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Publicado por admin o 7 Xuño 2011

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Esta vendo artigo opinión

Cabemos todos (Xerardo Estévez)

Escrito por mpierres o 24 Outubro 2010

El Pais - Galicia - XERARDO ESTÉVEZ 22/10/2010

Cada día la sociedad se vuelve más compleja por su abierta diversidad. La economía es cínica, va dando la razón a quien le interesa: Irlanda era un modelo mundial, el tigre, la pujanza inmobiliaria iba a resolver todos los problemas y la intervención bancaria era la salvación. Y ahora la especulación con la deuda somete a la política bajo un tacón inflexible. En este contexto, nuestro yo secreto se exhibe cada día más en la red; el yo privado, aunque es dúctil, tiende a mantener los vínculos familiares, y el yo público se resuelve en la calle.

Lo he escrito alguna vez. Los habitantes de las ciudades con mar suelen ser acríticos porque miran hacia un horizonte infinito; los de las que están divididas por un río son más suspicaces, se miran por el rabillo del ojo de una a otra orilla; los de las ciudades monumentales, confinados entre horizontes cercanos, suelen ser hipercríticos.

Sevilla es una ciudad espléndida. Desde Triana y la Maestranza hay dos visiones y se palpan dos sentimientos que se unen en un solo arrebato cuando la Macarena atraviesa el puente de Isabel II en la madrugá de viernes santo. Es, lo aseguro, algo irrepetible y hay que vivirlo al menos una vez en la vida. Allí, en un interesante curso sobre ciudad histórica y sostenibilidad dirigido por Román Fernández-Baca, director del Instituto Andaluz de Patrimonio, defendí la superación del concepto de lo histórico como algo cerrado intramuros y circunscrito a un determinado repertorio estilístico. A medida que la ciudad se desparrama en su contexto metropolitano sentimos la necesidad colectiva de mirar hacia los centros y pisarlos con entusiasmo como lugares encontradizos. En todas las ciudades españolas las flamantes alfombras del Plan E, quizá demasiado rígidas porque no hubo tiempo para estudiar la movilidad del futuro, están propiciando la integración y la rehabilitación de la arquitectura de las décadas pasadas.

Los muros de Sevilla, forzando un poco su tradición alfarera, están poblados de placas de cerámica. El Camino de Santiago se rastrea fácilmente a ambos lados del Guadalquivir. En la trianera calle Pureza una placa señala la casa donde vivió el compostelano Antonio Machado y Álvarez, Demófilo. Vaya a donde vaya, siempre hay hitos que me traen de vuelta a esta Compostela mundializada, transitada por gentes de todas partes. ¿Que el turismo banaliza la ciudad? Como se banaliza todo hoy en día. Es verdad, hay que buscar el equilibrio, pero son pocos quienes van a una ciudad con ojo científico o artístico; la mayoría deja pasar las imágenes, si acaso las fotografía y luego las asimila. Pero lo importante es que en las áreas peatonales nos sentimos y cuando nos rozamos pedimos excusas, mientras que al lado, en la calzada, los conductores se alporizan a la mínima.

La calle es pura proximidad y en ella cabemos todos. En el Obradoiro cabe la manifestación de la huelga general del 29 de septiembre, o la del 25 de julio, simultánea con la ofrenda al Apóstol, una tradición, es verdad, de difícil encaje en un estado laico, pero por el momento cada uno la acepta a su manera. El ayuntamiento recibe igual a Helmuth Kohl, a François Mitterrand o a Fidel Castro, a los reyes de España o a los de Noruega, y las calles jugaron siempre un papel de la fiesta aunque, según el color de la visita, suscitase reacciones diversas. En la plaza cupo el papa Wojtyla -recuerdo su mirada penetrante, presidiendo la ceremonia del monte do Gozo con expresiones de hombre de teatro- y cabrá el papa Ratzinger, más discreto, intelectualmente más sólido, al que le han tocado momentos muy complejos para la Iglesia católica. Caben también los excluidos, que en la calle socializan la pobreza y señalan con el dedo nuestro fatuo bienestar.

En mi concepto, la calle es relacional, interclasista, transversal. Multicultural y contracultural. Lugar de encuentro antes que de enfrentamiento. El papel de la política es inclinar la balanza del lado positivo. Por eso la calle debe ser gestionada con inteligencia las 24 horas del día, con muy pensada intervención de lo público tanto en concesiones y permisos como en la dimensión física, para que sea flexible a las distintas demandas.

Cuando recorro las rúas globales de Compostela me vienen a la memoria unos versos del poeta que, para mí, mejor ha escrito y sentido la ciudad, Salvador García-Bodaño:Compostela é unha rúa longa/na memoria/onde vagan os nomes e as horas/que cada quen recorda…

Esto a mí me gusta, pero no me da de comer

Escrito por mpierres o 6 Outubro 2010

El Pais - Especial: Preparados - Anónimo -01.10.2010

Cuando hace diez años yo entraba a la universidad a estudiar arquitectura mi padre me dijo: “¿Pero estás segura de esto? Que es muy duro, y supone mucho esfuerzo para poder vivir de ello. Además, a mí me supone un gran esfuerzo económico…”. Yo, toda convencida le respondí: “Sí papá, es que a mí esto me gusta, lo del esfuerzo me da igual. Además, tú tienes que verlo como una inversión en el futuro. Dicen que cuando acabe va a haber mucho trabajo y podré hacerte una casa donde tú quieras”. En realidad no me equivocaba, la arquitectura a mi me encanta, pero no me imaginaba que iba a ser tan duro.

No he perdido el tiempo, acabé la carrera a curso por año, con un expediente ejemplar e inmaculado. Nada más acabar ya tenía varias ofertas de trabajo, me decanté por una y trabajé cómodamente un año al ladito de mi casa, ganando decentemente y sin meter muchas horas. Pero eso no me llenaba, por lo que decidí dejarlo para buscar una experiencia nueva, irme a otro país a experimentar otras cosas. La gente me decía: “¿Pero estás loca? ¿Dejas un trabajo sin tener otro? ¿Y ahora que vas a hacer?”. Yo respondía tranquilamente: ” Es que a mi esto no me llena, no quiero acomodarme. No sé que haré, pero ya saldrá algo interesante”. En aquel momento me lo podía permitir, antes de dejar mi trabajo ya tenía nuevas ofertas sin echar siquiera ningún currículum. Era el esplendor de la construcción.

