrileños.

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