Me fui a Londres a buscarme la vida. Tras varios varapalos encontré un trabajo en un estudio de renombre haciendo algo que me encantaba y en esa época era feliz. Entonces irrumpió la crisis con fuerza y se llevó consigo mi querido trabajo. No me rendí, me negué a que una situación generada en algún lugar de Estados Unidos me afectase a mí, a una española afincada en Inglaterra, a volver a mi casa con las orejas gachas y decirle a mi padre que , no sólo no podía devolverle la inversión, sino que tenía que seguir invirtiendo en mí. Luché, busqué trabajo en todas partes, borré mi experiencia en mi currículum, porque nadie quería un licenciado con honores capaz de construir grandes edificios para limpiarlos. No funcionó. Entonces opté por irme a algún sitio en el que me quisieran.

Tuve suerte, conseguí una beca para trabajar en otro estudio en Holanda. Allí fui feliz temporalmente trabajando en concursos internacionales con grandes arquitectos, hasta que la beca se acabó y tuve que sobrevivir con el “salario” de becario: menos de 600 euros que tenían que cundir para comer, pagar el alquiler y viajar a casa de vez en cuando. Me estaban explotando, metía muchas horas y asumía responsabilidades que no me pagaban bajo comentarios de “estamos muy contentos con tu trabajo, pero no podemos ofrecerte nada más”. “Vale gracias, pero eso no me da de comer”. Empecé a aceptar trabajillos de niñera para poder comprarme algo de ropa y echarme una cerveza vez en cuando.

Pero no tenía otra opción. En España todos mis amigos eran despedidos y nadie era capaz de llegar a fin de mes. Tras largas conversaciones con ellos me podía sentir afortunada, podía comer (me hice prácticamente vegetariana por no poder pagar la carne), podía pagar el alquiler (viviendo en una casa prácticamente debajo del edredón por falta de calefacción) y me podía trasladar (haciendo uso de mi bici hasta en las olas de frío con -15ºC). Además, trabajaba de lo mío haciendo lo que me gustaba. Pero empecé a cansarme. Me sentía desplazada por no hablar el idioma, como un inmigrante ilegal. Empecé a entrar en una depresión, y veía inútil todo esfuerzo. Finalmente, por motivos familiares decidí marcharme y entonces contrataron a dos de mis compañeros, chicos y holandeses. Me volví a sentir desplazada. ¿De que servía tanto esfuerzo y tantos malos ratos? Si en mi país no había posibilidades y en los demás tampoco, ¿dónde iba a ir? ¿qué podía hacer? Esta vez sí que tuve que volver a casa y decirle tristemente a mi padre que tal vez él tenía razón y que nunca podría hacerle esa deseada casa en la playa.

Ahora no vivo, sobrevivo. Con mi padre a punto de jubilarse y mi hermano en casa por la misma razón que yo, un precario sueldo de autónomo tiene que darnos de comer a todos. He intentado colaborar trabajando como arquitecta, pero mis años de experiencia internacional, los títulos de inglés y demás idiomas no me han llevado más que a engaños para ayudar en concursos bajo falsas promesas de “si ganamos te contrato” o “tras la entrega te doy trabajo para un mes”. Después, el trabajo mágicamente mengua y el mes se reduce a una semana a media jornada con un “gracias, no se que hubiésemos hecho sin tu ayuda, si ganamos te llamamos”. Incluso te ofrecen pagarte seis euros la hora (siempre como autónomo) pensando que te hacen un favor, para luego darte 30 euros más de lo que te corresponde con una palmadita en la espalda como diciendo: “Anda, toma la paga y échate una cerveza”. “¿La paga? No la necesitaría si cobrase acorde con mi formación…”.

He desechado toda idea de estudiar, principalmente por financiación y porque ahora todo el mundo tiene un máster y no sirve para nada. Sobrevivo dando clases particulares a niños y gano más por hora que como arquitecto. Hasta limpiando casas, trabajo tan respetable como otro cualquiera para el que no tengo que estudiar seis años y gastar todos los ahorros familiares gano más. Y cuando los niños me preguntan sobre mi profesión les digo: “Esto a mi me gusta, pero no me da de comer”.

Arquitectos: Contra a crisis, facer as maletas

Escrito por mpierres o 9 Agosto 2010

El Mundo - Mónica Tragacete - 06.08.2010

Se acabó el mito de que la arquitectura es una profesión extraordinariamente bien pagada. Al menos en España. Precariedad, ilegalidad o sueldos bajos no son hoy situaciones ajenas al sector en nuestro país. SU VIVIENDA ha contactado con un grupo de jóvenes arquitectos españoles que trabajan en el extranjero porque consideran que en España su trabajo no está lo suficientemente valorado.

Actualmente, en España hay 51.158 arquitectos colegiados, según el CSCAE

A día de hoy, en España hay 51.158 arquitectos colegiados, según los datos del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España (CSCAE). La cifra real es mucho mayor, pues no todos han de estar colegiados para ejercer -sólo necesita estarlo aquel que firma proyectos- y muchos ’se han borrado’. Además, el número de licenciados crece cada año: sólo el curso pasado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid (ETSA) salieron unos 500, según la dirección del centro. En España hay 29 escuelas. Las cuentas no salen por ningún lado.

“En otro momento, salir al extranjero era una opción. Ahora es pura necesidad”, apunta el vicesecretario del Sindicato de Arquitectos de España (SAE), Ramón Durántez.

Fernando Otero, 33 años: ‘Cada uno va por libre’

Fernando Otero, en Nueva York.

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Fernando Otero, en Nueva York.

Se marchó de España rumbo Nueva York en 2007 a la aventura, sin trabajo y sin ningún consejo en la mochila. Y precisamente fue eso lo que más echó de menos: que algún tipo de organismo oficial del sector le asesorara. Señala culpable a la desunión: “Aunque lo parezca, no somos un colectivo. Cada uno va por libre y hay que aprender desde cero”.

En el estudio de arquitectura en el que trabaja tiene un sueldo entre un 10 y un 15% más elevado -aunque reconoce que el nivel de vida es mayor en la ‘capital del mundo’- y ha encontrado un mayor reconocimiento profesional. Ramón Durántez lo verifica: “El arquitecto español que se marcha siempre encuentra un sector más regulado y más profesional”.

Alfredo Biosca, 36 años: ‘Se ha hecho el trabajo de 30 años en 15′

Alfredo Biosca, en su trabajo en Rumanía.

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Alfredo Biosca, en su trabajo en Rumanía.

Corrían los primeros meses de 2007 cuando este arquitecto aceptó una oferta de trabajo en el extranjero. Estaba terminando de construir el Hospital de Vallecas e intuía que los tiempos por venir no eran precisamente buenos. Actualmente trabaja en una ingeniería en Bucarest (Rumanía) y aunque reconoce que la situación está muy parada, afirma que “la gran diferencia es que en España se ha hecho el trabajo de 30 años en 15 y ahora toca una época de parón, mientras que en Rumanía aún hay muchas cosas por hacer”.

El elevado número de licenciados es para Biosca otra de las quimeras a vencer. “En España tenemos un arquitecto por cada 1.000 habitantes, el doble que en Francia”, apuntan desde el Sindicato. “En 1970 había en España unos 3.500 arquitectos, ahora esa cifra podría estar multiplicada por 11″, matizan.

Daniel Gumpert, 42 años: ‘Somos un mal necesario para el promotor’

Daniel Gumpert, en RMJM Hong Kong.

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Daniel Gumpert, en RMJM Hong Kong.

Daniel trabaja desde hace 11 meses en Hong Kong, en una oficina del estudio escocés RMJM, considerado uno de los más grandes del mundo. Para él, la profesión tiene un gran problema: el reconocimiento socialdel arquitecto. Sobre todo, por parte del promotor. “Para los que no tienen que trabajar con nosotros somos ideales, para el resto, un dolor”, ironiza.

“En España los promotores se han hecho muy poderosos socialmente y desde el principio te intentan dejar claro que has de hacer lo que ellos digan”, se lamenta. “En los últimos años a la construcción se ha apuntado mucha gente sólo porque era el motor de la economía“, sentencia.

Katarin Larrauri, 32 años: ‘Un estudio medio sólo hace VPO’

Katarin Larrauri, desde Nueva York.

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Katarin Larrauri, desde Nueva York.

Katarin, que era jefa de equipo en un estudio de Madrid, se marchó a Nueva York en abril de 2007. Se mudó buscando mejoras y nuevas oportunidades. Además de horarios fijos -”en España mi horario era de 9,00 a 19,00h, pero siempre salía más tarde y algún fin de semana también trabajaba”, dice Katarin-, en Nueva York ha encontradoproyectos más interesantes. “Un estudio medio-pequeño en Madrid se dedicaba casi por completo a hacer viviendas, muchas de ellas VPO. Muy pocos se hacen museos, tiendas… Aquí te surgen proyectos más interesantes a nivel de diseño y de uso”, comenta.

“En EEUU la arquitectura española está considerada una de las mejores en Europa”, dice Katarin partiendo una lanza a favor del colectivo patrio. “Y sin embargo, aquí no hay convenios y podemos cobrar hasta el sueldo mínimo. Por no hablar de la situación de falsos autónomos, ilegal y precaria, en la que están el 60% de los arquitectos”, contrarresta el SAE.

A esta situación de ilegalidad hay que sumar que, desde 2007, el paro. “Es paralelo al que vive el sector de la construcción, y no del 4% como dice el CSCAE”, asevera el Sindicato. El reciclaje parece una solución factible en un país en el que ocho de cada 10 arquitectos se dedican a la construcción y ésta se halla por los suelos -en 2006 se visaron 865.561 viviendas, mientras que en 2009 fueron 110.849-.

Estos jóvenes no son los únicos que advierten la errática situación de la profesión: el 82,7% de sus colegas colegiados considera que la situación está peor o mucho peor que hace unos años, según el un informe del CSCAE. ¿Quién tiene el remedio para curar la salud de este enfermo llamado arquitectura?

O AUTÓNOMO, por Toni Garcia

Escrito por mpierres o 9 Agosto 2010

El Pais - Toni Garcia - 09.08.2010

pt-barnum-y-tom-thumbHay por ahí algunos ineptos que siguen sin creer en el hombre invisible, vivir para ver. Poco imaginaba H. G. Wells en 1897 que su entelequia sobre el humano transparente se convertiría en el siglo XXI en una obviedad. Solo en nuestro país existen unos tres millones de hombres (y mujeres) invisibles. Bueno, ellos-as se hacen llamar autónomos por rebajar el tono, pero lo cierto es que no ha existido nunca ningún colectivo capaz de camuflarse así con su entorno, hasta pasar completamente desapercibido; de hecho es como si no existiera. El mérito es enorme, ya que hasta en elecciones se hace difícil oír a los políticos mencionarlos, será -quizás- porque algunos términos son tabú y pueden distraer a la concurrencia.

No hay que negarlo, la cosa tiene su gracia: un tipo piensa que sería buena idea trabajar para sí mismo, pagar religiosamente al Estado por hacerlo, esperar que los otros le paguen cuando a ellos les dé la gana, declarar esos pagos aun cuando él no los ha cobrado y recibir como toda recompensa una indiferencia majestuosa. Además, en periodos de crisis será oficialmente ninguneado con una sonrisa y echado a los leones sin contemplaciones, para que se entere de lo que vale un peine.

No siempre ha sido así, aunque deberíamos remontarnos hasta el siglo XIX para encontrar un referente exitoso: su nombre era P. T. Barnum y era la perfecta combinación entre empresario y embaucador, aunque su rasgo más destacado era su reiterada negativa a obedecer a nadie que no fuera él mismo. Barnum fue el inventor del circo en su versión financiera, el padre delmarketing creativo y -según James W. Cook en su magnífico trabajo sobre el genio- “el arquitecto de la industria cultural moderna”. Eran famosos sus discursos del viernes por la tarde a sus empleados, a los que intentaban colarse todo tipo de parásitos y competidores ansiosos por conocer los trucos de aquel encantador de serpientes con imperio propio.

Hubo un momento en el que el propio presidente de Estados Unidos en aquel tiempo, Ulysses Grant, declaraba a Barnum “el tipo más famoso del mundo”. Así, este autónomo de Connecticut nunca tuvo que perseguir a los proveedores y disfrutó de una legislación amable con sus propósitos.

Con el panorama actual, Hacienda hubiera acabado embargándole la carpa, el reloj de bolsillo y hasta la pajarita. En los bancos le mirarían con ojos oblicuos, como no creyéndose que uno de su calaña se atreviera a pedirles dinero. En el siglo XXI sería, simplemente, otro hombre invisible.

Es lo lógico, en un país donde el mandamás de los empresarios es un hombre en perpetua bancarrota y la corruptela es una religión con infinidad de fieles, a nadie puede extrañarle que los que deciden hacerse la vida a su manera reciban severos correctivos: la homogeneidad es el primer mandamiento en tiempos de crisis, así que todo el que renuncie voluntariamente a cobrar una nómina debe ser un enemigo del Estado, un nihilista con carné. Ya lo dice aquel chiste: “Un tipo va caminando por el desierto y se encuentra una lámpara mágica, la friega y sale el genio. ‘Te concedo un deseo’, dice. ‘No quiere ponerme nunca más enfermo’, contesta el hombre. A lo que el genio replica: ‘Coño, pues hazte autónomo”. Barnum se hubiera reído, seguro.

Arquitectura e veran 1: Aberto por vacacións

Escrito por mpierres o 3 Agosto 2010

le-corbusierEl Pais -Anatxu Zabalbeascoa - 1.10.2010

La biografía del premio Pritzker menos mediático, el noruego Sverre Fehn, fallecido el año pasado, recoge su defensa del verano, largo y libre de exigencias, como el motor para las ideas del resto del año. Lo pasaba con su mujer, la pianista Ingrid Lobers Pettersen, y con su hijo Guy, que hoy es arquitecto. Tenían una cabaña en Hvasser. Allí Fehn dibujaba, nadaba, reponía fuerzas, paseaba y remaba con su hijo a bordo de un kayak. Su mujer velaba porque tuvieran pocos visitantes y mucho tiempo para no hacer nada. Confieso que la primera vez que leí esto me pregunté: ¿Hago yo eso por mi marido? ¿Cuido de su descanso? Al minuto me asaltó otra pregunta ¿Quién lo hará alguna vez por mí? En el verano uno puede pararse a pensar. El caso es que la vida que le gustaba a Fehn era la apacible, la de observar, nadar, pasear, leer y dibujar. Tal vez por eso siempre trabajó en el mismo edificio donde vivió.
Tardes de tumbarse entre los árboles. Una verja que se abre haciendo ruido. Ese rugido del portón en la destartalada casa de la playa de St. Ives fue para Virginia Woolf un recuerdo de las horas largas del verano sin el que, como escribió ella misma en sus diarios, su vida hubiera sido distinta. “La vida (en Little Holland House) se me antoja un mundo de tarde de verano” escribe en las entradas recogidas en Momentos de vida (Debolsillo). ¿Hasta qué punto dependen esas sensaciones de la arquitectura? ¿Cuántos de nuestros recuerdos son de los lugares donde sucedieron las cosas? ¿Hasta que punto son esas sensaciones mismas arquitectura? La arquitectura y el verano son un tema tan rico en sugerencias como la idea de la arquitectura como protectora del fuego del hogar.

En verano uno se desnuda. El Le Corbusier más auténtico está encerrado entre los pocos metros de Le Cabanon, el refugio de apenas 12 metros cuadrados que el arquitecto se levantó en Cap Martinet, en el sur de Francia, frente al Mediterráneo. Allí acudía a descansar. Y allí murió, precisamente en verano y nadando, de un ataque de corazón.
Lo hemos dicho otras veces desde este blog, hay mucha arquitectura, y diseño, fuera de los libros de arquitectura. Y mucha de ella es más fácil de ver en verano. En su clásico El elogio de la sombra (Siruela) Tanizaki habla de la importancia de otro clásico estival, la anhelada sombra, para… la cocina japonesa: “si la cocina japonesa se sirve en un lugar demasiado iluminado, en una vajilla blanca, pierde la mitad de su atractivo”. Es curioso que en Occidente suceda casi lo contrario. Sin embargo, en el interiorismo tradicional nipón ocurre algo parecido: la belleza de una habitación japonesa se produce por juegos de sombras. No necesita ningún accesorio.
La sombra está también presente en los viajes de Josep Pla. El viajero de Palafrugell recomienda, por ejemplo, que “para beber, y para tener con el mundo aquel contacto afinado y vaporoso que da el alcohol, tiene que haber poca luz. Tampoco demasiado poca, porque entonces sería literario y eso no nos gusta”. La poca luz da sed e invita a soñar, asegura Pla que cuenta en Cartas de lejos (Destino) que le gustan las mesas de madera en los bares. Nada de mármoles. Y hace, por supuesto, un apunte de verano para resumir un país, Inglaterra: “En invierno se juega con la pelota grande (fútbol, rugby), y en verano, con la pelota pequeña (cricket, tenis). Para el espectador estos últimos juegos son mansos y de una gran placidez. El inglés es el pueblo que ha inventado más maneras de pasar el rato candorosamente”. Pues eso, buen descanso estival. Del tirador a la ciudad sigue abierto por vacaciones.

O ventre do arquitecto

Escrito por mpierres o 29 Xullo 2010

arquitecturacreativaEl Mundo - blog vidas.zip - Lorenzo Silva

Soy el que imaginó tu casa. Y también el que calculó los metros que debía tener ese corredor del centro comercial por el que te metes cuando te estás meando, para que nadie se chocara contigo cuando vas a buscar alivio. Y el que diseñó el bonito vestíbulo de tu estación de metro, por donde pasas cada mañana y a donde llegas derrotado cada noche. Y el que arañó como pudo, de la avaricia del constructor, esa sala espaciosa y no del todo mal iluminada donde cada día haces tu trabajo.

También, para qué voy a engañarte o a engañarme, soy el responsable de algunas cagadas. De esa puerta que al abrirse demasiado choca con el bidé. De ese absurdo local comercial que te entorpece el camino cada vez que en el aeropuerto te tocan las puertas B, obligándote a sortearlo con una maldición cuando llevas prisa. O de ese techo demasiado bajo de la entreplanta del almacén. Y no lo voy a ocultar: lo del bidé fue un despiste, porque llevaba demasiada tralla encima y andaba demasiado falto de sueño cuando lo hice, y luego no me paré como habría debido a revisar; pero de lo otro me di perfecta cuenta. Vamos, que de hecho lo hice adrede y con toda la intención. Podría alegar en mi descargo que me obligaron, los cabrones roñosos y codiciosos para los que trabajaba, pero en el fondo no es verdad. Nadie te puede obligar a firmar lo que no quieres, a hacer lo que desprecias. Los paredones de todo el mundo guardan restos del ADN de gente que lo demostró del modo más incontestable. Yo consentí, y me toca la vergüenza que a mi falta corresponde.

Quería prosperar, como todos. Y como todos, también, creí que era una inversión de futuro; que después de los malos tiempos, de los abusos, del infraempleo, vendrían para mí los días rutilantes y prósperos de que gozaban ya mis jefes. Mis jefes, que nunca lo eran en teoría, porque jamás me ligó a ellos un contrato laboral. Ni a los arquitectos más viejos que me chuparon la sangre para pagarse sus Rólex y sus Lexus, ni a los constructores rapaces que me rebañaron los hígados y me mostraron que, en comparación, hasta mis colegas veteranos, expertos consumados en la explotación del becario por el hombre, eran monjitas de Teresa de Calcuta. Claro que estos otros tenían que pagar el yate, y alguno manoseaba ya catálogos de jets privados.

No, nunca tuve contrato. Siempre fui autónomo, obligado a pagarme mis seguros sociales, más todos los otros, por si alguna vez se le caía en la cabeza a alguien algo que hubiera dibujado yo. Con todas las responsabilidades, sin ningún derecho y en la indigencia más absoluta. O bueno, tampoco tanto. Algún mes bueno creo que llegué a levantar, después de descontar todos los gastos (a lo anterior súmese material, gasolina, comidas, etcétera) 1.200 euros limpios. Muchísimo menos, en todo caso, que aquellos que me exprimían. Y lo peor no era que ganara mucho menos que lo que sacaban mis colegas viejos, que a fin de cuentas habían tenido que pasar de un modo u otro mi vía crucis, incluidos los seis años de escuela. Ni siquiera que fuera menos que los constructores, entre los que raro era el que pudiera resolver una ecuación de primer grado. Lo peor era ver que ganaba la mitad que un peón, la tercera parte que un albañil, la cuarta parte que un encofrador bueno. No es que desprecie esos oficios, y entiendo la ley de la oferta y la demanda. Lo que no entiendo es para qué me dejé los sesos y la piel en mi carrera.

Ahora estoy en paro y vivo en un pisucho viejo y compartido. Cuando me levanto cada mañana, sólo tengo un consuelo: el tipo que lo diseñó era todavía peor arquitecto que yo.

A cidade idealizada

Escrito por mpierres o 12 Xullo 2010

ABC - Fredy Massad- 01.07.2010

Cada época ha imaginado la ciudad del futuro, la urbe ideal. ¿Cómo será la que se esboce desde el presente? ¿Bajo tierra o en las nubes? Son dos opciones

Imaginar cómo será la ciudad del futuro ha sido siempre un concepto revelador a través del que interpretar cuáles han sido los deseos y necesidades de cada época. Centrándonos en nuestra contemporenidad, contamos con la visión crítica que contenía la idealización futurista art-decó de Metrópolis, la reflexión filosófica que subyace a la apocalíptica mirada cyberpunk en Los Ángeles de Blade Runner, pasando por las concepciones de la ciudad perfecta que planteaban las imágenes de la Walking City de Archigram, la experimentación de la Nueva Babilonia de Constant Nieuwenhuys o el futurismo-pop de la compacta y vertical ciudad que se recorría gracias a vehículos voladores de Los Supersónicos, de Hanna-Barbera.
  • A las obsesiones de perfección se opone la sustancia compleja, contradictoria, subjetiva, intensa y viva de la ciudad real

En su forma ideal, las ciudades imaginadas por los planteamientos más radicales de la literatura o el cine se han plasmado a través deparámetros intraducibles a la esencia de la urbe real y viva. Hablar de ciudad ideal equivale inevitablemente a hacerlo de una ciudad ficticia, de un prototipo artificial, puesto que la metrópolis real es algo hecho de una sustancia mucho más compleja y que funciona como un organismo vivo, capaz de reaccionar de manera imprevista a regulaciones y planificaciones (acertadas o no) que quieran imponérsele y que se articula en razón a unos parámetros que tienen más que ver con las respuestas emocionales y psicológicas de sus ciudadanos que con las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que van fluyendo sobre ella.

Partir de lo existente
El concepto de ciudad ideal debe ser más un objetivo puesto en práctica que un hecho, una aspiración pragmática que tenga como eje el cuerpo de la ciudad ya existente y los fundamentos básicos para procurar un bienestar y una libertad?colectiva e individual? de sus ciudadanos. ¿Y cuáles son las cualidades en las que centrar esa aspiración hoy?: Indudablemente prioritaria, incrementar la diversidad y la calidad del espacio público y los recursos destinados al servicio cívico. La concepción de futuro pasa hoy obligatoriamente por la generación de estructuras sostenibles y por la integración de las ciudades a las redes tecnológicas, teniendo presente que la urbe ideal hoy surge de la capacidad para hibridar lo nuevo y lo viejo. La sostenibilidad no sólo derivará de un incremento de aplicaciones de energías limpias, sino también de la capacidad de cada capital para reciclar y regenerar sus propios recursos arquitectónicos y urbanos. Tal como ha sugerido William J. Mitchell, el desarrollo de las redes digitales podría contribuir a que se reduzca la necesidad de seguir generando nuevas estructuras urbanas.
  • la metrópolis real es algo hecho de una sustanciacompleja yfunciona como un organismo vivo, capaz de reaccionar de manera imprevista a regulaciones y planificaciones

Es preciso señalar la profunda diferencia que existe entre el significado de «ciudad ideal» y el de «idealizar la ciudad». No hay que dejarse engañar ante las propuestas urbanas que proponen pluscuamperfectas visiones de ciudad de presente y hacia el futuro, y que parecen emerger de una especie de concepción darwinista de la arquitectura, equiparando «apariencia hipertecnológica» a «expresión de superioridad», como si esa complejidad formal, ese efectismo de colosales tótems tecnológicos, fuese el equivalente de una culminación evolutiva del lenguaje arquitectónico y de las maneras de habitar, una premisa desde la que ellas mismas se condenan a quedar desfasadas.

Los conceptos que se plantean como nuevos modelos urbanos ideales niegan la ciudad como punto de encuentro de la sociedad. Experimentos como Dubai, incluyendo sus complejos de islas artificiales, que poco tienen de avance tecnológico, han marcado un punto de inflexión crítico, porque en ese paisaje urbano creado en medio del desierto crece una arquitectura que habla de reinventar la ciudad, pero que aporta escasos valores y perspectivas.
Que no nos ciegue la retórica
Por eso no hay que engañarse ni ante la retórica, ni ante la estética de emprendimientos como los de Masdar City, en Abu Dhabi, cuyo plan maestro ha sido diseñado por Forster & Partners, y que se promociona como «la primera ciudad absolutamente sostenible», que, sin embargo, debe verse como un gran centro comercial y de concentración de empresas más que como una ciudad. Lo mismo ocurre con otros ejemplos, como New Songdo City, presentada como una ciudad hipertecnológica, pero que no sería más que un complejo destinado a funcionar como centro internacional de negocios. O el proyecto de Mass Studies Seoul Comune 2026, que intenta retomar de manera estrambótica y feísta el concepto de torres en el parque de Ludwig Hilberseimer, algo que enmascara, tras su obsesión gestual, la ausencia de un concepto de desarrollo urbano.
Lo que resulta llamativo de estos nuevas utopías o distopías es que en esas estructuras supuestamente hipersostenibles y tecnológicamente avanzadas se encarna el ideal de entorno rígidamente controlado, previsible e imbuido de una asepsia que ?como sugería el urbanista Kevin Lynch?, al materializarse, produce una sociedad que tal vez bordea lo patológico. A esas obsesiones de perfección se opone la sustancia compleja, contradictoria, subjetiva, intensa y viva de la ciudad real como hábitat natural de lo humano.

Calatrava y sus desmanes

Escrito por mpierres o 23 Xuño 2010

El Pais- Comunidad Valenciana - Manuel Peris - 22.06.2010

El diputado Ángel Luna es un tocapelotas, por lo tanto un excelente portavoz de la oposición. Luna es capaz de hacer descender a Camps de su nirvana político, romper su beatífico estado y ponerle de los nervios. En una de sus últimas intervenciones parlamentarias, el portavoz socialista le echó en cara que, según el informe de la Sindicatura de Comptes de 2008, se había producido un sobrecoste de 587 millones de euros en la Ciudad de las Artes y las Ciencias diseñada por Santiago Calatrava, lo que supone un incremento superior al 188% sobre un presupuesto inicial de 311 millones de euros, que casi se ha triplicado. “¿Cuántos Gürtels caben en ese gasto sin control?” preguntó Luna. Camps, lejos de dar explicación alguna, le amenazó con empapelarlo.

Sin embargo, el sobreprecio de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, aunque de gran envergadura, no es el único desmán de este singular arquitecto afincado en Suiza. Llama la atención la facilidad con la que el nombre de Santiago Calatrava se asocia a todo tipo de excesos. En Nueva York los sobrecostes han provocado que le recorten las alas a su estación de la zona cero. Un juzgado investiga estos días si el anteproyecto del teatro de la ópera de Palma de Mallorca, por el que habría cobrado 1,2 millones de euros del Gobierno de Jaume Matas, es una copia de otro proyecto diseñado para la ciudad de Zúrich. La construcción de un puente en Venecia, muy criticado también por la ausencia de paso para discapacitados, se prolongó durante años por problemas de seguridad y tuvo un enorme sobrecoste. También hubo polémica con el desajuste presupuestario en el puente inaugurado hace dos años en Jerusalén. En Bilbao, una ciudad de clima oceánico, las críticas llovieron por situar al aire libre la zona de espera del aeropuerto, que ha tenido que ser reformado. Luego llovió sobre mojado cuando las quejas por lo resbaladizo del puente de Zubi Zuri motivaron una reforma a costa del Ayuntamiento, lo que no fue óbice para que Calatrava tuviera el valor de querellarse por vulneración de la propiedad intelectual. Algo sorprendente porque el propio arquitecto no tuvo empacho en acalatravar un tramo del puente de Montolivet obra de José Antonio Fernández Ordóñez. Por no hablar de los accidentes por falta de visibilidad en el puente de l’Assut d’Or, del hundimiento de la maquinaria del Palau de les Arts, de su inundación y de la construcción de un vergonzoso muro dentro del viejo cauce para evitar futuras avenidas, o del olvido de las escaleras de seguridad del Museo Príncipe Felipe.

Calatrava, que es un patriota fiscal suizo y cuyos emolumentos profesionales son, según el Gobierno valenciano, “confidenciales”, tuvo el inmenso gesto de regalar a la ciudad el diseño, que no la construcción, de una columna para recordar la visita del Papa, que en poco se diferencia de cualquier otra de inspiración clásica. Un gesto que da la medida del personaje y la talla de quienes le contratan.

Arquitectura e ‘vuvuzelas’

Escrito por mpierres o 17 Xuño 2010

El Pais -VICENTE VERDÚ 17/06/2010

Más allá del interés que el grupo de los Jóvenes Artistas Británicos (Young British Artist) despertó hace unos años por el arte contemporáneo a través de sus extravagancias, sus procacidades y sus escándalos, la arquitectura ha logrado también protagonismo por sus extravagancias o sus espectáculos gigantes y, por si faltaba poco, por la fetidez de su burbuja.

Un congreso de arquitectos titulado Más por menos, al que han acudido tres premios Pritzker y medio millar de estudiantes y profesionales de toda índole, concluyó la semana pasada en Pamplona con este diagnóstico central: la crisis derriba ya el edificio estrella y en su solar crece la modestia y el pudor. ¿Una regresión? ¿Un destino antimediático? ¿Una maniobra sacrificial?

Guste o no a los muchos arquitectos que participaron en el acto amparado por la Fundación Arquitectura y Sociedad, los desmanes y griteríos de la arquitectura más radiante e inmediata han provocado, primero, la afonía y, después, el fin de su mejor pensamiento social de casi toda la vida.

Las alternativas que se presentaron en esta importante reunión, especie de catarsis bíblica y ceremonia inaugural de otra época, fijaron la atención sobre opciones y soluciones constructivas, diseños y nuevos materiales que, en conjunto, por su exposición ilusionada parecían pertenecer a un talante definitivamente sepultado bajo edificios como el Guggenheim de Gehry, el de la radiotelevisión china de Koolhaas o la Ciudad de las Ciencias de Calatrava. Edificios y complejos que han llenado de luces y colores la época de prosperidad y, como efecto, han llenado la cabeza de pájaros exóticos el porvenir de un sinfín de alumnos.

Todavía en exposiciones recién inauguradas, como la internacional de Shanghai, o que acaban de cerrarse, como la del Agua en Zaragoza, la presencia de construcciones inútiles, tan aparatosas como despilfarradoras, siguen ocupando la pista central. Pero la crisis económica y cultural en la que de golpe hemos llegado a precipitarnos ha orientado el pensamiento hacia recursos e ideologías que anteponen la vida real al efectivismo, la austeridad pacífica a la guerra de la magnificencia y la funcionalidad al malabar.

No todos los ponentes proclamaron este insurgente cambio de rumbo. Algunos de ellos, Pritzker y autores de obras mastodónticas como Piano o Herzog, desgranaron sus dudas sobre el carácter de un mundo mejor, pero otro Pritzker último, el australiano Glenn Murcutt, fue tan oscuro y pesado hablando como luminoso y estimulante en la presentación de sus edificios alternativos.

¿Alternativos? Nadie quería pronunciar la palabra “sostenibilidad”, en parte porque si un edificio no se sostiene ¿qué clase de edificio puede ser? Y, en segundo lugar, porque la sostenibilidad ha venido pronto a convertirse en un concepto basura igualando el amor mismo por el desecho del que pretende servirse para vivir desde el detritus a la eternidad.

Mark Wigley, decano en la universidad de Columbia, fue quien perfiló la probable nueva figura del arquitecto que, no necesitando ya dibujar, no necesitando conocimientos técnicos para construir, no necesitando ser artista, puesto que todo ello va y viene del ordenador al tablero y del tablero al ordenador, puede transformarse en un actualizado intelectual tan inédito como oportuno. La visión habitacional de la sociedad, dentro y fuera de la Red, la ponderación de las relaciones a través del hábitat y, en suma, la observación de los espacios en los que nos comunicamos e interaccionamos, sitúa la figura del arquitecto en un privilegiado vigía para un armónico destino colectivo.

¿El arquitecto es un filósofo, un moralista? Y un sociólogo y un político, y tres o cuatro cosas más. Al congreso asistió también el muy tormentoso Slavoj Zizek, sociólogo, filósofo, psicoanalista, lacaniano, hegeliano y esloveno. De ningún modo el caos de su discurso eléctrico desentonaba con los calambres que la crisis ha producido aquí y allá pero, sobre todo, el continuo sonar de sus vuvuzelas teóricas se correspondían bien con las que, de una a otra punta del mundo, anuncian el paso de una fanfarria arquitectónica a una sencilla arquitectura de la honradez. O lo que es lo mismo: la sustitución del menosfotogénico, por la honesta genética del más.

Os rañaceos do Golfo e nós

Escrito por mpierres o 2 Marzo 2010

El Pais - LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO 02/03/2010

La que se ha denominado década inmobiliaria terminó el 4 de enero de 2010. Ese día se inauguró en Dubai la Torre Califa, un rascacielos cuyos 828 metros lo han hecho el más alto del planeta. Pero el evento tuvo lugar apenas unas semanas después del pánico en los mercados que puso al emirato al borde de la quiebra -rescatado in extremis por Abu Dabi, su álter ego virtuoso y petrolero del Golfo-, y el gigante vio la luz mientras descendían las sombras sobre el experimento urbano más admirado y denostado de los últimos tiempos: un espejo oscuro y ahora craquelado en el que se reflejan los dilemas de nuestras propias ciudades.

En el hasta ahora boyante emirato, que había adquirido la capitalidad económica de Oriente Próximo tras las crisis bursátiles y bélicas de Beirut y Kuwait, la debacle financiera fue producida por la inmanejable deuda inmobiliaria que venía arrastrando desde el estallido de la burbuja, lo mismo que la bancarrota de Lehman tuvo origen en las hipotecas subprime o que las tribulaciones de las cajas y bancos españoles se derivan en buena medida de los créditos concedidos a promotores. El final del ciclo económico está íntimamente enredado con el final del ciclo inmobiliario, y quizá también con los últimos compases del actual modelo arquitectónico y urbano.

La relación entre el ciclo inmobiliario y el económico explica que los récords de altura de los rascacielos coincidan con las crisis: la Gran Depresión se inició en 1929 al tiempo que se remataban en Nueva York el edificio Chrysler y el Empire State; la crisis petrolera y bursátil de 1973 se desencadenó mientras las torres del World Trade Center y el Sears de Chicago batían el récord; la crisis financiera asiática de 1997 coincidió con la terminación en Kuala Lumpur de las Torres Petronas, y la actual Gran Recesión se marca con la inauguración de la Torre Califa.

En España esta secuencia vendría más modestamente jalonada por un conjunto de construcciones en altura que se extienden desde el edificio de Telefónica de 1929 -el primer rascacielos europeo- hasta las cuatro torres recientemente terminadas en Madrid.

Pero la actual crisis podría ser algo más que meramente cíclica, al producirse en un contexto marcado por la creciente conciencia de los riesgos del cambio climático y el ya próximo declive en la disponibilidad de combustibles fósiles, fundamento último de un modelo de ciudad y de arquitectura que muestra dos rasgos característicos, suburbanización y espectáculo. La suburbanización, impulsada por el automóvil, extiende indefinidamente los límites de la ciudad, colonizando el territorio con extrema ineficacia y degradando el paisaje natural; y el espectáculo, inseparable de la opulencia, contamina la arquitectura con una exhibición circense de formas insólitas, difíciles de reconciliar con la necesaria permanencia física y simbólica de construcciones que exigen grandes inversiones monetarias y termodinámicas.

La ciudad es, en efecto, un sistema termodinámico que exige extraer de su entorno flujos energéticos -combustibles, pero también alimento, o la energía incorporada en los materiales- para mantener su estabilidad, y este desequilibrio siempre presente se ha exacerbado en el último siglo como un fruto agridulce del petróleo abundante y barato, produciendo urbes hipertrofiadas y arquitecturas exhibicionistas que han llegado al paroxismo caricaturesco en el Golfo Pérsico. Dubai -con su downtown de rascacielos y su sprawl de urbanizaciones dispersas e interminables- no es un caso excepcional, sino un ejemplo extremo de la ciudad global, exportada desde América a todo el planeta, y por ello su crisis contiene lecciones utilizables para todos.

Desde luego, Dubai tiene rasgos peculiares -desde la altura escalofriante de la Torre Califa o el lujo extravagante de un hotel de siete estrellas en el mar hasta las islas en forma de palmera, visibles desde el espacio, para las mansiones de los millonarios- que la hacen singular, como singular es también su organización política, que excluye de la ciudadanía a la mayor parte de la población. Sin embargo, su extraordinario dinamismo urbano suscitó la curiosidad de muchos, que vieron en la ciudad del Golfo un modelo a imitar o un monstruo a exorcizar. Un fenómeno, en todo caso, que desplazó inmediatamente el interés que antes se había centrado en ciudades del borde Pacífico de Asia como Hong Kong o, sobre todo, Singapur: una utopía autoritaria que el autor de ciencia-ficción William Gibson resumió como “Disneylandia con pena de muerte”, y que parecía encarnar un futuro urbano a la vez ominoso y sonriente.

Entre los fascinados por el vigor inmobiliario de Dubai estuvo Rem Koolhaas, el arquitecto e ideólogo que más ha influido con sus escritos en la percepción de la urbe contemporánea, que vio en las ciudades del Golfo “versiones de la metrópolis del siglo XXI”, y “la oportunidad definitiva de trazar un programa renovado para el urbanismo actual”.

Esas esperanzas, que el holandés había depositado antes en la eclosión musculosa de las ciudades chinas, resultan hoy empañadas por el melancólico paisaje de urbanizaciones abandonadas a medio construir, cubiertas ya por la arena del desierto, y la crítica situación social producida por el desplome de los precios de los inmuebles, que ha movido a tantos a irse del país, dejando detrás una hipoteca sin pagar y un coche abandonado en el aparcamiento del aeropuerto.

Durante la pasada década, en la cual el llamado efecto Bilbao ha producido la proliferación de arquitecturas espectaculares como medio de rebranding urbano, el efecto Dubai también se ha hecho sentir por doquier, y muy especialmente en aquellos países en curso de integración en los mercados globales, que hallaban en el emirato un referente de éxito. Tras el desplome financiero y el rescate por parte de Abu Dabi, muchos buscarán en las políticas más sosegadas de este último un modelo alternativo, y quizá lo encuentren en el gran proyecto de Masdar, una ciudad carbón-neutral, sin residuos y sin coches, que actualmente construye allí la oficina de Norman Foster, y que usa la morfología de la ciudad tradicional islámica: compacta, de baja altura, con patios y calles estrechas sombreadas.

Aunque no es previsible un efecto Masdar, la ciudad sostenible de Abu Dabi será en los años que vienen un laboratorio de técnicas y sistemas que acabarán incorporándose a la vida cotidiana, de la misma manera que los ingenieros de la fórmula 1 o los científicos de los viajes espaciales desarrollan materiales o procedimientos que terminamos usando en nuestros vehículos o en nuestras cocinas. Pero su principal lección residirá sin duda en el retorno a las formas eficaces de la ciudad tradicional, que permite alcanzar densidades importantes sin necesidad de recurrir a alturas insensatas, y que al encerrarse compactamente dentro de unos límites pone coto al despilfarrador crecimiento disperso.

No obstante, más de la mitad de la humanidad vive ya en ciudades, así que probablemente nuestra tarea en las próximas décadas no sea tanto crear urbes nuevas como reformar las existentes para hacerlas más sostenibles: rehabilitando edificios, regenerando barrios y recuperando paisajes.

Necesitamos ciudades más densas y compactas, pero no más altas; al igual que necesitamos arquitecturas más útiles, pero no más triviales. Y para combatir la fascinación contemporánea por la insostenible suburbanización y el insufrible espectáculo, debemos explicar que la casa unifamiliar y el vehículo particular han de ser domesticados, porque la ciudad jardín es la menos verde de todas; y también que la belleza no reside necesariamente en la provocación estética o la extravagancia formal de la arquitectura que grita: la mejor ciudad habla en susurros.

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